Cosmología y simbolismo

Las cosmologías ubicaban la sociedad y su entorno en el universo. Todas las cosas adquirían un lugar y un sentido, y se entrelazaban en un profundo simbolismo. Los mitos contaban que al inicio de los tiempos, los creadores dieron a la gente lo necesario para la vida.

No podemos conocer qué pensaban exactamente las sociedades de hace milenios, y seguramente, como sucede entre los indígenas de hoy, hubo una gran variedad en sus maneras de concebir el mundo y la existencia, en sus cosmologías. No obstante, entre los actuales pueblos amerindios existen similitudes en las formas y contenidos del pensamiento simbólico. También hay encuentros entre el simbolismo de los indígenas hoy y los objetos de sus antepasados de hace 500 o 2.000 años. Lo invitamos a explorar otras realidades, ajenas al pensamiento occidental y no por eso menos lógicas, ya que responden a experiencias distintas de la relación con el entorno, y a procesos de vida propios.

Las imágenes del Cosmos

Las sociedades orfebres prehispánicas desarrollaron formas particulares de entender el mundo. Con ellas ordenaron su entorno y lo llenaron de contenidos simbólicos. Estas cosmologías dieron respuestas a los problemas centrales de la existencia, como la muerte, la enfermedad y el significado de la vida. Imbuidas de un profundo sentido religioso, convertían el universo, la sociedad y sus creaciones en realidades sagradas, mientras establecían entre los hombres y sus ancestros un vínculo esencial para la continuidad de las tradiciones. Los metales, y en especial el oro, simbolizaron las fuerzas fertilizadoras del sol y expresaron el origen divino del poder de los gobernantes.

Caciques, sacerdotes y chamanes fueron los encargados de guardar, transmitir y renovar las representaciones cosmogónicas. Dotados con capacidades y sensibilidades especiales, eran sometidos desde niños a largos procesos de aprendizaje sobre la mitología, las plantas sagradas, la astronomía y las prácticas rituales. Con sus palabras, gestos y objetos como herramientas, realizaban un trabajo simbólico que transformaba el mundo para garantizar la reproducción de la naturaleza y el bienestar de la sociedad. A su lado, los orfebres, mediante una labor técnica y a la vez mágica, transmutaban los metales en objetos con significados culturales.

Muchas de las creencias y prácticas religiosas de las sociedades indígenas actuales tienen profundas raíces en su pasado milenario y fueron comunes a diversos pueblos. Gracias a estas tradiciones, documentos de la conquista y la colonia e investigaciones arqueológicas, conocemos sobre los sistemas de pensamiento de las sociedades orfebres. Estas poblaciones produjeron cosmologías diversas, pero también presentaron ideas similares como resultado de sus encuentros y de antiguas raíces culturales compartidas.

Los pensadores prehispánicos, entre quienes había mujeres y hombres, desarrollaron técnicas corporales para meditar y comunicarse con el mundo sobrenatural. Al sentarse en determinadas posturas adquirían estados de intensa concentración y evocaban conceptos cosmológicos

Las imágenes del Cosmos

Las cosmologías prehispánicas narraban sobre el origen, el devenir y la estructura del universo; le asignaban un lugar y un sentido a todos los seres y establecían un orden en sus relaciones. Entre algunas sociedades el cosmos se representaba conformado por varios niveles o mundos superpuestos, conectados e interdependientes; a ellos se asociaban determinados colores, olores, animales, plantas y espíritus.

El universo se manifestaba en una dimensión material visible y en otra espiritual, poderosa y oculta para la mayoría de la gente.

Según numerosas cosmologías americanas, el universo estaba conformado por tres mundos. Los hombres habitaban el mundo intermedio, mientras dioses, ancestros y otros seres sobrenaturales moraban en el superior o en el inframundo. El nivel superior y el inframundo se concebían con características opuestas y complementarias, como claro/oscuro, masculino/femenino, seco/húmedo. El mundo del medio, el de la gente, combinaba elementos de los otros dos.

Las sociedades orfebres clasificaron la fauna, la flora y otros seres en categorías basadas en diversos principios como su forma, hábitat, comida y uso cultural. Plasmaron estas taxonomías en sus objetos. Las aves simbolizaron el mundo de arriba. Gente, jaguares y venados personificaron el intermedio. Los niveles inferiores se representaron con murciélagos, caimanes, serpientes y otros habitantes de los orificios de la tierra.

Entre los pueblos amerindios la sociedad se concibe unida a la naturaleza. Gente, animales, plantas y espíritus conforman una gran sociedad cósmica en la que sostienen relaciones idénticas a las de los humanos.


