Historia de la medicina en Colombia
La historia de la medicina en Colombia[1] es un proceso complejo que abarca desde los saberes ancestrales de las culturas prehispánicas hasta la consolidación de un sistema de salud moderno, más democrático y tecnificado. Si bien ha habido logros significativos en la universalización del derecho a la salud, aún persisten desafíos profundos y brechas estructurales por superar.
Medicina precolombina: conexión profunda con la naturaleza
La llegada de Cristóbal Colón a América en 1492, que a menudo se conoce como el “descubrimiento”, se considera más bien un hito importante dentro de la amplia exploración del Atlántico que los marineros portugueses y castellanos del sur llevaron a cabo durante todo el siglo XV[2].
La presencia humana en el territorio que hoy se llama América, a lo largo de casi veinte mil años previos al contacto europeo, dio lugar a una gran diversidad de sociedades indígenas, que desarrollaron una conexión profunda con su entorno, que no solo comprendieron, sino que transformaron y adaptaron según sus características culturales y avances tecnológicos. Todas construyeron cosmovisiones que les permitían interpretar y organizar el mundo según sus necesidades; desde esta perspectiva, humanos, animales y plantas eran parte del flujo de energía universal, junto a los dioses que otorgaban esa energía[3].
Los pueblos que habitaban América, tenían una comprensión de la salud y la enfermedad. La salud no se definía solo como la ausencia de dolencias, sino como un equilibrio fundamental entre el cuerpo, la mente, el espíritu y el entorno natural. Cuando este equilibrio se alteraba, aparecían las enfermedades; sus esfuerzos se enfocaban entonces en restaurar esa armonía perdida a través de sus conocimientos y prácticas medicinales[4].
Una de las diferencias más interesantes entre la medicina europea y la de las culturas precolombinas es cómo cada una entiende al ser humano. La medicina europea, influenciada por creencias religiosas, solía ver el cuerpo y el alma como dos entidades separadas. En contraste, en las culturas precolombinas se integraba el papel del curandero (chamán, curaca, piache, mohán, tequina, jeque)[5] tanto en lo espiritual y lo mental como en lo físico; esta visión holística era clave: eliminaba las dudas, generaba confianza y ayudaba a restaurar tanto la paz mental como el bienestar físico de quienes estaban enfermos[6]. Al negar la división que existe en la medicina occidental entre problemas físicos y psicológicos, las antiguas prácticas amerindias mantenían un enfoque unificado sobre las causas de la enfermedad.
Las culturas precolombinas diseñaron sistemas médicos muy complejos. Sus formas de curar se sirvieron de muchas prácticas, rituales, plantas medicinales, animales y de minerales; y era frecuente que recurrieran a la interpretación de los sueños o a la adivinación para descubrir la causa espiritual de los males. Así, la sanación se convertía en un proceso multifacético que tomaba en cuenta a la persona en su totalidad [7].
En la medicina prehispánica los chamanes eran figuras clave que combinaban conocimientos sobrenaturales, psicológicos y físicos para curar [8]. El chamán es un curandero o líder espiritual que desempeña un papel central en las prácticas mágicas y religiosas de las culturas indígenas. Se le atribuyen poderes sobrenaturales, como comunicarse con espíritus para diagnosticar enfermedades y realizar curaciones; además, utiliza plantas alucinógenas y rituales para entrar en estados alterados de conciencia, los que le permiten interactuar con el mundo espiritual y obtener conocimiento o poder. A los chamanes se les atribuye también la posibilidad de convertirse en jaguares o de adoptar otras formas para llevar a cabo su trabajo mágico o religioso[9].
A través de una serie de fuentes no escritas, ya que las culturas prehispánicas no desarrollaron la escritura, como son la iconografía, la cerámica, la orfebrería, y a partir de ciencias como la bioarqueología y paleopatología, se ha logrado reconstruir parte del repertorio de las enfermedades y de la medicina curativa prehispánica. La paleopatología estudia los restos humanos para documentar enfermedades, malformaciones congénitas, lesiones óseas, trepanaciones y enfermedades infecciosas como la tuberculosis, sífilis, leishmaniasis y frambesia. También analiza las técnicas quirúrgicas y los instrumentos que se emplearon y permite conocer elementos de la dieta prehispánica a partir de residuos alimenticios de maíz, papa, yuca, frijol, quinua y otros cultivos complementarios; determinar su valor nutricional y su efecto en la salud, pone de relieve las deficiencias vitamínicas y permite identificar enfermedades propias de los pueblos autóctonos como la bartonelosis, tripanosomiasis, treponematosis y artritis, además de las parasitosis internas y externas, cálculos de vesícula biliar y enfermedades dentales [10].
Se han preservado esculturas cerámicas de interés médico que representan deformidades físicas y aspectos de la vida cotidiana de las poblaciones; y aunque no permiten identificar las causas de las enfermedades simbolizadas, ofrecen una visión de la relación entre el hombre y la enfermedad en esas épocas. Las fuentes iconográficas y algunas Crónicas de Indias también hacen posible el análisis de la representación de enfermedades, rituales y prácticas de curación precolombinas.
Estas culturas utilizaban diversos métodos para tratar enfermedades, adaptados a sus conocimientos y a los recursos con los que contaban. Hicieron uso de instrumentos, remedios naturales, rituales espirituales, métodos quirúrgicos y prácticas de diagnóstico y pronóstico[11]; emplearon utensilios como cuchillos de diferentes materiales para incisiones y trepanaciones; agujas para suturar heridas; cucharillas, para manipular sustancias medicinales; muletas, ligaduras y apósitos hechos de fibras vegetales para controlar hemorragias y proteger heridas.
Entre las hierbas medicinales utilizaron la quina, el bálsamo del Perú, la coca y otras con propiedades purgantes, cicatrizantes y expectorantes. Emplearon resinas y bálsamos como el aceite de resina de pino para tratar enfermedades de la piel y heridas; aprovecharon minerales con fines curativos como el azufre, el mercurio y el arsénico para infecciones y males cutáneos; se sirvieron también de órganos y grasas de animales para fines terapéuticos y de la piedra bezoar (masa dura que se forma en el estómago o intestino de algunos animales)[12].
Con las materias vegetales y animales preparaban infusiones y decocciones, en especial para problemas digestivos, fiebre y dolores; como cataplasmas y ungüentos, en este caso las plantas se trituraban y se mezclaban con agua, miel o grasa para aplicar directamente sobre heridas, quemaduras, inflamaciones o enfermedades de la piel; realizaron igualmente fumigaciones e inhalaciones: en ocasiones, las hierbas se quemaban para que el enfermo inhalara el humo, utilizado para problemas respiratorios o rituales de purificación. Igualmente preparaban soluciones con hierbas para administrar por vía rectal, especialmente en casos de estreñimiento o enfermedades intestinales (enemas). Las hojas de plantas como la coca se masticaban para aliviar la fatiga, el hambre y el dolor; algunas hierbas se convertían en polvo o se extraía su aceite para aplicar en heridas o como remedios tópicos[13].
