El pueblo, sus oficios y su política

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Introducción

Pocas palabras se usaron tanto y de pocas se abusó tanto en el lenguaje literario y político de la Nueva Granada en el siglo XIX como la que designaba al “pueblo”. En la literatura el pueblo fue el sujeto y el objeto de las narraciones de la literatura costumbrista, que lo hizo blanco de su crítica social. En la política, los líderes del reformismo liberal de mediados de siglo y del posterior radicalismo convirtieron al pueblo en fuente del poder público. Esto en una época en que la gran mayoría de los habitantes del país tenían vedado el derecho al voto por no cumplir con los requisitos para ser ciudadanos.

El pueblo comenzó a figurar de manera prominente en la política con la llegada de los liberales al poder, recién publicada la plataforma doctrinaria de su partido. Con la elección de José Hilario López, el 7 de marzo de 1849, se inició el período de reformas que algunos historiadores llamaron “Revolución del Medio Siglo”. En uno de los apartede su dscurso de posesión ante el Congreso decía:

Fiel a los principios que triunfaron en la urna electoral el 7 de marzo último, me veréis trabajar con tesón porque el dogma de la soberanía popular se desenvuelva genuinamente en todos los actos y disposiciones del gobierno. Tengo la profunda convicción de que las convulsiones políticas que han afligido a nuestra Patria y a todos los Estados hispanoamericanos han debido su origen al desacordado empeño que sus gobernantes mostraran en contrariar la voluntad popular y en convertirse en tutores, cuando no debían ser sino los leales agentes del querer de las mayorías… El gobierno será del pueblo y para el pueblo.

¿De qué pueblo estaba hablando? Si algo es evidente en el lenguaje político de esta época es que la palabra “pueblo” tiene una significación que mezcla elementos del lenguaje común con la aspiración liberal de igualdad. La Constitución de 1853 consagró la igualdad de derechos, “no debiendo ser reconocida ninguna distinción proveniente del nacimiento, de título nobiliario o profesional, fuero o clase”. Los liberales eliminaron las distinciones de nacimiento (esclavitud), títulos (eliminación de los grados profesionales y prohibición de usar títulos nobiliarios), fuero (eliminación de los fueros eclesiástico y militar). ¿Y las de “clase”? En ellas está el meollo de un conflicto que en ese momento se hallaba a punto de estallar.

Pero no obstante el concepto liberal de igualdad, la clase a la que pertenecía una persona estaba definida por diversos factores, de los cuales los principales eran la raza, la riqueza, determinada principalmente por las propiedades rurales y/o urbanas, la educación recibida, la profesión o el oficio que se desempeñaran, y los ancestros.

Tratando de interpretar lo que se entendía por “clase” en el siglo XIX, resulta un cuadro de extrema complejidad en cuanto a las “clases del pueblo”. Pero prescindiendo de los detalles podría pensarse en una distribución aproximadamente así:

  • Clase indigente: principalmente zambos, mulatos, indios, negros y algunos mestizos blancos, sin oficio específico. Entre ellos se contaban bogas, comerciantes, agricultores y algunos artesanos. Esta clase estaba formada por algo más de una tercera parte de la población.
  • Clase pobre, sin llegar a la indigencia: principalmente indios, mestizos blancos y otros de las demás razas, dedicados principalmente a la agricultura, la ganadería, e comercio y, en alguna proporción, las artesanías o manufacturas. Este sector constituía cerca de la mitad de la población.
  • “Clase media”. Principalmente blancos puros y mestizos blancos, casi todos ellos artesanos, que quizás representaban alrededor de una quinta parte de la población.

Esta distribución es coherente con las descripciones de los viajeros, e incluso con los testimonios de la literatura referentes a las distinciones que hacían los miembros de las clases altas de las ciudades (primera segunda o tercera clases y más), que vendrían a representar estos tres niveles y sus transiciones. Los relatos de la época también coinciden en representar a los artesanos como una clase del pueblo hasta cierto punto privilegiada. Predominantemente urbana, la clase de los artesanos era tal vez la que más hacía uso de las escasas oportunidades que brindaba la educación pública.

