Mestizos y campesinos durante la independencia

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Para el momento de la independencia de la Nueva Granada la población del país llegaba a algo más de 800.000 habitantes. De ellos unos 370.000, es decir, casi la mitad, pertenecían a un grupo al que desde la época colonial se daba el nombre de “libres”, o también, “libres de todos los colores”. No eran esclavos, y por lo tanto eran “libres”, y tampoco respondían a ninguna de las demás descripciones usuales en la época de “blancos”, “negros” o “indios”. Eran “mezclados”, o como se les llamó también, “mestizos”.

Los mestizos

Los mestizos, el factor más dinámico de la población colonial, no eran una raza “pura”, en sentido colonial y decimonónico, sino el producto de la unión de las razas. Las variedades eran virtualmente infinitas, desde los vástagos de las tres uniones básicas (blanco e indio, a quienes se aplicaba más comúnmente la denominación de mestizo, blanco y negro –mulato- e indio y negro –zambo), hasta todas las combinaciones posibles de blancos, negros, indios, mestizos, mulatos, zambos y sus descendientes, a las cuales los españoles optaron por dar clasificaciones de tercera, cuarta o quinta generación o más, llamándolos tercerones, cuarterones, quinterones, etc.

La forma como se distribuían estos grupos étnicos por regiones en el territorio del Nuevo Reino de Granada dista mucho de haber sido uniforme. La cordillera nororiental albergaba a casi dos terceras partes de la población blanca, algo menos de la mitad de la población indígena y algo menos de la mitad de la población mestiza de todo el país. La cuarta parte de esta población vivía en la costa Caribe, y la cuarta parte restante de los mestizos se distribuía en las demás regiones.

Tan importante como el hecho de constituir cerca de la mitad de la población total del país era el peso demográfico de los mestizos en las regiones individualmente consideradas. En la región de la cordillera nororiental, actuales departamentos de Cundinamarca, Boyacá, Santander y Note de Santander representaban el 42% de la población. Pero su número era mucho más significativo en la Costa Caribe, donde sumaban el 62% de la población, en Antioquia (59%), en el Alto Magdalena (57%) y en el Alto Cauca (46%).

Pero no obstante la importancia demográfica de los mestizos, tanto en el país en su conjunto como en cada una de las regiones, las condiciones económicas, sociales y culturales en las que vivieron desde la época colonial hasta el siglo XX se convirtieron en fuente permanente de conflicto.

En primer lugar, la participación en la economía de los mestizos no correspondía a su tamaño demográfico. La disminución acelerada de la población indígena y la pequeña proporción de la población esclava harían suponer que los mestizos eran la parte más importante de la base laboral del país. No obstante, por una parte, la economía del Nuevo Reino de Granada y luego de la Nueva Granada republicana era demasiado pequeña como para absorber su gran número. Por otra, la mayoría de las actividades económicas a las cuales se dedicaban los mestizos eran también desempeñadas por indígenas, en muchos casos por esclavos negros, y en no pocas ocasiones por blancos pobres. En la costa caribe muchos mestizos, y especialmente mulatos y zambos se emplearon en el transporte de pasajeros y carga por el río Magdalena y formaban la colorida tripulación de los champanes. En la región de la cordillera nororiental debieron ser la principal fuente mano de obra en las ciudades, particularmente en el sector artesanal, e incluso debieron constituir lo principal del servicio doméstico. Pero la mayor parte de la población mestiza vivía en el campo y formaba, junto con los indios y los blancos pobres, el contingente de trabajadores permanentes o estacionales de las grandes haciendas, arrendatarios y pequeños propietarios. Estos últimos estaban dedicados fundamentalmente a la agricultura de subsistencia y para el abastecimiento de las ciudades y parroquias, pero la mayoría de los mestizos del campo probablemente no eran propietarios sino trabajadores de las haciendas con salarios bajos, o arrendatarios.

Carentes de los privilegios de los blancos y de las prerrogativas legales con que la Corona había buscado proteger a los indígenas, los “libres de todos los colores”, o mestizos, poco podían esperar de su miserable vida, descrita así por un funcionario de fines del período colonial: “habían nacido y crecido en condiciones tan degradantes que, sufriendo una servidumbre peor que la de los esclavos y siendo menos independientes que los siervos polacos, lo soportan todo, debido al hábito y a fin de retener esa parcela de tierra en que nacieron y donde nada poseen, excepto las hierbas y raíces con que se mantienen”. Pero incluso aquellos que contaban con alguna ocupación, difícilmente podían pensar en enriquecerse mediante su oficio. En Bogotá observó el virrey Guirior en 1777 que los artesanos se encontraban en tan mala situación que difícilmente se les podía distinguir de los mendigos y vagabundos por su indumentaria y sus costumbres. En Antioquia, donde se encontraban algunas de las regiones auríferas más ricas de Colombia, la explotación minera la realizaron hasta fines del siglo XVIII principalmente campesinos mestizos pobres y desprovistos de tierras, obligados a combinar la agricultura y la minería para garantizar su subsistencia. Es cierto, sin embargo, que algunos mineros de Antioquia lograron prosperar, y que en algunas partes de la cordillera nororiental, particularmente en la provincia del Socorro, florecieron pequeños talleres caseros destinados a surtir el mercado de tejidos bastos de algodón para la confección de ropa para los pobres.