Con el fin de preservar o recuperar el equilibrio, realizaban una diversidad de rituales espirituales que pretendían, por un lado, la purificación y por otro, la conexión con lo divino; estos variaban desde la confesión de una infracción, entendida como una forma de limpieza interna para paliar enfermedades, hasta el sacrificio y la ofrenda de objetos, alimentos e incluso sangre con el fin de obtener la benevolencia de los dioses para la sanación. Asimismo hacían trances alucinatorios por medio de plantas como la ayahuasca para diagnosticar y curar las afecciones.
Las comunidades desarrollaron un conjunto de prácticas quirúrgicas ligadas a creencias espirituales y castigos, y que reflejan conocimiento de la anatomía y habilidad manual, como se trepanaciones, que son perforaciones craneales realizadas para tratar desde fracturas hasta enfermedades que se creían de origen mágico; llevaron a cabo amputaciones y desarticulaciones, principalmente como castigos o para tratar lesiones graves; para cerrar las heridas utilizaban suturas hechas de materiales naturales como hilos de cabello humano o fibras vegetales.
El diagnóstico y pronóstico de las enfermedades iba más allá del examen físico; los sanadores y chamanes de estas culturas empleaban métodos fundamentales para entender la naturaleza de la enfermedad y su posible evolución; entre estas prácticas, destacaba el uso de granos de maíz o hojas de coca, elementos sagrados que se manipulaban e interpretaban para desvelar el origen y la gravedad del mal. Además, se realizaba el examen de las entrañas de animales, como el cuy, una técnica que buscaba en los patrones y estados de los órganos internos de estos animales un reflejo del estado de salud del paciente, proporcionando así una visión diagnóstica y pronóstica. Estas herramientas y métodos muestran la combinación de conocimientos empíricos, creencias religiosas y prácticas mágicas[14] .
Medicina en la Conquista y la Colonia: encuentros, apropiaciones y resistencias
El segundo periodo de esta sintética historia de la medicina en Colombia comprende dos largas etapas que la disciplina histórica conoce como Conquista y Colonia. La primera iría desde la fundación de la primera ciudad de América continental, Santa María la Antigua del Darién, en 1510, hasta creación de la audiencia de Santafé en 1550 y la segunda desde 1550 hasta fines del siglo XVIII, integra las transformaciones de la Casa Borbón, en el trono español desde inicios del siglo XVIII. De este largo periodo se resaltarán cuatro aspectos fundamentales: la permanencia de las epidemias; las formas de convivencia entre tres tradiciones médicas en el mismo territorio (nativas, europeas y africanas); la creación de hospitales, y la fundación de la cátedra de medicina.
El contacto de las poblaciones nativas con los españoles alteró el equilibrio biológico de los pueblos americanos (una de las facetas del intercambio transoceánico)[15], ya que los conquistadores eran portadores de enfermedades para las que los aborígenes no tenían defensas o inmunidad. Aunque existieron epidemias en el periodo precolombino, la llegada de los europeos exacerbó la mortalidad indígena durante mucho tiempo[16] .
La primera epidemia que sufrió América tras el arrivo de los españoles fue de gripe o influenza, se registró en las Antillas en 1493. Luego vino la viruela (1518) a las islas del Caribe y se expandió por el continente; después sobrevinieron el sarampión, el tabardillo y la fiebre amarilla. Las epidemias causaron altísimos índices de mortalidad a lo largo de los siglos XVI-XVIII, generaron estragos que, junto con otros factores como la desestructuración social, la explotación, el maltrato y el trabajo forzado en las minas, contribuyeron a la drástica disminución de la población indígena .
En la Nueva Granada, la viruela fue la enfermedad más devastadora, con brotes recurrentes y dispersos; sus efectos se sintieron desde las primeras décadas de la Conquista pues contribuyó a la devastación indígena en el altiplano (Santafé y Tunja) durante el siglo XVI; el brote de 1558-1559 y sus recurrencias diezmaron las comunidades de encomienda . El sarampión también fue frecuente, aparecía siguiendo a los brotes de viruela, y generó una alta mortalidad, especialmente entre los niños .
Algunos autores señalan brotes específicos del siglo XVII, que son indicadores del declive poblacional y de las crisis económicas de la época, como las epidemias de 1618 y 1633, en el contexto de la minería de Mariquita y la región de Tunja/Santafé, que disminuyeron la población indígena en más del 50% entre 1600 y 1635; y las vinculan directamente con la escasez de mano de obra y el consecuente colapso de los sistemas de trabajo colonial (encomienda, mita minera). El brote de tabardillo de 1633 fue particularmente significativo en Santafé y Pamplona.
Para enfrentar estos azotes y otras afectaciones a la salud de la población, tanto la medicina española como la indígena, tuvieron sus prácticas terapéuticas. Las tradiciones médicas nativas, que, como se anotó, estaban profundamente enraizadas en las cosmologías locales y en conocimientos transmitidos de forma oral, se encontraron con la medicina hispánica basada en la teoría de los humores de tradición hipocrático-galénica. El resultado no fue simplemente la dominación de un sistema sobre otro, sino la creación de un campo terapéutico híbrido, a veces conflictivo y dinámico, donde se negociaron la autoridad, la legitimidad y la eficacia curativa. La religión católica también influyó en la medicina y en las prácticas de salud colectiva, se realizaban rogativas públicas para prevenir epidemias y se rezaba a santos para curar enfermedades; la Iglesia desempeñó un papel activo en la promoción de la salud y la higiene en este periodo . En la Nueva Granada existió una convivencia variada y continua entre diversos actores de las artes de curar, que incluían médicos autorizados, cirujanos, empíricos, curanderos, parteras, barberos, yerbateros, boticarios y sacerdotes con algunos conocimientos médicos. Esta interacción era a veces conflictiva, no siempre, y en la mayoría de los casos se daba una colaboración permanente.
Hubo una presencia permanente de practicantes venidos de diferentes tradiciones médicas, occiden¬tales de diversos tipos, comunidades indígenas y africanas a quienes la gente recurría con sus dolencias para pedir ayuda. A veces se ha desdeñado la labor de los actores no-médicos en el múltiple universo de las artes de curar en este territorio, mostrándolos como encarnación de la superstición, la barbarie y el atraso que supuestamente se padecía en estos territorios. En el Nuevo Reino de Granada hubo una coexistencia, una convivencia variada y permanente, una interacción continua, a veces conflictiva pero no siempre –o solo excepcionalmente–, entre estos diversos agentes, que hizo significativa la labor de quienes ejercían las artes profanas de curar, para la curación de las enfermedades y la difusión de algunos saberes sobre la medicina y la salud en estas zonas .