Oficios del pueblo

En una época en que los censos no establecían aún la ocupación de las personas, es sumamente difícil tratar de determinar las cifras de la población que se dedicaba a los oficios más comunes, a saber, agricultura, artesanía, minería, ganadería, comercio y navegación, y explotación de bosques naturales. Lo que muestran las escasas cifras disponibles es, en primer lugar, el predominio de las labores agrícolas y artesanales, que daban ocupación a cerca de tres quintas partes de la población. Con casi una quinta parte sin oficio determinado (quizás labores domésticas, construcción, oficios varios, y todos los mendigos), queda solamente una quinta parte que se dedicaría a la minería, el comercio, la navegación y otras actividades. Quiénes desempeñaban estos oficios es pregunta que tiene necesariamente una connotación racial.

Tampoco a este respecto existen datos concluyentes, pero a partir de muchas fuentes puede sugerirse que, al parecer, en la cordillera nororiental, el altiplano de Nariño y el alto Cauca la agricultura era principalmente actividad de indígenas, tanto de resguardo como independientes, y mestizos blancos, ya fueran propietarios de pequeñas estancias, arrendatarios o jornaleros. En la costa Caribe y el Alto Magdalena la agricultura era actividad principalmente de zambos, mestizos y negros, mientras que en Antioquia lo era de “blancos antioqueños”.

Es mucho más difícil tratar de establecer las diferentes proporciones de ocupación entre la agricultura y la artesanía desde el punto de vista de la raza. Los indios por lo general no eran artesanos, pero algunos oficios artesanales eran predominantemente indígenas, como la fabricación de todo tipo de objetos de arcilla y, en gran proporción, de objetos de fique (alpargatas, lazos, etc.). Las familias blancas o “mestizas blancas” de la cordillera oriental solían combinar la agricultura con la artesanía, la primera ocupación principalmente de hombres y la segunda de mujeres.

Y debe ponerse énfasis en las ocupaciones femeninas. En toda la Nueva Granada la proporción de mujeres dedicadas a las artesanías era quizás el doble o más que la de hombres. Sólo en el cantón Bucaramanga Manuel Ancízar halló que había unas 3.000 mujeres que tejían anualmente 83.000 sombreros. Así describe Ancízar su actividad:

Las mujeres viven encerradas en sus casas tejiendo sombreros de nacuma, en cuya industria son tan hábiles, que no hay labor que no imiten ni forma de gorra extranjera que las arredre. Todo lo intentan y en todo salen bien. Es admirable la perseverancia de estas mujeres en el trabajo, pues no lo dejan de la mano desde el amanecer hasta la noche, y llegada esta se reúnen diez o doce en casa de una amiga... y sentadas en derredor sobre esteras puestas en el suelo, siguen tejiendo parte de la noche.

El censo de 1870 fue el primero en poner cifras a la distribución laboral en Colombia. Según los datos de este censo, Según los datos del censo de 1870, el 54% de la población económicamente activa del país se dedicaba a la agricultura, la ganadería y la pesca, mientras que la minería ocupaba a poco menos del 3% de dicha población. En las actividades manufactureras se empleaba el 23%, notándose en este sector el predominio de las mujeres, que representaban más del 71% de la mano de obra ocupada en tales actividades. El comercio daba ocupación al 3% de la población económicamente activa, en su mayor parte hombres, incluyéndose en este renglón a los arrieros, y finalmente, el servicio doméstico contabilizaba a casi el 15%, cifra que muestra la continuidad de una tendencia ya muy marcada en el siglo XVIII.

Los datos del censo de 1870 no permiten diferenciar los niveles de riqueza o las clases sociales, pues entre los agricultores y ganaderos se incluyen los terratenientes, entre los artesanos se cuentan los “fabricantes y artistas”, y entre los comerciantes y arrieros están comprendidos los grandes exportadores e importadores. Sin embargo, seguían imperando la raza y la ocupación como factores centrales de diferenciación social, en una nación en que más del 90% de la población era pobre o indigente. Es notable la elevada proporción de sirvientes, cerca de 225.000 personas, obviamente comprendidos entre los más pobres y entre las razas más despreciadas. Manuel Pombo describe así a este abigarrado sector laboral:

Para el servicio de su casa disponía mi tía: de la negra María Francisca, cocinera; de la mulata Manuela, que almidonaba, planchaba y hacía los dulces; de la zamba Rafaela, que lavaba, jabonaba y enjuagaba la ropa y molía el chocolate; de la chola Indalecia, que fregaba con salvado la losa de uso diario, cuidaba las gallinas y subía agua a las tinajas y la cocina; de la india Teresa, que barría, tendía las camas y ordenaba las piezas; de la china Sinforosa, que traía lumbre en el braserillo, vasos de agua y demás que se ofrecía para las visitas, inquiría quién era el que golpeaba el portón, comunicaba las órdenes para el interior e informaba con frecuencia sobre lo que hacían Indalecia y Rafaela; ÑA Rosa, la mandadera, que no descansaba un minuto en las catorce horas útiles del día.

Tendencias políticas del pueblo

El frecuente uso y abuso del término “pueblo” se revela plenamente en la disposición de varias constituciones del siglo XIX de prohibir “hacer peticiones a las autoridades en nombre del pueblo”, y muy especialmente de “arrogarse la calificación de pueblo”. Sin embargo, el pueblo solo vino a adquirir la categoría de protagonista central de la nacionalidad en las constituciones de 1853 y 1863, dictadas “por autoridad del pueblo”. La categoría “pueblo” desaparece en la Constitución de 1886, para solo reaparecer más de un siglo después en la Constitución de 1991, esta vez con toda su fuerza pues es el “pueblo de Colombia” el que decreta, sanciona y promulga la Constitución. Además, en toda la historia constitucional de Colombia solamente en la Constitución de 1991 se habla directa y específicamente de la soberanía popular: “La soberanía”, dice la Constitución- reside exclusivamente en el pueblo, del cual emana el poder público”.

Y es paradójico que la participación política mediante el voto hubiera estado esencialmente restringida a unos pocos durante la mayor parte del siglo. La Constitución de 1832, la primera que tuvo la Nueva Granada después de la disolución del proyecto grancolombiano, marcó la tónica de la participación política al establecer que para ser ciudadano (y poder votar) se necesitaba ser varón, casado, mayor de 21 años, saber leer y escribir, y tener subsistencia asegurada sin estar sujeto a otro en calidad de sirviente doméstico o jornalero. Es decir, solo era ciudadana una fracción mínima de la población, seguramente inferior al diez por ciento. Una señora, por más rica y educada que fuera, no era ciudadana y no podía votar; y el requisito de saber leer y escribir dejaba por fuera al 90% de la población, pues este es el porcentaje en que se calcula el analfabetismo entonces.

La primera oportunidad en que en la Nueva Granada tuvo realmente el pueblo la posibilidad de manifestar en las urnas sus preferencias políticas fue la elección general de senadores, representantes, gobernadores y legislaturas provinciales verificada en octubre de 1853. Y no es esto de extrañar, pues la Constitución de ese año eliminó la mayoría de restricciones para ser ciudadano, dejando solamente los requisitos de ser varón, mayor de 21 años o casado. El historiador José Manuel Restrepo calculó que, sin contar las provincias de Neiva y Tundama, para las que no tenía dato alguno, el número de votos había sido de 209.617. De ser cierta esta cifra, habría concurrido a los puestos de votación cerca del 40% de los varones mayores de 21 años o casados, participación realmente elevada para los niveles usuales en América Latina en esa época.

El partido conservador triunfó con sus candidatos para el Senado, las gobernaciones de algunas provincias y parte de las legislaturas provinciales. Ambos partidos alegaron fraude electoral o restricciones para el registro de votantes, o coacción, y de esta época procede la imagen usual de los campesinos acudiendo a las urnas como borregos arreados por un prepotente hacendado (“gamonal”), casi siempre conservador. Esto ocurrió en verdad en algunas partes, pero la idea de un pueblo carente de conciencia e intereses políticos seguramente está muy lejos de corresponder a los hechos.

