Voluntarias

Mujeres, casi todas desconocidas y pertenecientes al pueblo raso, que participaron en el proceso de la independencia acompañando a las tropas en sus desplazamientos y en los propios campos de batalla, desempeñando diferentes papeles ya fuera como enfermeras, mensajeras, modistas, espías, cocineras o lavanderas.

Voces e imágenes de las voluntarias

De la participación de las voluntarias quedaron algunos testimonios documentales y pictóricos. En el Diario Político de Santafé de Bogotá, dirigido y editado por José Joaquín Camacho, José María Gutiérrez y Francisco José de Caldas, se refiere un episodio acaecido el 21 de julio de 1810, cuando el Cabildo de la ciudad envió sucesivas diputaciones a virrey “a fin de que la artillería estuviera a órdenes del pueblo”. Mientras estas diputaciones iban y venían, “el Pueblo hacía movimientos de arrojo y de valor contra el Parque” de Artillería. En cierto momento, continúa el relato, “una mujer cuyo nombre ignoramos… reunió a muchas de su sexo y a su presencia tomó de la mano a su hijo, le dio la bendición, y dijo:

“Ve a morir con los hombres: nosotras (volviéndose a las que la rodeaban) marchemos delante: presentemos nuestros pechos al cañón: que la metralla descargue sobre nosotras: y los hombres que nos siguen y a quienes hemos salvado de la primera descarga, pasen sobre nuestros cadáveres: que se apoderen de la Artillería y libren la patria”[1]

Ante esta muestra de valor los editores comentaron: “El sexo delicado olvidó su debilidad y su blandura cuando se trataba de la salud de la patria”. Y sobre la mujer en cuestión agregaron: “Cuando el gobierno sepa quién es esta Amazona formidable debe decretarle una banda de honor para premiar el mérito y el valor”.

Las imágenes de las voluntarias se encuentran principalmente en los cuadros de batallas pintados por José María Espinosa. En uno de ellos, que representa la Batalla de los Ejidos de Pasto, el 10 de mayo de 1814 y que fue uno de los enfrentamientos de la Campaña del Sur liderada por Antonio Nariño, aparece una mujer asistiendo a un soldado con la pólvora para cargar su fusil mientras que otra arrulla a su bebé en medio del fragor de la batalla.

Pero quizás la mejor página sobre las voluntarias, escrita por un testigo presencial de los hechos, es el siguiente pasaje de las Memorias Histórico-Políticas de Joaquín Posada Gutiérrez (1797-1881):

   “Detrás de la gran guardia marchaban unas ochenta mujeres de las que, con el carácter ostensible de vivanderas, abundan a veces demasiado en nuestras tropas, y que el vulgo llama ‘voluntarias’ agobiadas con sus maletas, y algunas con su hijo, todo encima de sus espaldas. Siendo las más, naturales de esta ciudad o de los pueblos inmediatos, iban sollozando y despidiéndose de sus conocidas, con lo que excitaron tan tierna simpatía que todos se apresuraban a darles un pequeño socorro pecuniario: de las tiendas salían las venteras a darles pan, pastillas de chocolate, tabacos, queso, etcétera, que ellas repartían con las que no habían alcanzado a recibir algo. Estas ‘hijas del regimiento’, jóvenes las más, algunas blancas y una que otra bella, son la Providencia para el soldado en marcha y en campaña. Como hormigas arrieras se adelantan, se dispersan por los caseríos, y cuando el cuerpo llega a la aldea, o al lugar donde ha de vivaquear, ya la mujer le está preparando a su marido, o le ha preparado el alimento con cuanto ha podido conseguir; ellas cocinan, lavan la ropa a los oficiales por una corta remuneración, asisten a los enfermos, cuidan a los heridos, se prestan a toda clase de sacrificios para que las toleren y no les impidan seguir a su compañero.
   En los combates, su heroísmo las santifica; en los mayores peligros, por en medio de las balas, metiéndose por entre los caballos, apartando las lanzas enemigas, buscan desesperadas al hombre que aman cuando notan que falta en su fila, y a veces encuentran o su cadáver, y lo sepultan, o lo hallan respirando todavía y entonces, provistas de tiras de lienzo, o sacándolas de su propia ropa, lo vendan, avisan, piden auxilio hasta en el campo enemigo, y muchos infelices deben la vida a la tierna solicitud de su mujer; algunas de ellas caen traspasadas por las balas, y sin embargo ninguna se retira, ninguna huye mientras tiene esperanza de servir en algo al pobre compañero de su triste vida; alguna otra más dichosa, logra proporcionar al moribundo, por algún capellán de los cuerpos los auxilios espirituales de la Religión, y recibe su mano fría, recogiendo el último suspiro del ya, su esposo legítimo; y si sobrevive ¡qué felicidad! aquella mujer ha conseguido la recompensa de todos sus sacrificios, la que deseaba, la que merecía, y aunque ignorante, sin pretensiones, sin alcanzar a ser vista sino de sus compañeras que la envidian, eleva su corazón a Dios dándole gracias, y se presenta delante de los hombres radiante de alegría. Yo no he podido menos muchas veces de admirar con asombro en estas mujeres, el poder inmenso de la fuerza de voluntad sobre la debilidad física, y así las he soportado siempre con lástima; en las tropas que he mandado, nunca les ha faltado una ración de carne, cuando no ha faltado para el soldado. Compadece, pues, lector y no desprecies a las pobres mujeres que resueltamente seguían a los que las sacaban de su país, el regazo de sus madres, y que llevando el corazón traspasado de dolor, no volvían la cara atrás sino para decir: ¡Adiós!”[2].

Referencias

  1. Diario Político de Santafé de Bogotá, Bogotá, No. 2, 29 de 1810, p. 8.
  2. JOAQUÍN POSADA GUTIÉRREZ, Memorias Histórico-Políticas, Madrid, Editorial América, 1920, Vol. 2, págs. 206-208.

Bibliografía

  • Diario Político de Santafé de Bogotá, Bogotá, No. 2, 29 de 1810.
  • POSADA GUTIÉRREZ, JOAQUÍN, Memorias Histórico-Políticas, Madrid, Editorial América, 1920, Vol. 2, págs. 206-208.

Véase también