La elección de una forma de curación por parte de los enfermos no dependía únicamente de la autorización oficial, sino de factores como la confianza, la buena fama y la eficacia de sus remedios con los dolientes. Esta coexistencia entre diferentes tradiciones médicas y actores refleja una dinámica compleja, donde la legitimación del saber no se basaba exclusivamente en títulos oficiales, sino también en la experiencia, en la autoridad moral y en la reputación de quienes curaban. Esto pone de manifiesto la interacción entre el saber médico oficial y las prácticas empíricas, así como la importancia de repensar la historia de la medicina desde una perspectiva que incluya tanto las prácticas occidentales institucionalizadas como las ancestrales y populares.
También los hospitales contribuyeron a la protección de las poblaciones más vulnerables y a la contención de las epidemias. En América española, desde los inicios de la Colonia y de la presencia de la medicina occidental, el hospital formó parte del concepto de ciudad y constituyó un elemento fundamental dentro de las primeras construcciones que debían ser edificadas alrededor de la plaza central; el hospital español que se trae a las colonias es una institución religiosa, cuyo objetivo estaba orientado al ejercicio de la caridad cristiana con resguardo, abrigo y alimentación sobria a los pobres. El régimen administrativo de los hospitales estuvo generalmente a cargo de órdenes religiosas, especialmente la de San Juan de Dios; la mayor parte de estas instituciones fue construida por su iniciativa; sin embargo, estuvieron subordinados al poder real en virtud del Patronato Real . El primer hospital de San Juan de Dios instaurado en el continente americano fue el de Cartagena de Indias (1596); la provincia de la orden de San Juan de Dios que se estableció en la Nueva Granada fue la de San Bernardo, a la cual pertenecieron hasta el siglo XVIII los hospitales de Cartagena, Santafé, Santa Marta, Portobelo, Natá, Panamá, Cali, Tunja, Villa de Leyva, Vélez, Pamplona, Mariquita y Mompox .
En la Nueva Granada hubo hospitales generales y especiales. Los primeros eran para todos los enfermos y los segundos, para quienes padecían dolencias específicas como la lepra (hospitales de San Lázaro o lazaretos). Los hospitales generales siguen una especie de “transformación”, más o menos semejante a la de europeos; en un primer periodo solo fueron centros de asilo y casas de caridad; en un segundo momento comienzan a identificarse con una medicina un poco más curativa, fase a la cual sigue un lento proceso de cambio hacia la “medicalización”, que se consolidará solo a fines del siglo XIX, y que es el proceso histórico que convirtió a los hospitales, que antes eran principalmente un refugio de caridad para los pobres, enfermos y moribundos, en una institución clave para la práctica médica. Con su medicalización la institución se centra en el diagnóstico, el tratamiento y la generación de conocimiento científico médico, este cambio trajo la subordinación de la vida hospitalaria al saber médico, y una reorganización de los espacios, las rutinas y las jerarquías, basada en criterios clínicos; además, se incorporaron de manera sistemática técnicas de observación, registro y experimentación. Como resultado, el hospital dejó de ser solo un lugar de cuidado social y se convirtió en un pilar fundamental de la medicina moderna y de la salud pública.
En lo relativo a los estudios médicos, éstos no se establecieron regularmente en la Nueva Granada antes de principios del siglo XIX. Existió una cátedra de medicina en el Colegio de San Bartolomé entre 1636 y 1640, pero tuvo una corta vida. A partir de 1673, hubo varias tentativas para abrir la cátedra de medicina del Colegio Mayor del Rosario, pero no pudo ponerse en funcionamiento de una manera estable . Al fin, fue creada oficialmente en el Colegio del Rosario en 1753, con Vicente Román Cancino como primer catedrático, quien marcó el inicio de la enseñanza formal de medicina en este Colegio; se suspendió en 1764 debido al retiro del catedrático Juan Bautista de Vargas y a la falta de condiciones adecuadas para la enseñanza .
Las reformas borbónicas del siglo XVIII impulsaron cambios en la educación y en la medicina. José Celestino Mutis (1732-1808), médico gaditano, formado en el Real Colegio de Cirugía de Cádiz, quien llegó al Nuevo Reino de Granada como médico personal del virrey Pedro Messía de la Cerda (1760), introdujo un enfoque ilustrado en la enseñanza médica y destacó la importancia de las ciencias auxiliares como la física, la química, la botánica y las matemáticas. También estudió las virtudes medicinales de muchas plantas nativas, como la quina, en el marco de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada, que lideró entre 1783 y 1808. Gracias a su influencia y al apoyo del virrey Pedro de Mendinueta (1797-1803), la cátedra fue reabierta con el religioso Miguel de Isla (1744-1807), alumno de Mutis, como catedrático interino. Juntos elaboraron un plan de estudios que incluyó ciencias auxiliares y reflejaba ideas ilustradas y varios aspectos de las reformas educativas borbónicas. Se adoptaron textos de autores modernos como Herman Boerhaave, Albrecht von Haller y François Boissier de Sauvages; se introdujo la enseñanza práctica en el Hospital San Juan de Dios de Santafé, con disecciones anatómicas y observación clínica a la cabecera del enfermo, promoviendo una formación que buscaba ser más científica. Se estableció un programa de estudio de cinco años, con materias organizadas por años y exámenes anuales, mejorando la planificación educativa. La reapertura de la cátedra contó con el respaldo del virrey Mendinueta y del rector del Colegio Mayor del Rosario, Fernando Caycedo y Flórez, quienes garantizaron su funcionamiento y financiamiento .
Entre 1802 y 1810, con este plan, la cátedra se consolidó con una enseñanza más moderna, aunque enfrentó desafíos como la falta de recursos, de alumnos y la poca continuidad en la enseñanza. Pasó por períodos de suspensión y reapertura; a pesar de los desafíos políticos, sociales y económicos, contribuyó al desarrollo de la medicina en el Nuevo Reino de Granada . En la época colonial, en la medicina universitaria occidental primó la perspectiva hipocrático-galénica en las concepciones de salud y enfermedad, que se enfocaba en el equilibrio de los humores. La teoría miasmática explicaba la propagación de enfermedades a través de “miasmas”, emanaciones fétidas del aire o vapores nocivos de materia en descomposición o aguas estancadas, invisibles en el aire. La Revolución Científica del siglo XVII transformó la medicina, introduciendo un enfoque mecanicista, médicos europeos como Thomas Sydenham y Herman Boerhaave aportaron nuevas metodologías para el diagnóstico y tratamiento de la viruela, el primero enfatizó en la observación del enfermo y la relación médico-enfermo. El enfoque mecanicista veía el cuerpo humano como una máquina hecha de partes interdependientes que operaban según leyes físicas y mecánicas. Médicos y filósofos dejaron de lado las explicaciones vitalistas o espirituales, y optaron por modelos fundamentados en la anatomía, la fisiología y el movimiento de los fluidos corporales, como la sangre. De esta manera, la enfermedad empezó a ser vista como una falla en el funcionamiento de los mecanismos del cuerpo, y el médico se convirtió en un “técnico” capaz de reparar esas disfunciones, sentando así las bases de la biomedicina moderna.