Las elecciones de Congreso y gobernadores de 1853 y 1855 y luego la elección presidencial de 1856, en que también triunfó un candidato conservador, tienen el particular interés de que por primera vez se pusieron en ellas de manifiesto las tendencias políticas regionales. Con todo y el fraude electoral y la acción de los gamonales, los conservadores tenían dominio en Antioquia y las tierras altas de las antiguas provincias de Bogotá y Tunja y en ciertos lugares del Alto Magdalena y el Alto Cauca. Eran predominantemente liberales las provincias que después formaron el estado de Santander, gran parte de la costa Caribe y parte del valle del Magdalena.

Ahora bien, ¿quiénes habitaban tales regiones y a qué se dedicaban? Los conservadores tenían una base firme entre los indios y una parte de los mestizos blancos, principalmente agricultores y mineros. Los liberales la tenían entre los mestizos blancos, los mulatos e –irónicamente- los zambos, principalmente artesanos, ganaderos, comerciantes y navegantes (bogas).

Lo más destacable en esta época de mediados de siglo en cuanto a participación y organización política del pueblo fueron las sociedades de artesanos. La primera en fundarse fue la Sociedad Democrática de Artesanos de Bogotá (1846), que en 1850 o 51 parece haber contado con cerca de 4.000 miembros y se hizo famosa por su decisiva participación en la elección de López el 7 de marzo de 1849. El gobierno se encargó de promover la fundación de sociedades de este tipo en otras ciudades, llegando a existir cerca de 66 en todo el país en 1852, cuando cesó este empeño.

Aunque evidentemente lo más importante del apoyo popular a los liberales en las ciudades estaba entre los artesanos, muchos de estos eran conservadores. Con el ánimo de organizarlos para sus fines políticos y presentar oposición a la Sociedad Democrática, los líderes conservadores fundaron el 17 de diciembre de 1849 la Sociedad Popular de Instrucción Mutua y Fraternidad Cristiana. Como su contraparte democrática, se proponía fomentar la instrucción y la educación de sus miembros, pero también “salvar a la nación” y defender a la religión. Según parece, en poco tiempo llegó a reunir cerca de 1.500 miembros. Pronto se formaron Sociedades Populares en otras partes, y se dice que la de Cali, llamada Sociedad de Amigos del Pueblo, tuvo a poco de fundarse más de 500 socios.

No faltaron los incidentes entre las sociedades democráticas y las populares, y uno de los más célebres tuvo lugar en Cali, donde la Democrática estaba formada en su mayor parte por negros y mulatos, que se armaron en contra de los miembros de la Popular y los persiguieron, con heridos de parte y parte. Sin duda los organizadores de la revolución de 1851 contaron con seguidores reclutados en las filas de la Popular. José María Cordovez Moure describe así el aspecto de los miembros de una y otra sociedad:

Los democráticos usaban sombrero de jipijapa de ala ancha y copa baja, gran ruana de bayetón azul por un lado y rojo por el otro, que les llegaba a los pies; y los populares llevaban cinta azul en el sombrero; pero unos y otros cargaban enormes puñales como objeto de primera necesidad. Estas baratijas se consideraban de indispensable lujo y “buen tono”, aunque en justicia debemos decir que en muy raros casos se hacía uso de ellas.

El ambiente político se caldeó cada vez más hasta llegar a su punto de ebullición en 1854, cuando se produjo el golpe del general José María Melo, quien a la cabeza del ejército y los artesanos arrebató el poder al presidente constitucional, José María Obando. La aventura duró cerca de siete meses, después de los cuales se produjo la reacción mancomunada de liberales y conservadores. Cordovez Moure recuerda cómo fueron esos meses en Bogotá:

Cualquiera que lea los boletines legitimistas de aquella época y las publicaciones de la prensa enemiga de Melo creerá que, tanto este como su compañeros de aventura dictatorial, eran una cuadrilla de bandidos sin Dios ni ley, y así se les trató después de vencidos. Error de apreciación, porque los melistas apenas expropiaron lo necesario para el sostenimiento de sus tropas, la capital estuvo en poder de los artesanos durante los siete meses de dictadura, en tiempos en que no había serenos ni alumbrado público, y la crónica criminal no registró entonces el robo de ningún almacén de Bogotá.

Véase también

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Créditos

  • Efraín Sánchez, Historiador e investigador. 2020