Entre la espada y la pared: mujeres durante el Régimen del Terror en la Nueva Granada 1815-1820

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Heroína: Persona que ha realizado una hazaña admirable, para la que se requiere mucho valor. – María Moliner.

“¿Hay heroínas entre nosotros? (…) El sexo delicado olvidó su debilidad y su blandura cuando se trata de la salud de la Patria […] Cuando el gobierno sepa quién es esa heroína formidable, debe decretarle una banda de honor para premiar el mérito y el valor”[1] , diría Francisco José de Caldas refiriéndose a una mujer que, en plaza pública, después del Grito de Independencia en Santafé el 20 de julio de 1810, ofrece su vida y la de sus hijos por la libertad de la Patria. España no necesita sabios y menos rebeldes, diría el Pacificador Pablo Morillo y Morillo durante la reconquista, antes de ordenar su fusilamiento en la Plaza de las Yerbas en Santafé de Bogotá. El Régimen del Terror instaurado por el general Morillo, cobrará miles de víctimas. Serán condenados a muerte “esos facciosos y bandidos que están en contra del amado Rey de España Fernando VII”[2] . Todos, sin distingo de raza, credo, nacionalidad, edad o género.

¿Y qué será entonces de las mujeres?

A fines de 1814 el rey Fernando VII, quien acaba de regresar del exilio y la prisión en Francia, señala a Pablo Morillo y Morillo, sargento de infantería durante la Batalla de Trafalgar, Subteniente en Bailen y Vitoria, el “León de Sampayo”, y “General de dos mundos”, como comandante del Ejército Expedicionario de América para iniciar la llamada “pacificación” de las provincias rebeldes del Virreinato de la Nueva Granada. El destino era inicialmente el Río de la Plata, pero la caída de Montevideo en manos patriotas cambiaría el rumbo de la expedición y desembarcarán en la costa venezolana para adentrarse luego a lo largo y ancho de la Nueva Granada.

El aguerrido Teniente General zarpa de Cádiz, curtido en las guerras contra Napoleón, es aún joven, tiene una salud de hierro, se maneja en la política y está dispuesto a detener la revolución. Dicen que es sobre todo obediente, “con mucho de puntilloso y legalista”[3] y también, ya se verá, sanguinario. Serían algo más de setenta buques y 15 mil soldados, todos curtidos en las mismas guerras, una armada invencible con plenos poderes para restablecer la autoridad real a como diera lugar.

“Mis poderes sirven para perdonar, recompensar y castigar; obrad de tal manera que solo tenga que recurrir al perdón y a las recompensas, cumpliendo así los deseos del Rey. Pero si me obligáis a sacar la espada, no atribuiríais al más clemente de los Monarcas los ríos de sangre que correrán”[4], advierte Morillo a su llegada los primeros días del mes de agosto a Venezuela, cuando las proclamas retumban en la isla Margarita antes de partir hacia Caracas. Deja al mando de Salvador Moxó y parte hacia Santa Marta con tres mil soldados donde será recibido con un Te Deum en la catedral, organizado por el capitán general del Nuevo Reino de Granada, Francisco Montalvo, al que todos deben asistir para jurar fidelidad al soberano. El 29 de enero se le informa a Moxó que doña Luisa Cáceres había dado a luz en prisión “un nuevo monstruo” y que convenía decapitarlos pues su marido había mandado a matar a los prisioneros españoles. Se consulta además si matan a los otros niños y mujeres que tienen detenidos pues eran afectos y podían ser correos de los patriotas[5]. Romper el vientre que lleva el germen de un nuevo ser, dar martirios inauditos a infantes y vírgenes, solo estaba reservado a estos hombres sin escrúpulos[6], anota el historiador José María Rojas en su texto sobre el general Miranda.

El 26 de agosto arriban a Cartagena. El sitio dura más de cien días. Mueren de hambre y maltrato, mal contadas, más de seis mil personas[7]. Algunos intentan huir con las pocas fuerzas que les quedan. Juana María Blanco, quien simpatiza con los rebeldes, es detenida en las playas de Portobelo. Llevada a prisión y golpeada por los soldados de Morillo fallece de inanición a los pocos días. Eugenia Arrázola, natural de Turbaco, es detenida acusada de ser enlace de los patriotas cartageneros. Muere fusilada por Morillo en la Hacienda Torrecilla. María Josefa Fernández, en su condición de mujer del negro Eugenio Dimas, patriota y auxiliar de los combatientes durante el sitio, es apresada y luego fusilada. Son muchas más. En las historias de las guerras, narradas siempre por los hombres y reconstruidas luego de a pocos sobre archivos, aparecerán en el discurso algunas pocas mujeres con nombre propio investidas de “heroínas” o “soldados”. Unas pocas[8].

