Ciencia Europea en un país en ciernes: una misión francesa para la naciente república de Colombia

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Pasados apenas tres años y unos meses de la batalla de Boyacá, el 22 de septiembre de 1822, zarpaba del río Escaut, en Bélgica, el bergantín New York, de bandera estadounidense, con destino a la flamante República de Colombia, cuya creación había sido ratificada solo un año antes por el Congreso de Villa del Rosario de Cúcuta. A bordo se encontraba un grupo de jóvenes científicos contratados en Francia por Francisco Antonio Zea para promover el estudio de las ciencias naturales en el país. ¿Quiénes eran estos científicos y cuál era la misión que Zea les había contratado? ¿Cómo era posible que se hubiera suscitado el interés del gobierno y se destinaran dineros públicos para una empresa científica cuando la primera prioridad del país era la guerra contra España y la independencia aún no se había consolidado del todo? ¿Qué hicieron en Colombia y cuál fue el resultado de su misión?

Todo comenzó en junio de 1820, cuando llegó a Londres Francisco Antonio Zea con el encargo asignado por el propio Libertador Simón Bolívar de representar a Colombia ante las potencias europeas. Zea había alcanzado altas posiciones en el gobierno republicano, llegando a ser designado vicepresidente de Colombia, integrada por la Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, por el Congreso de Angostura. Además, y esto es fundamental para entender el ahínco con el que desempeñó su misión en el campo de la ciencia en Europa, tenía una larga y distinguida trayectoria científica. En 1791 había sido designado por José de Ezpeleta como agregado científico de la Expedición Botánica de José Celestino Mutis, empresa de la cual llegaría a ser subdirector. Apresado acusándosele de conspiración y conducido a España, al quedar libre continuó sus actividades botánicas y llegó a convertirse en director del Real Jardín Botánico de Madrid, e incluso redactó un proyecto de reorganización de la Expedición Botánica.

No fue de manera improvisada o apresurada como Zea llevó a cabo su cometido de formar una misión de jóvenes científicos dispuestos a viajar a los trópicos. Buscó la asistencia de algunos e los sabios más notables del momento, miembros de la Academia Francesa, la institución científica más prestigiosa del mundo entonces. Entre ellos se contaban el naturalista Georges Cuvier, el matemático y astrónomo François Arago, el químico y físico Louis Joseph Gay-Lussac y Alexander von Humboldt, quien en compañía de Aimé Bonpland había viajado por las regiones equinocciales del Nuevo Continente entre 1799 y 1804 y era entonces fulgurante figura en los círculos sociales y científicos de Europa.

El propósito específico de la tarea encomendada a Zea por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander era reclutar jóvenes que tomaran a su cargo la enseñanza de las ciencias naturales para la juventud colombiana, y contribuyeran con sus luces al establecimiento de una escuela de minas y un museo de historia natural en Bogotá, la capital del país. Debido en gran parte al interés que habían despertado en Europa las observaciones y descripciones de Humboldt y Bonpland en el Nuevo Mundo, publicadas en suntuosos volúmenes durante las dos décadas anteriores, en un proceso que aún continuaba, no fue difícil obtener el apoyo de los sabios para la empresa que proponía Zea. Muchos de los estudios adelantados por Humboldt y Bonpland aún necesitaban complementarse y, además, la ciencia europea se encontraba en un momento de ebullición que se acrecentaría a lo largo del siglo XIX. Para Colombia el interés era doble: aparte de la promoción de la ciencia en el país, se trataba de establecer bases firmes para el desarrollo de la explotación económica de los vastas recursos naturales que, se creía, abundaban en las montañas y los valles del país, y muy particularmente la explotación de metales preciosos como el oro y las esmeraldas, con los cuales Colombia había competido con éxito en los mercados internacionales. Los gobiernos y los capitalistas europeos también abrigaban grandes ilusiones, particularmente en Inglaterra, donde ya se veía la oportunidad de ingresar a territorios antes vedados por las leyes españolas para todos los que no fueran peninsulares. De allí también el interés por la independencia de las colonias españolas, que ya empezaba a manifestarse con fuerza. Francia, sin embargo, en medio del proceso de la restauración borbónica, no compartía las ambiciones republicanas y por lo tanto las diligencias para poner en obra el plan de Zea debieron realizarse allí en absoluta reserva. El mismo Zea tomó a su cargo la labor de promover a la naciente República en Europa, y para ello preparó un libro titulado Colombia: siendo una relación geográfica, topográfica, agricultural, comercial, política &c de aquel pays, adaptada para todo lector en general, y para el comerciante y colono en particular, obra que se publicó en inglés y en español en Londres en 1822.