A partir del siglo XVIII, las ideas mecanicistas, difundidas por el pensamiento ilustrado europeo, influyeron en la enseñanza médica en instituciones como el Colegio del Rosario y el Hospital San Juan de Dios. Este cambio favoreció el desarrollo de una medicina más científica, centrada en la observación anatómica, la experimentación y el uso de instrumentos. Además, sentó las bases para la profesionalización médica y la creación de las primeras facultades de medicina en el siglo XIX, marcando la transición hacia una medicina moderna, empírica y racional.
En el siglo XVIII se estableció en la Nueva Granada el protomedicato que fue un órgano de la Corona encargado de supervisar, examinar, dar licencia y disciplinar a quienes ejercían diversas artes de curar: médicos, cirujanos, barberos, boticarios, parteras, en los territorios hispánicos. Este tribunal sanitario estuvo encargado de regular el ejercicio de las artes de curar, actuaba como instrumento administrativo y judicial para controlar la salud pública, las prácticas terapéuticas y las boticas dentro de la sociedad. Esto estableció una jerarquía donde el médico (universitario) estaba por encima del cirujano (era un artesano, solo se ocupaba de males “externos” como heridas y fracturas) y del barbero-sangrador . Aunque su eficacia real en la Nueva Granada fue variable y, en muchos casos, insuficiente para resolver los problemas sanitarios que enfrentaba el virreinato .
Un gran hito en la historia de la medicina en el mundo hispanoamericano lo constituyó la Real Expedición Filantrópica de la vacuna contra la viruela (1803-1810), también conocida como la Expedición Balmis, por haber sido liderada por Francisco Javier Balmis (1753-1819), médico militar y cirujano español, quien estuvo acompañado por el también médico José Salvany (1778-1810). Es considerada la primera “misión sanitaria y humanitaria” de gran extensión en la historia. Su objetivo era difundir la vacuna contra la viruela, instruir a los médicos y personas interesadas en la práctica de la vacunación, establecer “Juntas de Vacunación” en las capitales y principales ciudades de los virreinatos, y garantizar la conservación del fluido vacunal para su uso en el futuro. Además, buscaban distribuir el manual sobre el método de vacunación escrito por el médico francés Jean-Louis Moreau de la Sarthe (1771-1826), Traité historique et pratique de la vaccine (1803), traducido por Balmis, para asegurar la continuidad de la vacunación en los territorios hispanos. Su impacto en la medicina moderna y la salud pública fue clave, no solo porque logró transportar la vacuna en un contexto tan adverso, sin refrigeración, sino por la organización de vacunaciones de gran magnitud.
La medicina ilustrada desarrolló métodos como la inoculación y la vacunación para prevenir la viruela; la inoculación consistía en introducir pus de una persona infectada a una sana, mientras que la vacunación utilizaba pus de viruela bovina. Se establecieron juntas de sanidad para controlar epidemias, implementando prácticas de aislamiento y desinfección. La percepción de riesgo y la aparente falta de lógica llevaron a que la inoculación fuera rechazada por una buena parte de la sociedad; pero para convencer al público, se defendió la idea de que este procedimiento era el mal menor en comparación con la enfermedad .
Esta fue la primera campaña de vacunación coordinada que comprendió América y Filipinas. Las Juntas de Vacuna fundadas en los territorios americanos fueron los primeros organismos encargados de regular, producir y mantener el suministro de vacunas. Balmis y Salvany enseñaron a los locales cómo realizar la inoculación y cómo conservar el fluido vacuno, asegurando que el conocimiento permanecería en el territorio. La solución de Balmis para la vacunación fue ingeniosa, aunque hoy puede considerase éticamente problemática: utilizó a veintidós niños huérfanos (expósitos) como recipientes vivos para el virus; se inoculaba a dos niños con el virus de la viruela vacuna, y cuando las pústulas maduraban, entre nueve y doce días, se extraía de ellas el fluido y se le pasaba a los siguientes dos niños. Esta técnica de “brazo a brazo” permitió mantener el virus activo durante toda la travesía del Atlántico. Al llegar a América, la cadena continuaba con niños locales para llevar la vacuna al interior de los territorios.
En Cartagena de Indias, la expedición, liderada para esta área por José Salvany, llegó el 24 de mayo de 1804, fue recibida con gran entusiasmo por el gobernador y la población. Se realizaron más de dos mil vacunaciones iniciales, presididas por figuras destacadas de la ciudad; se celebró una misa solemne y un Te-Deum en la catedral, y hubo discursos de agradecimiento hacia el rey por el beneficio recibido. Durante la permanencia de la expedición en Cartagena se estableció una junta para perpetuar la vacuna y se realizaron vacunaciones en pueblos cercanos.
La expedición llegó a Santafé de Bogotá el 18 de diciembre de 1804. El virrey Antonio Amar y Borbón apoyó la misión y organizó también una gran función en la catedral con misa y discursos. Se creó, asimismo, una Junta de Vacuna con un reglamento tan amplio que la convirtió luego en una Junta de Sanidad para cuidar la salud de las poblaciones en distintas zonas.
El último brote de viruela en Santafé fue en 1802. En esa ocasión se establecieron cordones sanitarios (degredos) para evitar la entrada de contagiados a las ciudades, éstos eran recintos de aislamiento para enfermos, utilizados en epidemias de viruela en 1782 y 1802. La limpieza y la quema de basuras se ordenaba para controlar los miasmas; se realizaron hogueras para purificar el aire y eliminar olores asociados a enfermedades. En noviembre de 1782, Santafé enfrentó un brote de viruela a pesar de las medidas de aislamiento; la epidemia causó la muerte de al menos 3.000 personas en una población de veinte mil. La escasez de médicos y recursos agravó la situación, y la política de aislamiento no fue muy eficaz.
La higiene colectiva en las ciudades coloniales del siglo XVIII trascendió los aspectos relativos a la salud colectiva para convertirse en un mecanismo de control político y social. Las autoridades borbónicas buscaron imponer un orden urbano donde la limpieza de las calles y la gestión de los desechos simbolizaban una sociedad civilizada y obediente. Esta visión se apoyaba en la teoría de los miasmas, que atribuía las enfermedades a los “malos aires” y la descomposición orgánica, impulsando reformas como el traslado de cementerios fuera de los templos, la regulación de mataderos, el saneamiento de acequias, la circulación de animales, entre otros aspectos. Estas medidas higienistas no fueron aceptadas tranquilamente, generaron tensiones con una población que las veía como una intromisión en sus costumbres, mientras las élites utilizaban la limpieza como una barrera para estigmatizar a los sectores populares y reforzar las jerarquías sociales.
Las políticas ilustradas de salud urbana buscaron establecerse en forma más sistemática a finales del siglo XVIII, pero a pesar de las regulaciones, la mayoría de las ciudades coloniales carecían de sistemas adecuados de abastecimiento de agua limpia y eliminación de excretas y basuras, lo que favorecía la proliferación de fauna nociva y la difusión de enfermedades. Las medidas preventivas eran a menudo empíricas, como el aislamiento (cuarentenas) o la creencia en que rezos y procesiones podían evitar los males.
