Población de Colombia: esclavos y cimarrones

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Población de Colombia: esclavos y cimarrones
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En el Río Dagua. Edward Walhouse Mark, 1843

Acuarela sobre papel

Colección de arte del Banco de la República
Datos generales


Más de doce millones de africanos fueron arrancados a su tierra natal y embarcados hacia América entre los siglos XVI y XIX según los cálculos más aceptados hoy. Entre ocho y diez millones más murieron después de capturados, pero antes de embarcarse. No se sabe con exactitud cuántos esclavos llegaron a la Nueva Granada en todo ese tiempo, pero Fray Pedro Claver, quien se llamó a sí mismo “esclavo de los negros para siempre”, afirmó alguna vez que había bautizado 300.000 esclavos. Claver estuvo en Cartagena, el principal puerto de entrada de esclavos a la Nueva Granada, durante un período de poco más de 40 años, entre 1610 y 1654, cuando falleció en esa ciudad. Esto podría significar que allí presumiblemente llegaban entre 6.000 y 7.000 esclavos al año, lo cual no es del todo desmedido si se piensa que, según algunas fuentes, Cartagena podía recibir alrededor de mil esclavos al mes. Se sabe, por otra parte, que el ritmo de la trata de esclavos no fue constante, y además muchos de los desembarcados en Cartagena de Indias eran llevados a otros lugares incluidos Venezuela, Ecuador, Perú y América Central. En todo caso, antes de terminar el período colonial, según el censo de 1780, había probablemente unos 65.000 esclavos en todo el país, que representaban cerca del 8% de la población total.

El número de esclavos que existían en el país disminuyó con extraordinaria rapidez en la primera mitad del siglo XIX. Los esclavistas de la Nueva Granada realmente vivieron su crisis terminal en la primera época republicana. Cada vez había menos esclavos y cada vez representaban un mayor peligro para sus propietarios, debido a que con el paso del tiempo crecía la consciencia que tenían de su capacidad de rebelarse. La mayor disminución, en la época de la Independencia, se produjo por la fuga de miles de esclavos. El declive fue más gradual a partir de 1821, año en que el Congreso de Cúcuta promulgó la ley de manumisión y libertad de partos. En adelante, toda persona que naciera de madre esclava sería libre; sin embargo, tendría que permanecer al servicio del amo de su madre hasta cumplir 18 años de edad. Pero ya para 1835 el número de esclavos había descendido a cerca de 37.000, menos del 2,5% de la población total, y en 1851, cuando se decretó la abolición definitiva de la esclavitud, la cifra había caído a unos 16.500, es decir, menos del uno por ciento de la población de la nación.

La Cordillera nororiental, la zona más poblada del país, estuvo entre las regiones menos esclavistas, hasta el punto de que en 1851 sólo se contabilizaron 20 esclavos en Pamplona, seis en Tunja y cinco en Tundama. Caso muy distinto era el del Alto Cauca (Popayán y Cali), que junto con la Costa Pacífica tenían en 1780 casi la mitad de todos los esclavos de la Nueva Granada. Solo en la costa pacífica los esclavos constituían la mitad de la población de la región. Esta, junto con Popayán y Cali, formaban una sola provincia esclavista, pues la mayoría de los esclavos del Pacífico pertenecían a los propietarios de las explotaciones de oro y las grandes haciendas de Popayán y Cali. Fue en esta región donde las leyes de manumisión tuvieron efecto más lento.

¿Cómo llegó a reducirse de esa manera el número de esclavos? ¿Cómo buscaban estos liberarse de su alienante condición de “bienes muebles”? La profesora Suiza Aline Helg, una de las personas que más ha estudiado el tema de la esclavitud en América, describe en su libro ¡Nunca más esclavos!, publicado recientemente por el Banco de la República, cuatro estrategias principales por las cuales los esclavos llegaron a conquistar su libertad: una era la “liberación certificada por un documento legal de libertad (también llamada manumisión en el derecho romano, ibérico y anglosajón)”; otra era el servicio militar, un más fue la revuelta, y finalmente “la fuga y el cimarronaje”.