El propio Humboldt tomó la iniciativa de entrevistar y, hasta cierto punto, de examinar a los jóvenes aspirantes a formar la misión que debía dirigirse a Colombia, instruirlos sobre las observaciones científicas que debían hacer para fortalecer el avance de la ciencia europea, y prepararlos en el manejo de los instrumentos que debían utilizar, algunos de los cuales fueron aportados por Humboldt. Al cabo de algunos meses finalmente se llegó a la selección definitiva. La misión científica habría de estar conformada por el químico y experto en agricultura Jean-Baptiste Boussingault, el médico y naturalista François Desiré Roulin, el químico y mineralogista Mariano Eduardo de Rivero, nacido en Arequipa, Perú y educado en Inglaterra y Francia, y el único no francés de la comisión, y como adjuntos el entomólogo Jacques Bourdon y el botánico, ornitólogo y preparador de historia natural Justine-Marie Goudot. Los respectivos contratos se firmaron en París en mayo de 1822. El repentino fallecimiento de Zea en Bath, Inglaterra, el 28 de noviembre de 1822, en nada afectó el proyecto en el cual se había comprometido durante los años finales de su vida.

El viaje por mar desde Europa a las costas sudamericanas de los comisionados contratados por Zea se vio condimentado por innumerables peripecias, explicables en las condiciones de la guerra de independencia de Colombia y Venezuela. En cierto punto, y ya en altamar, el bergantín New York en que viajaban se transformó en El patriota, se arrió la bandera estadounidense y se enarboló en su lugar la divisa tricolor de la República de Colombia. Poco antes se había provisto de cañones y se había cargado pólvora y fusiles. Llegados a La Guaira el 21 de noviembre de 1822, desembarcaron Boussingault y Rivero, con el fin de adelantar estudios científicos en Venezuela antes de proseguir a Bogotá, según habían acordado con Humboldt, mientras que Roulin, Bourdon y Goudot se dirigieron a Santa Marta, desde donde habrían de iniciar la navegación en champán por el río Magdalena para alcanzar la altiplanicie bogotana. Como anotó la biógrafa de Rouline, Margerite Combes, el 13 de febrero de 1823 Roulin, su esposa e hijo, quienes lo acompañaban, y los científicos Bourdon y Goudot apenas están en vísperas de embarcarse en el champán, y aún les restaban entre treinta y sesenta días de viaje para llegar a su destino. La travesía entre Caracas y Bogotá, que Boussingault había calculado en tres meses, finalmente tomó seis, y este y Rivero finalmente se presentaron ante el vicepresidente Francisco de Paula Santander en mayo de 1823.

El Congreso de Colombia, por su parte, fue lento en aprobar los contratos realizados por Zea. Lo hizo finalmente por la ley del 28 de julio de 1823, dos meses después de la llegada a Bogotá de los últimos miembros de la misión francesa. Los considerandos de dicha ley son una declaración sucinta de las preocupaciones y los intereses del gobierno. No faltó desde luego, una referencia acusatoria contra el gobierno de España, con el cual el país todavía estaba en guerra:

“al paso que han sido ignoradas en esta regiones opulentas las ciencias naturales, por una consecuencia precisa de la pésima administración de su anterior gobierno, son absolutamente necesarias para el adelantamiento de su agricultura, artes y comercio, que son las fuentes productoras de la felicidad de los pueblos”.

Se presentaba ahora “la feliz oportunidad de que la República pueda promover y difundir las referidas ciencias naturales, y por este medio logrará la ventaja de que no continúen ocultos en el mismo lugar que los ha producido la naturaleza, los ricos metales y otros muchos objetos del reino mineral que abrigan en su seno nuestros valles y montañas”.