“Las acciones de los hombres que tuvieron parte en el gran drama de la Independencia, son conocidas por todos los que tengan la más ligera noción de historia”, afirma doña Soledad Acosta de Samper en uno de los fascículos de la revista mensual Lecturas para el hogar en los albores del siglo XX. Sus nombres son glorificados y honrados sus gestos heroicos, “pero poco o nada se conoce de las heroínas que dieron su vida, su sangre, su fortuna, su tranquilidad por la causa que los varones defendían con las armas en la mano”[9]. La española María Moliner incluye en su diccionario -escrito en plena dictadura de Francisco Franco- la definición de heroína, ampliando su sentido: “Persona que ha realizado una hazaña admirable, para la que se requiere mucho valor”[10]. Y las hazañas y el valor de cientos de miles de mujeres, todas heroínas, pasarán desapercibidos en la guerra y en la vida cotidiana.

Julián Bayer, Francisco Warleta, Miguel de la Torre, Pascual Enrile, Tomás Tenorio Carbajal -Fiscal Interino-, Francisco Montalvo, por entonces virrey, y Juan Sámano, comandante general y virrey en 1818, siguen las órdenes del General Morillo y también, hacen lo que consideran pertinente y la sevicia de la guerra les propone. Las tropas del Rey ocupan las provincias del Norte, el río Magdalena, las montañas antioqueñas, las selvas del río Atrato. Se alzan patíbulos en Cartagena, en Mompóx, en Ocaña, en Girón, en el Cauca, en Chocó, en Boyacá y en Cundinamarca. En mayo de 1816 será sometida Santafé de Bogotá.

El General Morillo establece tres mecanismos para castigar la insurrección en la Nueva Granada: el Consejo Permanente de Guerra, encargado de dictar sentencias de muerte; el Consejo de Purificación, detiene y juzga a quienes no merecen la pena de muerte inmediata y la Junta de Secuestros se encarga de embargar y confiscar los bienes. A la par, se reestablece la Inquisición en Cartagena el Tribunal del Santo Oficio, para reprimir las ideas liberales y combatir las conductas escandalosas, irreligiosas y sacrílegas.

La autoridad del monarca español, impuesta a través del sistema de ejecuciones, afirma Groot en la Historia civil y eclesiástica de la Nueva Granada publicada en 1858, no excluyó a las mujeres ni a los eclesiásticos[11]. Serán utilizadas como objeto de venganza y retaliación: señaladas y condenadas por ser esposas, madres, parientes, afectos de los revolucionarios o por tener algún vínculo comercial; por decidir, apoyar, por desobedecer, por creer y, sobre todo, por opinar. Se les acusa también de espionaje, conspiración, por ser enlace y correo, por rebeldes. “Carlota, en 1816, era una joven de unos diez y ocho años. Hermosa como era, un oficial de apellido Bernate se enamoró de ella y le propuso matrimonio; más ella le contestó que no se casaría con tiranos […] ardiendo en ira la hizo fusilar. Carlota se había mostrado muy entusiasta por la Independencia […]”[12].

Serán condenadas no tanto por ellas mismas sino por aquello que representan para la sociedad. Las tropas entran a los pueblos con las bayonetas coronadas con los girones ensangrentados de prendas femeninas. Es una advertencia y una amenaza.

El Consejo de Purificación puede ordenar su destierro a algún lugar donde serán vigiladas y señaladas y, en caso de que desobedezcan serán condenadas a muerte. Los alcaldes y curas estarían encargados de velar por su conducta “dentro y fuera del hogar”, se aseguran de que sean buenas cristianas, asistan a misa y cumplan con sus funciones como madres o cuidadoras abnegadas y ejecuten las labores que se les imponen. “Las mujeres son de temer”, avisa Morillo, y lo ratifican sus subalternos, se convierten en correos, están atentas y procuran con “medios insidiosos” darle aviso al enemigo. Es necesario atajarlas. Con su condena se castiga también al enemigo. Despojadas de sus bienes se les obligaba a vestir “como las hijas del pueblo” o “como las indias”[13], una forma de humillarlas, de hacer evidente su miseria y su lazo con el patriota sometido. Se ha visto que las costureras han hecho redes de espionaje, se les coarta entonces la posibilidad de tejer vínculos. Cosen para el enemigo en silencio, rodeadas por los soldados. A las que no tienen nada y no pueden pagar la multa ni saben escribir para exponer su caso se las encierra mientras se decide su destino en “prisiones ignominiosas”. No se les permite recibir un sueldo por supuesto, lo que las obliga a mendigar. Cocinan, lavan y sirven a los ejércitos, cuidan a los enfermos. En sus casas se deben alojar soldados y generales y “era lo común y ordinario que el alojado fuera perverso y desbocado, o a lo menos de modales groseros, que reputara a los de la casa como enemigos a quienes había que escarmentar y oprimir”[14]. Pero sobre todo, se pone en duda su “honra”, el único valor que en realidad poseen, y se les acusa de no ser buenas cristianas. Se despoja a la víctima de su reputación y se ponen en duda sus valores[15].