Muchos mestizos vivían en rochelas o rancherías, algunas más grandes que las parroquias de blancos y los pueblos de indios, sin iglesia, sin cura y sin autoridades civiles. Parece ser cierto que una elevada proporción de mestizos, imposible de calcular, vivía en condiciones seminómadas, deambulando por los campos o vagando por las ciudades como ejército invasor de mendigos. Debieron ser mestizos, habitantes de rochelas o parroquias cercanas a Bogotá, los mendigos que describe el viajero francés Theodore Mollien y cuyo número en la ciudad era bastante considerable

“Hay una plaga verdaderamente espantosa que aflige a Bogotá: los pobres. Éstos, los sábados irrumpen en la capital como las hordas en una ciudad tomada por asalto; asedian todas las puertas, y para que la piedad se las abra, exhiben las llagas y las dolencias más repulsivas; grupos de ancianos conducidos por niños obstruyen durante todo el día las calles y las entradas de las casas”.

La situación social y económica de los mestizos estaba principalmente determinada por un factor: la discriminación socio racial, fuente de gran parte de los conflictos en el país desde comienzos de la época colonial. Entre los blancos, tanto españoles como criollos, la diferenciación social fue sin duda uno de los valores culturales de mayor relevancia, junto con la profesión de la religión cristiana. Distinguirse de las “castas” mestizas, de los indios y de los negros esclavos era un fin en la vida, sustentado en dos factores fundamentales: el linaje y la riqueza. Pero el peso relativo de estos dos factores no era semejante. La primacía del linaje como fuente de diferenciación social es uno de los rasgos culturales fundamentales de la época colonial.

El linaje, definido en términos laxos como la ascendencia y la “clase” o condición social de una persona, tuvo en la época colonial en toda la América española connotaciones muy claras relacionadas con la “pureza de sangre”, y esta con la nobleza, la hidalguía y el honor. La limpieza de sangre no sólo determinaba la posición social y la nobleza, sino además el acceso a la educación, a las altas jerarquías eclesiásticas y a los cargos de gobierno. La palabra “mestizo”, con todas sus variantes –mulato, pardo, zambo, etc.- se convirtió en insulto que llegaba incluso a denunciarse como calumnia y podía castigarse con cárcel.

Todo indica que la riqueza no tenía valor por sí misma, sino como medio para sustentar o apuntalar el linaje. Y no era el único para este fin. Otro era el matrimonio, institución en gran parte orientada a conservar la pureza de sangre y por lo tanto fundamentalmente segregacionista. Pero no quiere esto decir que la riqueza material no tuviera importancia alguna. Por el contrario, fue ganando en trascendencia a medida que aumentaba el mestizaje y se producía el ascenso económico de los criollos, a quienes solían acusar los blancos españoles de estar “manchados por la tierra”. En esa misma medida, la pureza de sangre fue perdiendo sustancia como factor de diferenciación social.

Los litigios por pureza de sangre se hicieron cada vez más complejos y difíciles de juzgar, debido a los entrelazamientos entre blancos y miembros de las “castas” que producían diversos grados de blancura, hasta el punto de que en algunos casos era casi imposible negar aquella o aprobarla. Muchos indios, con el fin de librarse del tributo que debían pagar a la Corona, cursaron solicitudes para que se les considerara mestizos. Llegó a tal punto el celo a este respecto que quizás el principal problema del sistema de justicia era la congestión debida a la abundancia de procesos sobre linajes y privilegios que entablaban los criollos, o los mestizos aspirantes a blancos, para demostrar nobleza y pureza de sangre. En su listado de “Remedios oportunos que necesita para sanar de sus males políticos” el virreinato, con que cierra su Descripción del Reyno de Santa Fe de Bogotá, Francisco Silvestre pedía “la supresión de todos los fueros privilegiados, que solo sirven de multiplicar pleitos, y tribunales, y dificultar la Administración de Justicia, en perjuicio gral. de los Vasallos, y de la Jurisdicción Real, que en lo temporal y civil es la unica que debe gobernar a un Estado”.