La ley establecía que a la escuela de minería vendría “por lo menos un joven” de cada uno de los departamentos de la República. Los alumnos serían mantenidos por el término de tres a cuatro años en la escuela de minería “con una pensión de cuatrocientos pesos anuales que serán pagados por todos los propios de los departamentos respectivos, a proporción de sus ingresos y egresos” Se exceptuaban de esta ventaja los jóvenes ricos o hijos de padres ricos. Al término de sus estudios, se les daría el título de “oficiales de minas” y se les destinaría “a las casas de moneda, a las minas que se trabajen por cuenta de la República, a los arsenales y puertos como ingenieros de minas, o a los particulares si los pidieren”.

Durante los meses transcurridos desde su llegada a Colombia y mientras esperaban la aprobación que debía dar el Congreso a sus contratos, espera prolongada algunos meses más mientras se ponían en marcha tanto la escuela de minería como el museo, los comisionados franceses y su compañero peruano se dedicaron a diversas actividades para ganarse la vida. La situación fue particularmente penosa para Roulin, quien debía velar por el sostenimiento de su esposa y su pequeño hijo.

Tomaría varios meses la expedición del decreto que reglamentaba la escuela de minas creada en la capital de la República. Firmado por el vicepresidente, Francisco de Paula Santander, solo se publicó el 7 de diciembre de 1823, y en él se señalaba que “la escuela de minas tendría, por ahora, dos cátedras servidas por dos catedráticos y un director nombrado por el gobierno”. Se había designado a Mariano de Rivero como director y catedrático de mineralogía, de geología y de explotación, a Jean-Baptiste Boussingault como catedrático de química general y analítica y de metalurgia, y a François Desiré Roulin de matemáticas elementales, geometría descriptiva, de mecánicas y de dibujo. En el museo de ciencias naturales había sido designado Bourdon como colector de objetos de historia natural, y Goudet de botánica. Por el momento el único catedrático de botánica y agricultura en el Museo sería el doctor Juan María Céspedes, quien durante su modesta vida como cura del pueblo de Caloto había seguido por la senda iniciada por José Celestino Mutis. El decreto también indicaba que a los cursos de botánica y agricultura podrían concurrir “todas las personas que quieran destinarse a estos dos ramos importantes”.

El Museo Nacional no se abrió hasta el 4 de julio de 1824, en un acto en el que estuvieron presentes el vicepresidente Francisco de Paula Santander y los secretarios del interior y guerra. El gobierno era consciente de que el Museo aún estaba “en sus infancia”, pero poseía ya algunas “cosas raras”, como una colección de minerales, probablemente la que había entregado Humboldt a Boussingaul antes del viaje, “muchos huesos de animales desconocidos sacados en Soacha”, una momia encontrada en Tunja y provista de una manta “bien conservada”, “algunos insectos de extraordinaria hermosura y “algunos instrumentos muy bien hechos”. No fue hasta el 30 de enero de 1825 que se anunció que habían llegado al Museo Nacional los instrumentos de física y el laboratorio químico, y que el 4 de febrero siguiente se abrirían las clases de matemáticas y química y se continuaría la de mineralogía. En concordancia con el reglamento, a los alumnos que se matricularan solo se les exigiría como requisitos “saber leer, escribir y las cuatro reglas de aritmética”. Lentamente el Museo Nacional fue complementando su colección, y uno de los primeros objetos que adquirió fue el “manto o acso de la reina mujer de Atahualpa”, enviado por el Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre.