El siglo XIX, rupturas y transiciones
El siglo XIX para lo que hoy se conoce como Colombia fue un periodo de inestabilidad y transformación, marcado por la transición del orden colonial a la formación de una nación independiente. Esta historia no fue lineal, estuvo definida por constantes guerras civiles, experimentación política y procesos de construcción de identidad nacional. En este marco se presentan varios fenómenos claves para la historia de la medicina: la ruptura con el modelo médico colonial y la desaparición del Protomedicato; la institucionalización de la enseñanza médica; la progresiva transformación del hospital de una institución de caridad a un establecimiento médico y la constitución de sociedades científicas.
Las universidades oficiales o gubernamentales colombianas (hoy, públicas) que se crearon a partir de la Constitución de Cúcuta y del Plan Santander de 1826, abrieron el horizonte a la cultura y la ciencia, buscando responder a las necesidades del momento. La Universidad Central de la República, considerada la antecesora de la Universidad Nacional de Colombia, se fundó en Bogotá en 1826; su facultad de medicina estuvo muy influenciada por la obra del médico francés François Joseph Victor Broussais (1772-1838), ofreció una enseñanza sólida en el campo de la medicina y formó profesionales para contribuir al progreso del país.
La educación universitaria se resintió con la ley de libertad de enseñanza de 1850, dictada por los revolucionarios radicales que impulsaron las “transformaciones del medio siglo”. Esta ley buscaba una educación pública y laica, estableció el libre ejercicio de todas las profesiones, sin requisito de título universitario, con excepción de la farmacia. La Universidad Central se fue diluyendo lentamente y muchos jóvenes viajaron al exterior, especialmente a Francia a iniciar o repetir sus estudios médicos .
En 1867 se fundó la Universidad Nacional de los Estados Unidos de Colombia, que incluyó la Escuela de Medicina, lo que también sucedió en la Universidad de Antioquia en 1871. Se crearon programas formales con planes de estudio rigurosos, se introdujo la enseñanza clínica en hospitales y laboratorios. Este proceso tuvo una gran influencia de la medicina francesa y del modelo anatomo-clínico, que revolucionó la medicina al situar el origen de la enfermedad en las lesiones físicas, localizables dentro de los órganos, rompiendo con la teoría de los humores. Su esencia es la correlación sistemática entre los síntomas detectados en el enfermo vivo (clínica) y las alteraciones estructurales observadas en el cadáver (anatomía patológica), tal metodología impulsó técnicas de exploración como la auscultación y la palpación, estableciendo la base científica de la medicina moderna y el examen clínico actual.
La normalización del oficio fue un intento de definir qué significaba “ser médico” y qué prácticas de curar eran legítimas, los médicos universitarios debieron competir con curanderos, empíricos, parteras y boticarios que recibían enfermos, lo que generó un debate intenso sobre el charlatanismo, que funcionó como un mecanismo para delimitar fronteras profesionales. Se discutió la necesidad de exigir diplomas y de diferenciar entre “médicos tolerados” y “charlatanes”, lo que fue clave para construir una identidad profesional y para justificar la necesidad de regulación estatal.
La institucionalización también se materializó en la creación de la Sociedad de Medicina y Ciencias Naturales de Bogotá en 1873, reconocida por Ley 71 de 1890 como Academia Nacional de Medicina. A este esfuerzo se sumó la fundación de la Academia de Medicina de Medellín en 1887, lo que fue consolidando centros de pensamiento regional donde no solo se debatieron asuntos científicos, sino también aspectos fundamentales del oficio, como la fijación de honorarios, dilemas de ética profesional y los deberes del médico frente a la sociedad.
Estas asociaciones hicieron los primeros llamados a la solidaridad gremial y a la regulación del ejercicio profesional; se organizaron los primeros congresos médicos nacionales desde 1893, que fueron vitales para unificar criterios sobre el ejercicio de la medicina en Colombia. Bajo la influencia dominante de la clínica francesa, los médicos académicos buscaron aplicar el rigor del método científico no solo para mejorar la atención, sino como una herramienta política para distanciarse de lo que consideraban la “superstición” del curanderismo al cual –a su juicio– acudía mucho la población.
Este proceso coincidió con las necesidades de los gobiernos de la época, que requerían expertos técnicos para gestionar los problemas de salud pública que amenazaban la estabilidad y el progreso del país. Enfermedades como la lepra y la fiebre amarilla no solo diezmaban a la población, sino que afectaban gravemente el comercio internacional y la imagen del país como una “nación civilizada”. La Academia se convirtió en el cuerpo consultivo del Gobierno en asuntos de higiene y salubridad pública y asumió el liderazgo en la promoción del estudio de las patologías locales y la medicina tropical.
El conocimiento y la discusión de casos clínicos en el seno de la Academia encontró su vehículo de difusión en la Revista Médica de Bogotá, fundada también en 1873 y publicada de forma ininterrumpida durante más de medio siglo. A través de esta revista, la élite médica no solo documentaba sus hallazgos, sino que se mantenía en constante actualización con los avances científicos, funcionaba como un espacio de encuentro esencial. En última instancia, la creación y consolidación de las academias representó un hito en el proceso de modernización donde la medicina se posicionó como un pilar fundamental del proyecto de construcción nacional y el progreso científico del Estado colombiano.
Durante el siglo XIX, las funciones sanitarias de la sociedad colombiana fueron ejercidas, primero por Juntas de Higiene locales, y desde 1886 por la Junta Central de Higiene, primer organismo nacional de salud pública. Antes, no existía un sistema nacional de salud pública ni una autoridad central encargada de ella; la atención sanitaria y las medidas de salubridad se organizaban de manera dividida y local. La salud era entendida más como un asunto de orden urbano, caridad y control social que como una política pública estructurada o como un derecho de la población. La atención a los enfermos recaía en hospitales, administrados por órdenes religiosas; en las juntas locales de beneficencia o en las autoridades municipales y departamentales.
En las primeras décadas del siglo XX la atención de los problemas de salud estaba fragmentada en diferentes tipos de respuestas sociales que venían del siglo anterior. En primer lugar, la beneficencia pública, que se dirigía a los pobres y desvalidos y se fundamentaba en la caridad cristiana con algunos auxilios estatales. En segundo lugar, el ejercicio privado de la práctica médica, insuficiente y solo accesible en las ciudades a las clases acomodadas. Y, en tercer lugar, la higiene pública que era competencia de instituciones municipales y departamentales, dedicada a la sanidad urbana, inspección de alimentos y el control de epidemias.