El simbolismo de los caciques

Un rico simbolismo de tabúes, objetos e ideas rodeaba a caciques, cacicas y otros dignatarios. Se les consideró descendientes de divinidades y relacionados con seres poderosos como el jaguar. Estaba prohibido mirarlos a la cara y con frecuencia sus pies no debían tocar el suelo; tenían varias esposas, sirvientes y grandes casas rodeadas por empalizadas, eran llevados siempre en andas y sólo ellos usaban ciertos adornos o comían determinados alimentos. Cuando morían se les momificaba y depositaba en grandes tumbas o en sus cercados, que desde entonces se convertían en santuarios.

Esmeraldas, plumas de guacamaya, conchas marinas, resinas y otros bienes foráneos daban prestigio a los caciques. Llegaban desde lugares lejanos, desconocidos y míticos, por largas cadenas de intercambio. El oro se asociaba con el sol por su color, brillo intenso e inmutabilidad. Los adornos dorados expresaron el origen celestial y divino del poder de los gobernantes.

Los caciques usaban posturas corporales y gestos diferentes a los de sus subalternos. Los significados de estas posturas y gestos manifestaban sus vínculos con seres y niveles superiores. Al cubrirse con oro, el cacique se apropiaba de las fuerzas seminales y procreadoras del sol. Encarnaba en esta tierra los poderes de esa deidad del mundo superior. En algunas sociedades, los caciques y capitanes, al finalizar su largo entrenamiento en templos especiales, podían horadarse la nariz y las orejas para usar narigueras y orejeras.

El cuerpo-ropaje y la transformación

En muchas cosmovisiones amerindias no existe una diferencia radical entre humanos y no humanos. Personas, animales, plantas, rocas y objetos son gente; distintos tipos de gente, dotados con un alma o espíritu. La gente-danta, la gente-pescado y las demás viven en comunidades, cosechan, tienen sus casas y bailan como los hombres. Cada tipo de gente tiene una forma particular de ver el mundo, una perspectiva propia determinada por su cuerpo, un cuerpo-ropaje removible y cambiable a voluntad. Ponerse plumas, adornarse o pintarse significan mudar el cuerpo-ropaje y transformar así la perspectiva frente al mundo.

La persona ataviada con atuendos de animales, ancestros o espíritus míticos, incorporaba los nombres, capacidades y características de esas especies o seres. Mujeres-ave, hombres-vampiro y hombres-serpiente revelan un universo de transmutaciones. Transformada en hombre-vampiro, la persona observaba el mundo al revés; como mujer-ave, trascendía a otras dimensiones del cosmos.

Con una “segunda piel” compuesta de adornos, pinturas y ropajes, los danzantes ingresaban a otra realidad y temporalidad. Percibían el mundo con ojos de cocodrilo, colibrí, planta, ancestro o divinidad.

Mediante la transformación en aves como cóndores, águilas, tucanes y loros se adquirían vistosos picos y plumajes, al igual que extraordinarias facultades: alto vuelo, visión aguda y destreza en la cacería. Según antiguos mitos, en el comienzo de los tiempos unas aves negras, chamanes ancestrales, trajeron en sus picos la luz a la tierra y a los primeros clanes les entregaron sus territorios. Los sacerdotes y chamanes, algunos vistos como genuinos hombres-aves, realizaban un vuelo mágico a través del universo. Su parafernalia con figuras de aves les daba poderes para emprender estos largos viajes.

Algunas sociedades enseñaron a hablar a los papagayos para reemplazar a veces con ellos a las víctimas de los sacrificios. Para estos grupos, el lenguaje transmutaba a estas aves en humanos.

Los hombres-felinos

El jaguar fue un símbolo asociado a la religión y al poder desde tiempos inmemoriales en América. Evidencias materiales y textos revelan que personajes de alto rango tenían nombres alusivos a felinos, utilizaban atavíos elaborados con sus pieles, se pintaban sus manchas y llevaban colas y uñas largas. En los templos se guardaban sus cráneos mientras fieras imágenes felinas hacían de guardianes. Las crónicas narran que caciques y sacerdotes se transformaban en “grandes gatos” y que durante las ceremonias se comunicaban con otros espíritus de jaguares.

El chamán-jaguar veía con ojos de felino a su entorno: a los demás jaguares como humanos y a las personas de su comunidad como presas: una situación peligrosa y temible para la gente. El dignatario transformado en jaguar adquiría fuerza, agilidad, agresividad, visión aguda y astucia. Con ellas actuaba para proteger y curar a su gente o vengarse de sus enemigos.

Los collares y otros adornos de felino transformaban a la persona en un auténtico predador. Rugía como un trueno, resollaba y desafiaba con sus garras, mientras su espíritu erraba por el bosque en busca de una presa.