No fue mucho lo que Boussingault, Roulin, Rivero, Bourdon y Gopudet pudieron hacer en el campo de la enseñanza de las ciencias naturales en la escuela de minería y el Museo Nacional, objeto parta el cual se les había contratado. La escuela nunca arrancó realmente, principalmente por falta de alumnos, pues los departamentos del país no dispusieron de recursos para subvencionar a los alumnos que debían enviar a estudiar en la capital. Finalmente el Museo y la escuela de minas quedaron integrados a la recién creada Universidad Central de Bogotá a fines de 1826, y los jóvenes deseosos de formarse en disciplinas técnica y científicas tuvieron que esperar hasta 1847, cuando se estableció el Colegio Militar de Bogotá y empezaron a abrirse otras instituciones de educación técnica promovidas por iniciativa privada. Los instrumentos de física y el laboratorio químico quedaron subutilizados, a tal punto que el 28 de noviembre de 1830 se anunció que el encargado del poder ejecutivo, el general Rafael Urdaneta, había dispuesto “que se franquee la sala del museo en que se hallan los instrumentos y máquinas, dos veces por semana… a los jóvenes que con sus maestros o directores, ya sea de los colegios, ya de las escuelas privadas, quieran aprender el uso y manejo de aquellos”. Triste final para un sueño republicano.

Los comisionados franceses, sin embargo, no permanecieron inactivos durante el tiempo de su residencia en Colombia. En 1824 el gobierno envió a Boussingault, Roulin y Rivero a una expedición a los llanos orientales con el fin de determinar el curso del río Meta. Al año siguiente, por contrato con una compañía minera inglesa, la Colombian Mining Company, visitó las minas de oro de La Vega de Supía y Marmato. Poco o nada se sabe de las actividades de Bourdon, pero Goudot llevó a cabo extensos viajes por el país, incluido uno a los llanos orientales, otro a las minas de esmeraldas de Muzo, otro al puente natural de Icononzo y un recorrido por el río Magdalena. En junio de 1830 la Gaceta de Colombia publicó una nota en la cual se señala que “El señor Boussingault primer comandante de ingenieros de Colombia, y el señor Goudot naturalista, han subido al nevado del Tolima en los Andes de Quindío, y ha resultado de sus observaciones, que Tolima es un volcán encendido o en actividad”. Al día siguiente un comentarista solicitó publicar otra nota en la que señalaba que este era en realidad el tercer viaje de Goudot al Tolima, y lo califica como “el primer descubridor del volcán de Tolima”. Roulin buscó en la medicina, su profesión, los medios para sostenerse, pero por diversas razones no logró obtener ingresos estables con esta actividad. También se dedicó a las artes y en 1828, poco antes de su partida para Francia, hizo un perfil de Bolívar que sirvió de modelo al escultor Pietro Tenerani para la estatua de bronce de Simón Bolívar que se encuentra en la plaza de su nombre en Bogotá. También tomó numerosas vistas de paisajes y lugares notables durante sus viajes, algunas de las cuales se conservan hoy en la colección del Banco de la República.

Mariano Eduardo de Rivero hizo donación de mil pesos anuales en beneficio del museo y la escuela de minas que se habrían de abrir en la capital. El gobierno reconoció “el interés que con tan generoso ofrecimiento manifiesta el señor Rivero tomar por la difusión de las luces en Colombia”. A principios de julio de 1824, siendo aún director de la escuela de Minas, solicitó al gobierno permiso “de trabajar todas las minas descubiertas que posea, exceptuando las que ya estén enajenadas o arrendadas”, teniendo en cuenta el hecho de que “por las circunstancias de guerra y la pobreza en que se encuentra el gobierno y los particulares les es por ahora imposible el trabajar sus minas para lo cual se necesitan fondos considerables e inteligentes”, y que “deseando varias personas de Londres trabajar con una compañía todas las minas descubiertas en el territorio de la República”. Finalmente, Rivero, junto con el colombiano José Ignacio París y el británico Charles Stuart Cochrane, recibieron en arrendamiento las minas de esmeraldas de Muzo el 14 de julio de 1824, por un término de 10 años.