La sociedad colonial fue abiertamente discriminatoria, y para todos los fines prácticos, dicha discriminación fue de carácter racial, pues estaba basada en la “pureza de sangre”, cobrando plena vigencia el sistema de “castas” o linajes, específicamente referido a los mestizos y a los negros.

Las implicaciones de la discriminación socio racial fueron vastas desde el punto de vista económico. Los blancos se arrogaron el acceso a la riqueza, al poder, a la educación, e incluso a la interpretación de la ley. Al vincularse el linaje con el dominio económico, social y político, no sólo se excluía a tres cuartas partes de la población, sino al sector de esta que representaba la dinámica y el avance en estas tres dimensiones: los mestizos. La concentración de la tierra en pocas manos en virtud del linaje, y no en virtud de una racionalidad económica basada en la producción intensiva, tuvo como consecuencia que una parte considerable de los libres se convirtiera en población nómada y ociosa, al no encontrar empleo o tierra para explotar. Esto, a su vez, mantenía el consumo en niveles bajos, lo cual, dentro de un conocido círculo vicioso, disminuía los incentivos para la producción. La minería, en buena medida, no produjo la riqueza que debió haber producido, en parte porque el prestigio tradicional estaba en la tierra, o en los bienes suntuarios. El poder político, limitado de hecho por la situación colonial, quedaba vedado totalmente al 75 por ciento de la población, y la mayor parte del porcentaje restante sólo tenía acceso a cargos menores o a los ayuntamientos, donde se entronizaron la corrupción, el nepotismo y los intereses de individuos o de minúsculos grupos. No podía esperarse que en tales condiciones quedara establecido el imperio de la ley.

Si en el siglo XVI, e incluso en el XVII, podía hablarse en Colombia de polos opuestos en la sociedad, españoles, por un lado, e indios y esclavos por el otro, la catástrofe demográfica de los indígenas, para fines del siglo XVIII, la crisis del sistema esclavista y el rápido aumento de los mestizos hicieron mucho más complejo el cuadro de las diferencias de clase. Los indios y los negros se convirtieron en lo que hoy se llamaría “minorías étnicas”. En virtud de las uniones entre razas que tanto se esforzaron por evitar los españoles, los mestizos pasaron a convertirse en mayoría relativa de la población y, con el correr del tiempo, en mayoría absoluta. Tras largo proceso, el mestizo hizo perder significado en Colombia a la confrontación entre la “República de los españoles” y la “República de los Indígenas”, que en otras partes de América Latina generó sociedades más rígidas y cerradas.

Los mestizos fueron los principales impulsores de la innovación económica, social y política. Su reputación de montaraces, escandalosos, borrachos, jugadores, ociosos y perezosos era ya proverbial para la época del Arzobispo Virrey Antonio Caballero y Góngora. Muchos documentos hablan de sus conflictos con los indios y de su inclinación a robarles, tomar sus mujeres, apoderarse de sus tierras, exigirles pagos en oro e incluso convertirse en curas doctrineros para poder engañarlos con más facilidad. Sin embargo, el perfil de los “libres” o mestizos que traza Caballero y Góngora y la mayoría de testimonios de la época que los describen, corresponden sólo parcialmente a lo que indican otras evidencias historiográficas. Muchos Todo indica que los mestizos, o al menos la porción de ellos que contaba con alguna ocupación, constituían la parte principal de la base laboral del Nuevo Reino de Granada a fines del siglo XVIII.

Al mismo tiempo, el mestizo comenzó a representar la posibilidad de apertura de la sociedad colombiana, la posibilidad de ascenso social mediante el trabajo, el esfuerzo personal y la educación, antes que mediante el linaje y las alianzas matrimoniales y políticas. Por ello el mestizo fue el factor dinámico de la sociedad en las postrimerías de la época colonial. Para los indígenas la única posibilidad de ascenso social y desarrollo personal era el mestizaje, que suponía su desaparición como raza. Mediante el mestizaje podían suprimir su condición de tributarios e iban a engrosar el sector de los libres.