Ofrendas y sacrificios para los inmortales

Las cosmogonías indígenas asignan un origen sobrenatural a lo que acontece en el universo: una catástrofe es provocada por un espíritu enfurecido; la enfermedad es enviada por un chamán enemigo, y en la reproducción de los animales intervienen sus dueños invisibles. Para controlar estas fuerzas peligrosas y ambivalentes, los hombres obraban acorde con la ley de los ancestros y realizaban ofrendas y sacrificios: dádivas de oro, esmeraldas, coca, aves y seres humanos, alimentos espirituales que agradaban a los inmortales.

Los sacerdotes depositaban las ofrendas en lugares sagrados de comunicación con los otros mundos. Los espíritus les habían revelado antes el contenido, lugar y tiempo apropiados para el regalo. En recios postes, a la entrada de los cercados, se practicaban sacrificios humanos. La víctima, amarrada en lo alto del madero y flechada, alimentaba con su sangre la casa-cuerpo viviente del cacique.

La guerra tuvo diversos propósitos, como apropiarse del espíritu del vencido, su nombre, estatus y cantos. Capturar la calavera del enemigo demostraba la bravura del guerrero.

La cacería, la guerra, el sacrificio y la muerte eran entendidos como actos de depredación destructiva y a la vez creativa: una vida se engendraba a partir de otra que se inmolaba.


Los destinos de las almas

La muerte era entendida como una transformación en otro ser o un renacimiento. Las almas de algunos reencarnaban en un descendiente, un oso, un árbol o una piedra. Para otros, los difuntos renacían en las tumbas, cuevas o túmulos, y permanecían cerca de sus deudos interviniendo en sus vidas; éstos les hablaban y atendían. Las momias de algunos caciques fueron exhibidas en ceremonias y en la guerra, en donde con sus poderes protegían a la comunidad e infundían valor a los guerreros.

Los caciques difuntos, cubiertos de oro y a veces momificados, se guardaban en montículos, templos, cuevas y otros sitios especiales. Estos lugares visibles manifestaban los vínculos de los actuales dignatarios con ancestros memorables. Los adornos y máscaras funerarias de oro, el metal sagrado inmutable al tiempo, inmortalizaban con su poder simbólico a los caciques para que continuaran participando en la vida de la comunidad.

Las urnas funerarias representaban úteros donde el muerto renacía en un nuevo ser. Los huesos de los difuntos, por ser las partes duraderas del cuerpo, simbolizaban la continuidad de la vida social.

La sala Cosmología y Simbolismo del Museo del Oro

La sala Cosmología y simbolismo atesora varios de los objetos maestros de las colecciones del Museo del Oro del Banco de la República —por cierto, en el interior de una bóveda de seguridad. Pero el valor que se guarda aquí es el del pensamiento indígena que le dio un sentido y una razón de ser a estos magníficos objetos.

Las plantas del conocimiento

Las sociedades prehispánicas manejaron un vasto conjunto de plantas, algunas con importantes usos religiosos. Plantas sagradas como el tabaco, la coca, el yagé, el yopo y muchas más fueron empleadas por los chamanes para adentrarse en la dimensión espiritual de la realidad y visitar los otros niveles del cosmos. El consumo de estas plantas, junto con ayunos, sonidos, efectos lumínicos y movimientos corporales repetidos, inducía el estado de trance que hacía visible lo invisible y enseñaba los secretos y poderes del universo.

Los chamanes y sacerdotes eran expertos en el procesamiento y consumo de la flora sagrada, en sus usos culturales y en reconocer a los distintos espíritus encontrados en los trances. Los aspirantes a sacerdote eran entrenados por maestros ancianos y sabios. Pasaban años encerrados en templos y cuevas sin ver la luz del sol, sometidos a dietas sin sal ni ají y a muchas otras restricciones.

El chamán, bajo el efecto de las plantas de poder, conectaba los diversos mundos. Viajaba por el del medio, el superior y el inframundo, para poner en comunicación a todos sus seres.

La coca fue utilizada en rituales de adivinación, curación de enfermedades y ofrendas. Como alimento espiritual, las plantas sagradas debían ser ofrecidas por los hombres a sus dioses. En la Región Andina se cultivaba la coca novogranatense o colombiana. Para optimizar el efecto estimulante, sus hojas secas se mezclaban en la boca con la cal guardada en el poporo.

El yopo, un potente alucinógeno extraído del árbol Anadenanthera, llegaba de los Llanos Orientales. Se inhalaba con una cucharita o un hueso de ave desde bandejas decoradas con animales que evocaban las transformaciones experimentadas.

Una amplia variedad de cuencos, cucharas, inhaladores y bandejas fue empleada en el consumo de las diferentes preparaciones del tabaco, el yagé, el yopo y demás plantas de los dioses.