El 24 de julio de 1825 se anunció que “habiéndose concedido licencia temporal al señor Mariano de Rivero director del museo nacional para pasar al Perú, su patria, el poder ejecutivo ha encargado de dicha dirección al señor Jerónimo Torres”. Establecido en Perú en 1826, Rivero fue designado director general de minería, agricultura e instrucción pública y más adelante director del Museo Nacional, llamado hoy Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia del Perú, del cual se considera como uno de sus fundadores. Aparte de sus actividades mineras, Rivero se interesó por la arqueología y en 1851 publicó, junto con Johann Jacob von Tshudi, un libro titulado Antigüedades Peruanas, en el cual figuran las primeras imágenes publicadas de las estatuas de San Agustín, del Macizo Colombiano. Se trata de cinco láminas iluminadas en litografía, que Rivero identifica erróneamente como productos artísticos de los muiscas del altiplano de Cundinamarca y Boyacá. Es dudoso que Rivero hubiera visitado el territorio de San Agustín, incluso durante su viaje de Bogotá a Lima, pero según José Joaquín Ortiz, el primer biógrafo de Juan María Céspedes, el catedrático de botánica del Museo, en 1825 el gobierno del general Francisco de Paula Santander comisionó a Céspedes, explorar los monumentos y examinar las plantas de la región, en compañía del célebre pintor de la Expedición Botánica Francisco Javier Matiz. Agustín Codazzi agrega que las láminas “fueron consignadas al Museo de esta capital”, del cual fue director Rivero hasta su partida a Perú. Añade Codazzi que las láminas desaparecieron del Museo, “como ha sucedido con otras tantas cosas interesantes”.

Pero el más activo de los comisionados fue Boussingault, quien dejó un voluminoso conjunto de memorias científicas, recogidas en parte por Joaquín Acosta, quien las publicó en París en 1849 bajo el título de Viajes científicos a los Andes ecuatoriales. Una de ellas se refiere a su experiencia en el pueblo de Santa Rosa de Viterbo, actual departamento de Boyacá, donde le habían asegurado que existían “menas de hierro excesivamente pesadas”. En el pueblo, al pedir más informes al respecto, lo condujeron, junto con Rivero, al herrero, que usaba como yunque un objeto que, tras la primera observación, Boussingault identificó como un meteorito. Según su relato, había sido hallado en 1810 por una niña en un cerro cercano a la población. Boussingault ofreció a la niña, ahora una mujer de 20 a 25 años, comprarle el objeto y esta aceptó de buen grado, a lo cual siguieron otros lugareños que querían ofrecer sus propios fragmentos de meteorito. Boussingault calculó el peso del meteorito en unos 750 kilogramos, por lo cual él y su acompañante decidieron dejarlo donde estaba. Casi medio siglo después, en 1871, pasó por Santa Rosa el viajero español José María Gutiérrez de Alba y su primer cuidado fue ir a inspeccionar el aerolito, que en algún momento había sido extraído del taller del herrero y conducido al parque del pueblo. Allí pidió Gutiérrez a otro herrero cortar un trozo del meteorito para hacerlo analizar por un químico, operación que resultó infructuosa. En algún momento el aerolito fue trasladado a Bogotá y, tras dividirse en dos partes, la más grande llegó al Museo Nacional, donde hoy se encuentra.

El 19 de mayo de 1825 Boussingault anunció al secretario del Interior los resultados de sus análisis de una sustancia usada en la provincia de Antioquia llamada “aceite de sal”, que contiene yodo, y era usada por los habitantes parta curar la enfermedad del coto, inflamación de la glándula tiroides. Boussingault reconocía el aporte del médico ginebrino Jean-François Coindet, quien había descubierto que el yodo era un específico útil para la curación de los tumores de garganta, pero así mismo indicaba que el obstáculo para la ciencia consistía en la obtención del yodo, “porque hasta el presente solo se ha hallado.. en el residuo de la combustión de algunas plantas marinas”. Contribuyó así Boussingault no solo a la curación del coto, sino a la industria de la sal, producto que hasta fecha muy reciente siempre se designaba en sus etiquetas como “sal yodada”.

Tal es la historia sucinta de la misión francesa contratada por Zea, que por estrecheces fiscales de la República no consiguió cumplir con sus propósitos, pero que dejó herencias imborrables en la historia colombiana, como la creación del Museo Nacional, el primer estudio del Nevado del Tolima, el descubrimiento del célebre “meteorito de Santa Rosa de Viterbo y la sal yodada, que contribuyó a erradicar el coto de Colombia.

Véase también

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Créditos

  • Efraín Sánchez, Historiador e investigador. 2020