La manumisión, u obtención legal de la libertad mediante documento certificado por la autoridad, coronada en Colombia por la Ley de 21 de mayo de 1851 que abolió definitivamente la esclavitud en el país, fue solo uno de los medios por los cuales los esclavizados consiguieron deshacerse de tan oprobiosa institución. En términos estrictos, la manumisión no fue un logro de los propios esclavos sino de los abolicionistas que consiguieron que se dictaran las respectivas leyes por parte de los poderes legislativo o ejecutivo de los países. No obstante, esta es solo una verdad a medias, pues la mayor presión para que se suprimiera la institución esclavista vino de los propios esclavos y de la forma en que estos combinaron las tres estrategias en las que sí jugaban papel protagónico: la revuelta, el servicio militar y el cimarronaje.

La revuelta, definida por la profesora Helg como “la sublevación violenta de una centena de esclavos o más, que trae consigo la destrucción y/o víctimas entre los blancos y las fuerzas del orden”, fue más bien una estrategia excepcional en América, y su único ejemplo notable tuvo lugar en agosto de 1791 en la colonia francesa caribeña de Saint-Domingue, convertida después en Haití, cuando “los esclavos de las grandes plantaciones azucareras de Plaine du Nord se sublevaron en masa en lo que se convertiría en la más grande revolución de esclavizados de las Américas”, como escribió la profesora Helg. La revuelta no solo era la estrategia más costosa en términos de esfuerzos y vidas, sino la más peligrosa pues en muchos sentidos era la más temida por las autoridades coloniales y por los propietarios de esclavos. Ni siquiera era necesario sublevarse materialmente para ser castigado de manera ejemplar, pues una simple crítica al amo o un encuentro casual con un sospechoso podían ser causales de penas terribles que incluían la condena a muerte. El servicio militar era desde luego una forma de librarse de la esclavitud, pero solía ser solo temporal y en todo caso exigía un largo proceso de manumisión que no siempre tenía éxito. Este sistema de liberación existía ya en el siglo XVI, pero alcanzó dimensiones insospechadas e la América española en el contexto de las revoluciones de independencia, en las primeras décadas del siglo XIX. En muchos casos, como en el de las regiones de Cali y Popayán, los esclavos no solían alistarse tanto en los ejércitos patriotas sino más bien en los realistas, en gran parte porque, como explica la investigadora Marcela Echeverri en su libro Esclavos e indígenas realistas en la Era de la Revolución, también publicado por el Banco de la República, “a diferencia de sus amos, que habían dejado de servir a la Corona española, los esclavos preferían mantenerse como vasallos del rey y disfrutar de la libertad y los derechos que detentaban los demás vasallos de la Corona”.

Pasada la guerra de independencia, sin embargo, en Colombia muchos esclavos combinaron la revuelta, así no fuera propia de ellos, con el servicio militar para librarse de la esclavitud. Uno de los mayores temores de los propietarios de esclavos en la región de Popayán y Cali era precisamente el levantamiento de aquellos, y no les faltaba razón. Parte de las fuerzas que el General José María Obando logró reclutar para su rebelión de 1840 eran esclavos de dichas provincias, y aún después de la derrota de Obando estos no se apaciguaron. Por el contrario, a principios de 1843, un año después de terminar la guerra de los Supremos, se levantó en Caloto un grupo bajo el mando de Cayetano Tello, proclamando la libertad de los esclavos de tales provincias. La insurrección fue conjurada, pero el temor no disminuyó y el 28 de mayo de ese año el Congreso fijó castigos ejemplares para quienes promovieran la sublevación de esclavos y derogó lo estipulado en la ley de 1821 que prohibía su venta para ser trasladados a otros países, con el fin de que los amos pudieran librarse de los más peligrosos.