Mitos y rituales para renovar el mundo

Los mitos relataban las historias del origen del universo y la cultura en un pasado remoto. Explicaban la génesis del mundo, de los astros, la gente y los animales, y cómo los grupos sociales habían obtenido su territorio, las herramientas, los instrumentos musicales y las reglas de matrimonio. Los rituales recreaban la mitología. Los danzantes, con sus máscaras y atavíos, se transformaban en los creadores o en los ancestros y revivían, durante los bailes, las hazañas de los primeros tiempos; hacían que el pasado primordial retornara al presente.

Según una tradición milenaria, la pareja ancestral se transformó en dos serpientes y regresó a su laguna de origen. En los mitos es frecuente este retorno al escenario y circunstancias del inicio. La serpiente con una cabeza en cada extremo aparece asociada al sol como símbolo de su oscilación eterna entre dos puntos opuestos en el horizonte, movimiento desde el cual brotaba la vida.

Las mitologías evocaban criaturas insólitas como serpientes de varias cabezas o seres conformados por diversas especies: venado, serpiente, felino y humano. Eran ancestros polimórficos, chamanes transformados o héroes milenarios.

En vasijas con escenas de danzantes con máscaras espeluznantes de colmillos prominentes y mandíbulas enormes los antiguos taironas representaron sus templos transformados en microcosmos primordiales.

El tiempo era concebido de forma cíclica o en espiral, a imagen de eventos repetidos en la naturaleza como los movimientos de los astros, la reproducción de los animales y el periodo de las mujeres.

Las metamorfosis de algunos animales, como los insectos y los batracios, representaron el ciclo incesante de vida, muerte y renacimiento al que estaban sometidos todos los seres.

Las flautas, maracas y silbatos reproducían los sonidos de los animales, los fundadores o los ancestros. En los rituales, la música creaba el ambiente propicio para internarse en el tiempo mítico.

Tecnología y artífices cosmogónicos

Los pueblos amerindios otorgaron también significados a los materiales, herramientas y técnicas de sus tecnologías, y atribuyeron poderes especiales a los orfebres y otros transformadores de la materia. Los materiales se entendieron como principios de vida o seres en formación, que los artesanos, con su trabajo y el uso del fuego y sus instrumentos, y a la manera de los demiurgos, ayudaban a transmutar o a madurar. Los hornos y crisoles se asimilaron a úteros y a otros lugares de peligrosas transformaciones; en ellos se hacían ofrendas y rituales para asegurar los procesos.

Los espejos y otros objetos de obsidiana, pirita, cuarzo y metales fueron instrumentos mágicos, adivinatorios y proféticos. Por sus cualidades reflectoras, se creía que comunicaban con los mundos y seres sobrenaturales. La simetría y el equilibrio de las formas y los diseños de los objetos expresaban la preocupación por la búsqueda del balance de propiedades y fuerzas en el cosmos.

Una filosofía sagrada del brillo dio sentido a los objetos culturales lustrosos y a los fenómenos luminosos de la naturaleza. Generó una estética particular al privilegiar ciertos materiales y acabados. Durante las ceremonias, las placas colgantes de los adornos producían destellos de luz y sonidos metálicos que favorecían la transformación de los participantes y su comunicación con los dioses.

Con frecuencia los tonos rojizos se vincularon con la sangre, el calor, la transformación y lo femenino; los verdes, con la regeneración, el florecimiento y la vegetación; los blancos y amarillos, con el semen y el sol.

La plata y el cobre, con colores y superficies vulnerables al paso del tiempo, se pensaron en concordancia y armonía con la luna, el embrión humano y otras entidades cambiantes y cíclicas de la naturaleza. Al extraer, beneficiar, combinar y trabajar los metales, los mineros y orfebres controlaron y manipularon a la vez sus propiedades materiales y espirituales. Como creadores y transformadores se asociaron a los dioses.

La casa y otras metáforas del cosmos

Los pueblos prehispánicos proyectaron sus imágenes del universo en cuevas, cerros y lagunas; en el cuerpo humano, y en casas, vasijas y otros artefactos. Los templos y los cercados de los caciques se pensaron como réplicas sagradas del cosmos: sus pisos y techos se identificaban con los mundos superpuestos, y las puertas con los canales que los comunicaban, mientras los postes representaban el eje y los soportes cósmicos. En su interior, sacerdotes y gobernantes registraron los movimientos de los astros para programar las actividades colectivas y realizar ceremonias orientadas a conjurar el caos y la destrucción.

Los cercados o viviendas de los caciques rodeadas por empalizadas se imaginaron como un organismo viviente. La puerta era su boca, el poste central, su esqueleto, y el camino ceremonial, su estómago.

Referencias