La medicina en su conjunto experimentó durante el siglo XIX una fuerte impronta de la medicina francesa, por la atracción que el desarrollo político y cultural francés ejerció, al menos desde la Revolución de 1789 y por los logros que la medicina francesa alcanzó también después de la Revolución, que la convirtieron en la vanguardia de la llamada medicina “científica”. La medicina “fisiológica” de Francois-Joseph-Victor Broussais ejerció gran influencia en todo el mundo durante las primeras tres décadas del siglo XIX, su importancia radicó en la crítica que hizo a la medicina del Antiguo Régimen. Para este médico la mayoría de las enfermedades se debía a exceso de irritación (enfermedades esténicas), por lo cual defendió una terapéutica debilitante, en que la técnica de la sangría ocupó un lugar central. Las ideas de Broussais dominaron la práctica de los médicos colombianos de las primeras décadas del siglo XIX en los centros urbanos de cierta importancia, como Bogotá, Medellín, Cartagena y Popayán .
Este panorama comenzó a cambiar con el fortalecimiento del Estado tras la Constitución de 1886, que sentó las bases para una organización más coherente de la salud pública en el país. La Ley 30 de 1886 creó las Juntas de Higiene en Bogotá y en las capitales de los Departamentos y ciudades principales, su objetivo era ocuparse de las enfermedades epidémicas, el saneamiento y el control de puertos, bajo la presión de las Convenciones Sanitarias Internacionales firmadas por Colombia.
Las disposiciones de la Junta de Higiene debían ser respetadas por las autoridades, aunque la Junta no manejaba presupuesto ni tenía fuero para hacerlas cumplir, tampoco se ocupaba de instituciones de salud como hospitales, asilos u hospicios, que estaban a cargo de las juntas de beneficencia. Su actividad no estuvo destinada a promover grandes transformaciones higiénicas, sino a una modesta pero constante regulación de los aspectos particulares que fueron puestos a su consideración.
La institucionalidad de la salud en Colombia estuvo caracterizada por frecuentes cambios de nombre y de adscripción ministerial, lo que refleja las prioridades variables del Estado. La Junta Central de Higiene fue creada en el Ministerio de Fomento, pasó luego por los ministerios de Gobierno, Agricultura y Comercio, y finalmente de Instrucción Pública, según predominara el interés por el comercio internacional y los puertos, la agricultura impulsada por la bonanza cafetera, o la difusión de la higiene a través de la educación. En 1913, la Ley 33 transformó la Junta en el Consejo Superior de Sanidad, adscrito al Ministerio de Gobierno, y asesorado por la Academia Nacional de Medicina. La misma ley creó Juntas Departamentales de Higiene, así como Juntas de Salubridad y Comisiones Sanitarias municipales .
Siglo XX: modernización, transformación estructural y ciudadanía
En las primeras décadas del siglo XX Colombia gozaba de una relativa estabilidad institucional y un crecimiento económico notable frente a sus vecinos regionales –impulsado por la bonanza cafetera–, pero bajo la superficie hervían tensiones sociales y políticas que terminarían por estallar en la crisis de mediados de siglo. En este escenario, la medicina no fue una práctica aislada, sino uno de los ejes de la modernización del Estado. Este periodo se consolidó un escenario de efervescencia técnico-científica e institucional, donde poco a poco, el fortalecimiento normativo permitió desplazar el antiguo modelo de asistencia caritativa por uno basado en la seguridad social y en los derechos laborales.
La Ley 84 de 1914, que dictó disposiciones sobre extinción de la langosta y sobre higiene pública y privada, retornó nuevamente a la Junta Central de Higiene, por motivos económicos, ya que la ley anterior tenía el defecto de exigir numeroso personal y de imponer mayores gastos a la nación, a los departamentos y a los municipios, en un momento de estrechez presupuestal. Se fijaron como objetivos adicionales a los ya expresados la conservación de la vacuna de la viruela y la creación de un Instituto Bacteriológico Central (1914), que quedaba encargado de resolver las consultas de la Junta Central de Higiene y de ejecutar trabajos bacteriológicos para el estudio de las enfermedades endémicas y epidémicas del país .
El proceso de fortalecimiento normativo (1905-1920) intentó arrebatar definitivamente el control de la salud a las personas que ejercían sin título y a los llamados “empíricos” y erigir al médico titulado como actor principal en las prácticas de salud individual y colectiva. El Decreto 592 de 1905 exigió títulos oficiales a quienes ejercían la medicina. Posteriormente, la Ley 83 de 1914 reforzó la regulación profesional y otorgó facultades al Estado para vigilar la salud pública de manera centralizada. Este armazón legal se vio asegurado por la llegada de la Misión Rockefeller (1910-1920), que no fue un acto filantrópico, sino el resultado de la convergencia de intereses económicos y políticos entre élites locales y actores extranjeros, motivada por el impacto de la uncinariasis o “anemia tropical” y otras dolencias en la productividad económica del país. Mientras que los médicos y cafeteros colombianos veían en la campaña sanitaria una medida necesaria para salvar la mano de obra rural y el progreso nacional, para la Fundación representaba un medio de penetración política y económica destinado a legitimar la presencia de empresas como la Standard Oil y proteger sus inversiones en la región. Esta alianza permitió que el Estado colombiano acogiera rápidamente un modelo de salud pública basado en el control epidemiológico y la higiene, facilitando la integración definitiva del país al mercado internacional del café y la explotación de materias primas. La Fundación facilitó la implementación de un nuevo paradigma basado en el control epidemiológico y el laboratorio, integrando a Colombia en los modelos de saneamiento ambiental norteamericanos que definieron la salud pública del siglo XX .
La influencia de la Fundación Rockefeller en la medicina colombiana puede entenderse como un proceso clave de reorganización científica y estatal de la salud pública. La Fundación introdujo en Colombia el modelo de la medicina preventiva moderna, centrado en la bacteriología, la epidemiología y el control técnico de las enfermedades, especialmente mediante campañas contra la anquilostomiasis, la uncinariasis y la fiebre amarilla. Este modelo consolidó la profesionalización de los médicos, la creación y fortalecimiento de laboratorios, y la formación de una nueva élite sanitaria alineada con estándares internacionales, al tiempo que subordinó la práctica médica a criterios de eficiencia, productividad y desarrollo económico. Su acción contribuyó a transformar la salud en un asunto de Estado y a consolidar una visión tecnocrática de la medicina, muy vinculada con los intereses de la modernización capitalista y con la inserción de Colombia en redes transnacionales de saber médico .
A medida que avanzaba el siglo, el país atravesó un giro epistemológico en la disciplina médica: el paso de la influencia médica francesa (clínica y humanista) a la estadounidense (tecnológica y basada en laboratorios). A comienzos de la centuria, la medicina colombiana estaba dominada por la clínica francesa de corte anatomoclínico, centrada en la observación directa del paciente y en el estudio de las lesiones orgánicas. Sin embargo, se dio una apertura gradual hacia la medicina de laboratorio, basada en las mentalidades fisiopatológica y etiopatológica. Este cambio implicó que el laboratorio se convirtiera en el “santuario” de la ciencia, desplazando la prioridad que antes tenía la observación a la cabecera del enfermo. Este giro fortaleció la investigación básica en facultades como la Universidad Nacional y la Universidad del Valle; hacia 1960, ya la medicina norteamericana desplaza a la francesa.