El destierro por supuesto, estaría precedido por la exposición en plaza pública y la multa iría acompañada por latigazos. El cuerpo de la víctima se marca y con él, el de su familia. Joaquina Sánchez, venezolana, es obligada a presenciar la ejecución de su marido y luego desterrada, durante ocho días “sufre la pena de vergüenza pública”. Su dama de compañía y su esclava Isidra serán torturadas y luego llevadas a la cárcel.

Las mujeres interceden por sus familiares y por ellas mismas. ¿Y será posible Señor, que a pesar de estos, y de ser Yo una mujer, que en nada me he metido ni meto por todo se me atropella? pregunta ante Morillo una de las desterradas, cuyos bienes, los suyos, que son los de su marido, han sido embargados. “[…] Prestando voz y caución por mi hija […] ante V. M. según derecho y con el debido respeto se explique cuál ha sido su conducta en todo el tiempo de la insurrección; cuál su modo de pensar y si tiene nota que la haga odiosa en la sociedad”, exige otra intentando hacer valer los derechos de su hija. Algunas envían su propia defensa, anteponiendo por supuesto la moral y la conducta intachable: “Yo podría dar un grito en la mitad de la plaza… soy una mujer quieta, retirada” escribe una y afirma que los mismos vecinos pueden dar fe de su intachable moral, además de su afecto hacia los realistas. Otra mujer es llevada a prisión por ultrajar a un militar y solicita a las autoridades revisen su caso. Como respuesta obtiene la amenaza de pena de muerte por desobediente[16]. El castigo es la manera de procurar una venganza personal y pública y en la Ley se encuentra presente la fuerza física y política del soberano.

Mercedes Nariño de quince años, hija de Antonio Nariño, vistió el uniforme de la Artillería para defender a Bogotá y “aplicó el botafuego al cañon con gran impavidez”[17]. Se salvó del patíbulo por poco y fue desterrada junto con su hermana Isabel y su tía Dolores por Pablo Morillo en 1816. Tienen que ir a pie, cargadas, mientras las insultan y las amenazan. No se les permiten leer ni escribir, solo pueden salir a la misa y permanecen rigurosamente vigiladas recibiendo improperios y burlas constantes. Mercedes será doblemente vigilada pues, además de ser hija de Nariño, es maestra. Cree en la Libertad – así con mayúscula, como le ha enseñado su padre-y sobre todo, en la palabra escrita, lo que la convierte además en blanco de la Inquisición. No ceja y continuará trabajando después de la revolución por la educación de las mujeres. Años más tarde abrirá un colegio femenino con internado y escuela anexa en Socorro, luego uno en Vélez y otro en Tunja. En 1842 será nombrada como directora del colegio de La Merced en Bogotá. Luchó su vida entera a nombre propio y de sus hermanos por recuperar los bienes de su padre y la pensión que le habían ofrecido por ser héroe de guerra y presidente del Estado de Cundinamarca[18].

Claman las mujeres ante Morillo y autoridades por sus hijos, maridos, sobrinos, padres, madres, ahijados, por sus esclavos y sirvientes y deben procurarse también la forma de sobrevivir cuando la Junta de Secuestro embarga sus bienes. “Yo me hallo con dos hijas pequeñas”; “Estoy en estado de mendiguez” “Ruego a V.M tenga en cuenta que de mí dependen siete hijos huérfanos, un padre y una madre enferma”. “Me hallo cargada de numerosa familia que sostener e infinitas deudas que pagar”. Serán las viudas quienes llevan la doble carga con sus hijos y las huérfanas serán, además, señaladas. ¿Quién se casará con ellas si no tienen nada? ¿quién vela por los hijos? ¿quién consigue el pan de cada día y un techo para guarecerse? La condena para el patriota es una condena a la familia y es la mujer quien la representa.