En los mestizos y los criollos radicaba la dinámica de la cultura económica, tanto en sentido positivo como negativo. Como sector libre de la población y constitutivo de casi la mitad de ella, estaba en sus manos la creación de riqueza, el progreso, el cambio y la innovación, y la búsqueda de soluciones a las trabas impuestas por el poder español, incluyendo el levantamiento contra dicho poder. La Revolución de los Comuneros de 1781, antecedente de la revolución de independencia, “fue sobre todo una revolución mestiza de pequeños productores contra los monopolios coloniales y las nuevas cargas tributarias”, según anota el economista e historiador Salomón Kalmanovitz. La intervención en dicha revolución de blancos criollos adinerados, que Indalecio Liévano Aguirre llamó en todo un tanto exagerado la “oligarquía criolla” fue, hasta un punto difícil de evaluar, una intervención también mestiza, pues si de algo tildaban los blancos españoles a los blancos criollos era de estar “manchados por la tierra”, es decir, de no tener pureza de sangre o, en otras palabras, de ser mestizos.

La revolución de independencia trajo dos alteraciones importantes: en primer lugar, la Constitución de 1821 estableció la igualdad ante la ley, haciendo ilegal, por lo tanto, toda forma de discriminación hacia los libres y los indígenas, pues la esclavitud aún subsistía. Se legitimaba así el mestizaje, en todo el sentido de la palabra y desaparecían con ello los procesos de probanza de limpieza de sangre. Al menos en teoría, todos los ciudadanos –palabra recién incorporada al lenguaje público- conquistaban iguales derechos en cuanto a matrimonio, educación y trabajo.

Aunque el linaje, la ascendencia y la hidalguía, se mantuvieron en el discurso social de los sectores dominantes como factores decisivos de clasificación social, la pérdida del sustento legal de la discriminación y la ideología liberal que acompañó a la independencia dejaron finalmente abierta la posibilidad de ascenso social mediante el dinero, el trabajo, el estudio y el esfuerzo personal. Si el mestizaje había hecho que desde la época colonial los conflictos socio raciales no fueran tan intensos en Colombia, las leyes de la independencia los neutralizaban aún más y el discurso racista perdía poder.

Mestizos y campesinos

Cuando se habla de campesinos, y se hace de manera profusa en la literatura histórica, trátese de arrendatarios, pequeños propietarios o aparceros, se está aludiendo principalmente a los mestizos. Los indios tenían a su disposición los resguardos, con frecuencia tierras extensas, bien situadas y de gran fertilidad, protegidas legalmente pero vistas con codicia tanto por terratenientes como por libres. Algunas veces los terratenientes lograban apoderarse de tales tierras, pero en muchas partes fueron los libres quienes se apropiaron de ellas, constituyendo así el origen del campesinado parcelario y del campesinado propietario en importantes áreas del país. Los mestizos abrieron también muchas tierras incultas, malsanas o muy quebradas de las cordilleras, integrándolas a la economía, sólo para que se las disputaran luego los terratenientes. La explotación del oro en Antioquia, cuyo valor superó en el último cuarto del siglo XVIII al de todas las demás regiones auríferas individualmente consideradas, estuvo a cargo de “campesinos libres que trataban de escapar de la economía de subsistencia”, según el historiador británico Anthony McFarlane. La mayor parte del comercio en pequeña escala de productos de consumo, especialmente agrícolas, lo hacían multitudes de pequeños mercaderes que llegaban a las ciudades y pueblos los días de mercado o los expendían en tiendas. La iconografía del siglo XIX muestra los tipos de estos pequeños mercaderes. Algunos son indígenas, pero en su mayoría son mestizos.

Hacer hoy el cálculo de cuánta gente vivía en el campo y cuánta en las ciudades en el siglo XIX es tarea poco menos que imposible, pues hasta 1938 los censos no hacían tal distinción y esto puede ser engañoso. En el censo de 1843 Medellín figura con 9.118 habitantes y Cali con 10.376, y esas son las cifras que tradicionalmente se mencionan. Sin embargo, el censo no se refiere a la población de dichas ciudades sino a la de sus distritos parroquiales, equivalentes hoy a los municipios. Las ciudades, por lo tanto, eran más pequeñas de lo que se cree, pero entre estas y el campo raso había multitud de pequeños pueblos. La región del Caribe tenía cerca de 200, la de Antioquia algo más de 70, y en la cordillera nororiental eran casi 270 en 1843. En todo el país había cerca de 750 pueblos cabeza de distrito (hoy existen 1.100 municipios). Además, había innumerables “vecindarios”, “capillas” y otras concentraciones de casas, que ciertamente no eran zonas urbanas, pero tampoco rurales. Entonces, ¿era en realidad la Nueva Granada un país eminentemente rural? Quizás sea más fiel decir que, hasta mediados del siglo XIX, era un país de campesinos que vivían en su mayoría en ciudades, pueblos y vecindarios “pequeños, tranquilos como una casa de campo”, como escribió Manuel Ancízar sobre Sutamarchán, Tinjacá y Ráquira en 1851.