El paradigma de la medicina basado en el modelo Flexner establece una estructura académica y profesional donde la formación médica se vincula obligatoriamente a la universidad bajo estándares de calidad; este sistema organiza el conocimiento en un ciclo de ciencias básicas y otro de ciencias clínicas durante al menos cuatro años, priorizando la ciencia inductiva y la investigación de laboratorio. Esa visión comprende el cuerpo humano como un sistema biológico fundamentado en las ciencias biomédicas, apoyándose en una pedagogía que combinaba la lección magistral con la práctica técnica en áreas como la anatomía, la fisiología y la patología.
En otro ámbito importante, en la década de 1940 la llegada de la penicilina al país revolucionó el tratamiento de enfermedades infecciosas que habían diezmado a la población durante siglos, como el pián, la sífilis y la neumonía; su introducción tuvo un impacto significativo en la salud pública y la medicina; este antibiótico revolucionó el tratamiento de infecciones bacterianas, permitió un avance en la lucha contra enfermedades de transmisión sexual y mejoró la calidad de vida de millones de personas, también marcó el inicio de la “era de los antibióticos”, transformando la práctica médica y fomentando el desarrollo de nuevos medicamentos.
Medicina y Estado frente al riesgo social
El cambio en las estructuras familiares tradicionales y el crecimiento del trabajo asalariado transformaron el desafío de cuidar a quienes pierden sus ingresos o necesitan atención médica. Dado que los mercados no logran ofrecer soluciones justas, los gobiernos tomaron la responsabilidad de proteger a los más vulnerables; se pretendía que la intervención del estado no solo corrigiera los fallos del mercado y los monopolios, sino que también asegurara la solidaridad social al repartir los riesgos entre toda la población, haciendo que el bienestar colectivo fuera una responsabilidad compartida .
El contexto sociopolítico de la segunda posguerra y el auge del reformismo social se materializaron en tres hitos que cambiaron la relación entre el ciudadano y el Estado colombiano en materia de salud: la creación de la Caja Nacional de Previsión (Cajanal) en 1945, del Ministerio de Higiene y del Instituto de los Seguros Sociales (ISS) en 1946. El Ministerio permitió separar la salud de la política asistencial general para crear una entidad técnica dedicada exclusivamente a la salud pública. Por su parte, el ISS cambió el modelo de atención al vincular la salud con el empleo y la protección del trabajador del sector privado, dejando de entenderla como un alivio a la “pobreza” para tratarla como una garantía de la seguridad social. El ISS se creó para gestionar la seguridad social de trabajadores del sector privado, comenzó a operar formalmente en 1948 para enfermedades no profesionales y maternidad, y expandió su cobertura a riesgos laborales (1964) y pensiones (1967). Se entiende por seguridad social el conjunto de mecanismos y programas que atienden riesgos profesionales (cobertura de salud y monetaria contra accidentes de trabajo y enfermedades profesionales), pensiones por vejez, invalidez y para sobrevivientes (también a veces por antigüedad y cesantía); atención de salud y monetaria de la enfermedad y el accidente común o no laboral y la maternidad; asignaciones familiares que completan salarios en proporción al número de hijos y subsidio al desempleado. El ISS fue la base de la seguridad social en Colombia, aunque luego fue desmembrado y liquidado, dando paso al sistema actual de salud y pensiones. La Caja Nacional de Previsión empezó a prestar sus servicios como establecimiento público adscrito al Ministerio del Trabajo que atendía a los empleados del sector público , administraba el pago de prestaciones sociales a empleados y obreros que estaban al servicio de la nación.
El Ministerio de Salud Pública, creado en 1953 fue el resultado de un proceso de transformación que buscaba consolidar la salud pública bajo el modelo de influencia norteamericana y representó el máximo desarrollo institucional de la salud pública en el país durante ese periodo, superando la estructura previa del Ministerio de Higiene (1946-1953). Esta fundación respondió a un diseño impulsado por factores como las recomendaciones de la Misión Currie del Banco Mundial, que sugirió cambiar el nombre y la estructura ministerial como requisito para lograr una utilización más eficiente de los recursos y una gestión técnica moderna5. A diferencia de su antecesor, el nuevo Ministerio de Salud Pública adoptó un enfoque más integral, incorporó el concepto de salud pública norteamericana que se venía gestando en el país desde 19206. Esto significó un cambio desde una idea más tradicional de higiene, concebida como un conjunto de prácticas de limpieza, orden y control del entorno para cuidar la salud, hacia una perspectiva más amplia que incluía la prevención sistemática de enfermedades y la capacitación especializada del personal médico7. Gracias a este cambio, la institución ajustó sus parámetros de acción, asumió una mayor dirección en la asistencia hospitalaria nacional y suprimió funciones que antes se consideraban de “policía sanitaria”. El contexto político y económico también fue determinante, ya que el gobierno de Roberto Urdaneta Arbeláez (1951-1953) utilizó la cooperación técnica internacional de organismos como la Fundación Rockefeller y el Servicio Cooperativo Interamericano de Salud Pública para modernizar el sector. El cambio institucional no solo buscó una reestructuración administrativa para limitar el número de dependencias y centralizar el control, sino que también reflejó la necesidad del Estado de integrar la salud a sus políticas de desarrollo e industrialización en el marco de su incorporación al sistema capitalista internacional .
La modernización tecnológica y científica en la ciencia médica proyectó a Colombia como un referente de la medicina regional entre 1950 y 1980. Durante este lapso, el país no solo realizó sus primeros trasplantes de órganos (de córnea, realizado por primera vez en el Hospital San Juan de Dios de Bogotá en 1946, y de riñón en el Hospital San Vicente de Medellín en 1973), sino que participó activamente en las campañas globales que certificaron la erradicación de la viruela en el territorio nacional hacia 1979, gracias a la producción local de vacunas por el Instituto Nacional de Salud (INS), creado en 1975, y el Laboratorio Jorge Lleras Parra, consolidando el éxito de la campaña mundial de erradicación declarada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1980.
La consolidación de hospitales universitarios y centros especializados, con tecnologías diagnósticas y terapéuticas avanzadas, hicieron que estas instituciones se convirtieran en espacios clave para la formación médica, la atención especializada y la innovación científica.
La investigación local alcanzó hitos globales en la década de 1970. El médico neonatólogo Edgar Rey Sanabria (1934-1995), profesor de la Universidad Nacional de Colombia y Jefe de Pediatría del Hospital Materno Infantil en este tiempo, creó en Bogotá el Programa Método Madre Canguro (MMC) para bebés prematuros, hoy estándar mundial. Se trata de una técnica innovadora para el cuidado de neonatos con bajo peso al nacer y/o prematuros, que se basa en el contacto piel a piel entre el bebé y su madre, o en su defecto, el padre o un adulto responsable, al igual que los canguros. Esta interacción proporciona al bebé el calor necesario, estimula la lactancia materna, protege contra infecciones y ofrece la seguridad emocional que solo un contacto cercano puede brindar. Asimismo, en la década de 1980, el inmunólogo y patólogo Manuel Elkin Patarroyo (1946-2025), que fue el fundador y director del Instituto Colombiano de Inmunología, creó la vacuna sintética contra la malaria, la cual posteriormente donaría a la Organización Mundial de la Salud. Sus investigaciones le valieron premios y reconocimientos nacionales e internacionales, otorgados por universidades, entidades públicas y organizaciones médicas.