“¡Ah! ¡Pacificadores! ¡Habéis azotado a las mujeres en el Cauca y exhibido a las patriotas en horrible desnudez! Este crimen solo una mujer puede comprenderlo, i solo una mujer puede vengarlo”[19], escribe el polifacético Medardo Rivas en su obra sobre Policarpa Salavarrieta, condenada por espía y fusilada en Santafé de Bogotá el 14 de noviembre de 1817. Su asesinato será un crimen político dirán luego. A través del azote y la exposición, las vejaciones y la violencia sexual hacia las mujeres en picota pública, la autoridad demuestra su poder. “La Pola” no se deja vendar los ojos y escupe a sus verdugos mientras defiende su causa. No le importa que sus vestidos estén hechos girones y sus hombros descubiertos. Se trata de deshonrarla, pero prontamente será vestida de heroína.

Sobre venganza se hablará también cuando la tradición oral rescata a María Antonia Ruiz, esclava, quien es llevada a rastras y obligada a presenciar el fusilamiento de su hijo menor por orden de Morillo. La “Vieja Ruiz”, años más tarde, incendia durante la Batalla de San Juanito la casa donde estaban la pólvora y las municiones de los realistas y ataca al ejército que cercado termina por rendirse. Se sabe de otra mujer cuyo nombre se confunde, quien es apresada y luego decapitada frente a sus hijos sin juicio, sin mediar palabra y su cadáver insepulto queda expuesto por días. Tantas madres enterraron a sus hijos, tantas viudas a sus maridos, tantos hijos e hijas menores asistirán al fusilamiento de sus padres y la venganza será seguir resistiendo a pesar del dolor.

“Para el hombre, el ruido y las espinas de la gloria; para la mujer las rosas y el sosiego del hogar; para él, el humo de la pólvora; para ella el sahumerio de alhucema. El destroza, ella conserva; el aja, ella limpia; él maldice, ella bendice; él reniega, ella ora”[20], escribe a finales del siglo XIX en sus recomendaciones José María Vergara y Vergara, escritor y cofundador de la Academia Colombiana de la lengua. Para el hombre las espinas de la gloria, ella tiene como misión, limpiar. Y este será el destino de la mujer hasta bien entrado el siglo XX y encontrar su participación -fuera de la reconstrucción de las heroínas- apenas se plantea como horizonte para finales del mismo. Las voces de las mujeres durante las guerras de Independencia, sus cargas, el efecto de sus castigos, su participación, ideales, valor, intención, su voz política, son difíciles de rastrear. Es reciente el afán por narrar la historia desde otra perspectiva, iniciar la reflexión sobre los distintos imaginarios y narrativas de la gesta de la independencia, rebuscar y conformar otras voces. Sin embargo, la voz propia de las mujeres en el siglo XIX es esquiva, no son ellas mismas quienes reconstruyen esas historias, aparecen siempre como esposas, hijas, amantes, madres y sus reclamos o procesos apenas y de casualidad, merecieron quedarse en algún archivo.

El 7 de agosto de 1819 el ejército de Simón Bolívar logró la victoria en la batalla de Boyacá. Las tropas realistas al mando de José María Barreiro tuvieron que deponer las armas. La noticia es traída al medio día del 8 de agosto por un estafeta que no se ha detenido en su carrera vertiginosa y llega a dar fe de la victoria Santafé. El virrey Sámano “ese monstruo de fealdad física y moral […] empecinado perseguidor, tuvo paroxismos de miedo y huyó […],custodiado por su guardia de alabarderos”[21]. Tres días después llegó Bolívar a Bogotá.

La Academia Nacional de Historia en 1919 “para celebrar la génesis de la libertad americana”, anunció que el 7 de agosto se haría un desfile triunfal “acompañado de elementos oficiales y de distinguidas damas, núcleo del alma patriota de la mujer colombiana[…] Veinte señoritas, vestidas de blanco y descendientes o colaterales de las veinte hijas de libertadores que rindieron homenaje a Bolívar, a Santander y a Anzoátegui el 18 de septiembre de 1819, pondrán sobre la cabeza del busto la corona de oro que en días de triunfo ciñó las sienes del Libertador en la tierra de los incas”[22]. Es decir, ellas siguen siendo adorno y los laureles y coronas fueron todos para los héroes. Para el bicentenario, se publicaron odas, artículos, se hicieron homenajes, por supuesto ofrendas florales ante los bustos y estatuas de los próceres, pero se contaron otras historias y se prometió resaltar y honrar el “empoderamiento femenino” y la historia de las mujeres. Distintos proyectos se propusieron incluir las voces de los invisibilizados -afrodescendientes, mestizos, indígenas - y son las mismas mujeres quienes esta vez, emprenden la tarea de narrar la historia desde la otra orilla.