La extinción de la esclavitud se consideraba un hecho en 1851, cuando el presidente José Hilario López dijo en su mensaje al Congreso: “Es tiempo… de dar el último golpe a esta institución, legado de la barbarie, y cuya continuación es un mentís permanente dado a la filosofía del siglo en que vivimos”. Con mayorías en el Congreso y con el acuerdo de los conservadores, e incluso de muchos amos, el 21 de mayo se expidió la ley de libertad de esclavos:

Ley de 21 de mayo de 1851 sobre Libertad de Esclavos

Artículo 1º. Desde el día primero de enero de 1852 serán libres todos los esclavos que existan en el territorio de la República. En consecuencia, desde aquella fecha gozarán de los mismos derechos, y tendrán las mismas obligaciones que la Constitución y las leyes garantizan e imponen a los demás granadinos.

Para compensar a los propietarios se emitieron “vales de manumisión”, que no ganarían intereses y se amortizarían anualmente rematándose en pública subasta. No obstante la poca seguridad que esto daba a aquellos de recuperar su inversión, no se produjo el levantamiento general que algunos temían. Algunos esclavos permanecieron con sus antiguos amos como sirvientes, pero muchos abandonaron las minas y haciendas en que antes laboraban, uniéndose no pocos a las bandas que hostigaban a los propietarios en las provincias de Cauca, Buenaventura y Cali.

Esto último, la participación en bandas que actuaban en contra de los antiguos amos, es en realidad una manifestación tardía de la que fuera quizás la estrategia más utilizada en Colombia por los esclavos para obtener su libertad: el cimarronaje. Practicada por los esclavos desde los tiempos más antiguos de la existencia de la institución, la estrategia del cimarronaje no solo fue la “primera forma de sublevación contra la esclavitud”, como la describe Aline Helg, sino también la última, como se desprende de lo dicho en el párrafo anterior.

La palabra española americana cimarrón, probablemente procedente del término cima, o parte alta de un cerro, se aplicó desde principios del siglo XVI a los animales que de las haciendas escapaban a los montes, y por extensión designó también a los sirvientes que hacían lo mismo, ya fueran indios o negros esclavos. Con el tiempo se utilizó para denominar exclusivamente a los esclavos fugados. Aunque en algunos casos se trató de fugas individuales, incluso de corta duración, que eran duramente castigadas por las autoridades coloniales y por los propios amos, en muchas ocasiones las fugas fueron operaciones organizadas de varios individuos e incluso familias enteras con sus mujeres y sus niños. No existe un cálculo de cuántos esclavos africanos se convirtieron en cimarrones en Colombia, pero ciertamente se contaron por millares en las regiones del Caribe, el Pacífico y los valles de los ríos Magdalena y Cauca.

Los esclavos tenían multiplicidad de razones para fugarse, incluidos los malos tratos, los castigos frecuentes, el hambre, o simplemente el deseo de recuperar la libertad. Especialmente esto último hizo del cimarronaje la forma más extendida y antigua de rebelión contra la esclavitud. Su magnitud en algunas regiones alarmaba no solo a los amos sino a las autoridades españolas, que impusieron crueles castigos para quienes organizaran o participaran en planes de fuga o para quienes fueran aprehendidos una vez fugados; entre estos castigos estaba la amputación de miembros, especialmente una pierna o un pie para evitar una nueva fuga, la castración, e incluso el ahorcamiento. Los propietarios mismos estaban sujetos a multas y otras penas impuestas por las autoridades cuando se fugaban algunos de sus esclavos. Con todo, ni las penas más severas consiguieron suprimir el cimarronaje, que sin duda debe considerarse entre los factores que contribuyeron a la declinación de la esclavitud en América.