En paralelo, la profesionalización y la especialización del cuerpo médico, impulsada por la formación en el exterior y su posterior retorno al país, elevó los estándares de la práctica clínica y académica. La adopción de nuevos saberes, técnicas y protocolos fortaleció diversas áreas médicas y consolidó escuelas clínicas reconocidas en América Latina. Al mismo tiempo, el desarrollo de la investigación biomédica y epidemiológica, principalmente en el estudio de enfermedades tropicales y endémicas, posicionó a Colombia como un referente científico en problemas sanitarios comunes de la región.
Este proceso estuvo estrechamente articulado con la cooperación internacional y la participación activa del sector médico en redes promovidas por organismos como la Organización Panamericana de la Salud y la Organización Mundial de la Salud, lo que facilitó la transferencia de conocimiento, la estandarización de prácticas y la visibilidad internacional. Como resultado, Colombia se proyectó no solo como un país receptor de modelos médicos, sino como un productor de conocimiento y formación especializada, capaz de influir en políticas de salud y prácticas médicas en otros países latinoamericanos.
Este largo proceso desembocó en el cambio de modelo a fines del siglo XX. La Constitución colombiana de 1991 definió la salud como un servicio público a cargo del Estado y un derecho social, lo que se buscó concretar en la Ley 100 de 1993. Esta ley introdujo el Sistema General de Seguridad Social en Salud (SGSSS), creó los regímenes contributivo y subsidiado y permitió la entrada de entidades privadas (EPS e IPS) en la gestión de prestación de servicios en salud. Así, el siglo XX cerró transformando la lógica de prestación hacia un modelo de aseguramiento universal, donde la medicina no fuera solo una práctica clínica, sino un instrumento de modernización del Estado y de expansión de la ciudadanía .
Históricamente, el país construyó diversas formas de atención basadas en la capacidad de pago, donde coexistían servicios privados para sectores pudientes, seguros obligatorios para trabajadores formales y estrategias de caridad o asistencia pública para los sectores más pobres. Esta organización social fragmentada operaba bajo una lógica de mercado con una injerencia estatal limitada, lo que generó un sistema donde quien poseía los medios pagaba y quien no los tenía dependía de la beneficencia. Durante los años setenta, se intentó articular estos sectores de forma funcional mediante un ministerio técnico que sirviera como cerebro del sistema, pero el intento fracasó debido a que cada subsector conservó su autonomía y profundizó las desigualdades tradicionales.
La transición hacia el modelo de la Ley 100 introdujo una lógica de competencia regulada, fundamentada en la teoría neoclásica de los bienes, que separaba los servicios individuales de los colectivos. En esta nueva estructura, los servicios individuales quedaron en manos de un mercado de aseguramiento donde las Empresas Promotoras de Salud (EPS) administran el riesgo y las Instituciones Prestadoras de Servicios (IPS) ejecutan la atención médica. El sistema se financia a través de un fondo único denominado Fondo de Solidaridad y Garantía (FSG), el cual redistribuye recursos mediante la Unidad de Pago por Capitación (UPC) y garantiza un Plan Obligatorio de Salud (POS). Para buscar la universalidad, se establecieron dos regímenes principales: el contributivo, financiado por aportes salariales, y el subsidiado, dirigido a la población de más bajos recursos identificada a través del Sisben.
A pesar de que este modelo fue promovido internacionalmente por sus mecanismos de solidaridad financiera y equidad, algunos estudiosos argumentan que la reforma ha configurado una nueva fragmentación que oscila entre el derecho contractual y la caridad mediatizada. Después de su implementación, el gasto total en salud aumentó significativamente en relación con el PIB, pero las coberturas reales y el acceso equitativo siguen siendo deficientes. El sistema actual mantiene brechas críticas, como el hecho de que el POS subsidiado no cubre la totalidad de los beneficios del contributivo, sometiendo a la población más vulnerable a mayores riesgos de morbi-mortalidad. Además, la desterritorialización propia del mercado ha provocado un abandono de programas de salud pública colectiva, evidenciado en el resurgimiento de enfermedades como la malaria y la tuberculosis.
El sistema no ha logrado resolver los problemas de equidad acumulados, pues persiste una cultura política individualista que entiende la salud como un servicio de consumo individual universalizable por la vía del mercado. Esta visión tiende a sostener desigualdades injustas y limita la consolidación de un derecho universal e incluyente, planteando el reto de construir formas de organización que garanticen la salud como un derecho ciudadano y no simplemente como un cumplimiento contractual.
En el marco de una historia de la medicina en Colombia, lo que va corrido del siglo XXI puede entenderse como un período marcado por profundas tensiones entre la ampliación de derechos, las reformas institucionales y la persistencia de desigualdades estructurales. La consolidación del sistema de salud derivado de la Ley 100 de 1993 mostró una cobertura casi universal acompañada de crisis financieras, precarización laboral y una creciente judicialización del acceso a los servicios, fenómeno que otorgó a la Corte Constitucional un papel central en la definición del derecho a la salud. Este proceso culminó normativamente con la Ley Estatutaria de Salud de 2015, que consagró la salud como derecho fundamental autónomo, al tiempo que abrió debates bioéticos de gran alcance en torno a la eutanasia, la interrupción voluntaria del embarazo y los tratamientos de alto costo, que pusieron en evidencia una estrecha interrelación entre medicina, derecho y política.
La época también ha estado atravesada por transformaciones epidemiológicas, científicas y sociales que han cambiado las prácticas de la medicina y de la salud pública. Las enfermedades crónicas, el envejecimiento de la población, la cada vez más importante presencia de problemas de salud mental, la persistencia de enfermedades infecciosas tradicionales; y luego la pandemia de la Covid-19 pusieron en evidencia las enormes diferencias regionales y las vulnerabilidades del sistema de salud. Estas transformaciones y enfermedades han estado acompañadas de avances en biomedicina y nuevas tecnologías digitales, como la telemedicina, con la investigación genómica que están reconfigurando la relación médico-paciente y han generado dilemas éticos y de acceso. La medicina también ha debido asumir los cuidados a las víctimas del conflicto armado y en la inclusión de las formas diferenciales de género, de etnicidad y de territorio, por ser también un campo social en el que se producen disputas por los derechos, la memoria, la equidad y la justicia.
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Créditos
Adriana María Alzate Echeverri Programa de Historia, Universidad del Rosario, Bogotá.
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