Se dice que Pablo Morillo y Morillo murió en la pobreza y que su esposa tuvo que mendigar ante la reina un auxilio para sus hijos menores. La viuda mandó grabar una placa en su tumba con sus títulos como “obsequio y conservación de su buena memoria”: Conde de Cartagena, Marqués de la Puerta, teniente General, Caballero Gran Cruz … Sin lugar a dudas, desde tiempo atrás, habían quedado grabadas por siempre en la memoria de miles de mujeres y cientos de familias en Venezuela y la Nueva Granada las acciones de tan condecorado militar.

Véase también

Referencias

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  2. Morillo y Morillo, P. (2019). Memorias (1815-1821). Historia Militar de Colombia-La Independencia (Núm. 5). Ediciones LAVP. (Trabajo original publicado en 1825)
  3. Segovia Salas, R. (2013). 105 días: El sitio de Cartagena por el General Morillo en 1815. Áncora Editores.
  4. Ibid., p.35.
  5. Monsalve, J. D. (1926). Las mujeres de la Independencia. Imprenta Nacional, p.234.
  6. Rojas, J. M. (1884). El general Miranda. Garnier Hermanos, p.55.
  7. Gazeta extraordinaria de Santafé de Bogotá. (1819, 17 de octubre). https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll26/id/3887/rec/2
  8. Al respecto ver Ibáñez, P.M. (1895). Las mujeres de la revolución de Colombia. Imprenta de los Hechos
  9. Acosta de Samper, S. (1905). Mujeres en la Independencia. Lecturas para el Hogar. Revista histórica, literaria e instructiva. Imprenta de la Luz. https://babel.banrepcultural.org/digital/collection/p17054coll26/id/18565
  10. Moliner, M. (2002). Diccionario de uso del español. Editorial Gredos.
  11. Arrubla, G. y Henao, J. M. (1984). Historia de Colombia (Vol. 2). Academia Colombiana de la Lengua, p.127
  12. Carta a de Urdaneta a Monsalve en: Monsalve, J. D. (1926). Las mujeres de la Independencia. Imprenta Nacional, p. 122
  13. Ibáñez, P. M. (1895). Las mujeres de la revolución de Colombia. “Imprenta de los Hechos”
  14. Marroquín, J. M. (1908). Nada nuevo: Historias, cuentos y otros escritos viejos (p. 180). Librería Americana, p. 180.
  15. Al respecto ver: Arias Barrera, Y (2015). Una mirada historiográfica a las mujeres tunjanas en el período de la independencia, 1810-1819. Revista Historia y Sociedad, núm 28, Medellín, Colombia, enero-junio de 2015, Pp. 143-165 e Ibañez,P.M (1895). Las mujeres de la revolución de Colombia. “Imprenta de los Hechos”.
  16. Arias Barrera, Y. (2015) Una mirada historiográfica a las mujeres tunjanas en el período de la independencia, 1810-1819. Revista Historia y Sociedad, núm. 28, Medellín, Colombia, enero-junio de 2015, Pp. 143-165.; Diaz, C (1968). Las mujeres en la independencia. Boletín de Historia y Antigüedades 55 (645) (646) (647), Pp.361-372:Gonzales, F. (2020). Sermones patrióticos en el comienzo de la República de Colombia 1819-1820. Academia Colombiana de Historia-Archivo General de la Nación; Boletín de Historia y Antigüedades año XII, 1919 (140) (141)
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  18. Solicitud de Mercedes Nariño al presidente, 16 de marzo 1830 en: Hernández de Alba, G. (1966). Cartas íntimas del general Nariño. Ediciones Sol y Luna.
  19. Rivas, M. (1895). La Pola: drama histórico en cinco actos. Imprenta y esterotípia de M. Rivas.
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  21. Negret, R. (1920). Don Juan Sámano. De su hoja de servicios. Archivo del historiador José Manuel Restrepo. Boletín de Historia y Antigüedades, 13(150-151), 367.
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Créditos

  1. Diciembre 2025. Jimena Montaña Cuéllar. Egresada de filosofía y literatura de la Universidad de los Andes y con estudios en música antigua. En los últimos treinta años se ha dedicado a la investigación histórica, al desarrollo de proyectos académicos y culturales y a la edición, corrección y estructuración de textos para particulares, editoriales e instituciones públicas y privadas. Ha publicado varios libros sobre ciudad con énfasis en la historia y los procesos urbanos y artículos sobre arquitectura, literatura, fotografía, arte, música, geografía y culinaria, así como reseñas críticas y ensayos en revistas especializadas tanto nacionales como internacionales. Se desempeña también como guionista y directora de series documentales y podcast.


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