A veces los esclavos prófugos iban a los pueblos y trataban de mimetizarse con la población negra libre, pero en muchas ocasiones elegían como destino áreas remotas y de difícil acceso, donde esperaban que no pudieran llegar las autoridades. Allí formaban comunidades a las cuales en Colombia se les dio el nombre de palenques. La palabra proviene del catalán palenc, que significa “empalizada”, y por ello suele darse a estos lugares la connotación de fortalezas protegidas por altos cercados, pero este no era necesariamente el caso. En los alrededores de las viviendas los cimarrones cultivaban hortalizas, maíz y otras plantas para el sustento de la comunidad, y se sabe de palenques en América en los cuales la agricultura alcanzó gran eficiencia y productividad. Algunos incluso se dedicaban a la minería en las regiones auríferas, o participaban en las redes comerciales de sus regiones. En ciertos casos, sin embargo, los cimarrones obtenían sus medios de subsistencia mediante el pillaje, el asalto a casas de hacienda, el contrabando y otras actividades ilegales, que aumentaban considerablemente el riesgo de ser capturados, muertos o perseguidos sin tregua por las autoridades. Estas en efecto mantenían constante asedio y organizaban frecuentes ataques contra los palenques, incluso cuando no constituían refugios para el delito, pero incluso cuando los destruían los palenqueros se las arreglaban para trasladarlos a otros lugares menos accesibles. Esto, desde luego, contribuyó de manera considerable a ampliar la frontera de los territorios colonizados, lo cual devino en ventaja para la sociedad en general. Hubo casos, con todo, en los que, luego de la expulsión de los cimarrones de determinado palenque, propietarios blancos se apoderaban de las tierras que aquellos habían abierto.

No obstante los éxitos en algunas de sus campañas contra los cimarrones y los palenques, la imposibilidad de eliminarlos por completo condujo a las autoridades españolas a buscar la negociación, e incluso a reconocer la libertad de los palenqueros a cambio de concesiones como la de no recibir en la comunidad a nuevos prófugos.

En Colombia el ejemplo más significativo de un palenque es el actual corregimiento de San Basilio, en el municipio de Mahates, departamento de Bolívar. Su nombre actual es el de San Basilio de Palenque, pero en muchos casos se le designa como Palenque de San Basilio, que deja más en claro sus orígenes. Situado a medio centenar de kilómetros de Cartagena, cerca al canal de Dique, el Palenque de San Basilio fue inscrito en 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural de la Humanidad de la UNESCO, y es el único de los muchos palenques que se formaron en la región Caribe en los siglos de dominio español en haber sobrevivido hasta hoy. Tal vez por su relativo aislamiento, conservó muchos de los rasgos culturales originales de los esclavos y cimarrones de los siglos XVI y XVII, incluida la “lengua palenquera”, combinación de léxico español con características gramaticales bantúes. Además de sus expresiones musicales, sus danzas, sus célebres dulces y sus tradiciones religiosas, conserva una forma de organización social basada en redes familiares y en grupos de edad denominados ma-kuagro, en los cuales juega papel fundamental la solidaridad.

En la plaza principal del poblado de Palenque de San Basilio se encuentra una estatua que representa a Benkos Biohó, a quien se describe como “fundador de Palenque, 1603”. Biohó es sin duda el nombre más célebre de un cimarrón que ha llegado hasta nosotros, y al parecer en el momento de bautizarlo su nombre fue cambiado por el de Domingo. Al parecer había llegado a Cartagena a fines del siglo XVI y no tardó en escapar. Se dirigió a los montes de María y allí lideró a varios centenares de africanos fugados que al cabo de un tiempo se establecieron en el palenque -este sí fortificado con una empalizada- de la Matuna, al norte de los montes de María. Biohó, quien se hacía llamar Benkos y afirmaba que había sido rey en su nativa África, fue finalmente capturado por las autoridades españolas en 1619 y ahorcado en una plaza de la ciudad.

En la segunda mitad del siglo XVII se estableció el palenque de San Miguel Arcángel, que se convertiría en el más importante de la región, y que llegó a congregar a varios de los palenques que existieron en los montes de María, entre ellos el de la Matuna. En 1714 se levantó iglesia dedicada a San Basilio Magno, y desde entonces se conoce al sitio como San Basilio de Palenque.