Fortificaciones de Cartagena

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En la madrugada del 24 de julio de 1543, San Sebastián de Cartagena, fundada apenas una década atrás por don Pedro de Heredia, recibió la visita furtiva de Robert O’Baal con el ánimo de apoderarse de ella. Estos ataques se harían más frecuentes y complejos con el correr de los años, lo que hacía que la ciudad viviera sumida en el terror por lo que imploran a la Corona Española que la protegiera de los piratas que surcaban sus costas.

Sin embargo, no es esta la razón que explica la presencia del formidable cinturón de piedra que rodea y protege a la ciudad. Lo es su aventajada posición geográfica, que la convierte en un apoyo vital para la defensa y las comunicaciones con la joya de la corona del Imperio Español: el virreinato del Perú y, con él, por supuesto, el resto de Suramérica. Controlar su acceso evitaría que los enemigos de la Corona española se apoderaran del Chocó, del Atrato y, entrando por Panamá, del Perú. Es por esto que la ciudad sería conocida como “la Llave de las Indias del Perú “o “Llave del reyno”.

Defensas de Cartagena

La concepción y el desarrollo de las defensas de Cartagena se gestaron en los siglos XVII y XVIII, la época del apogeo de la fortificación permanente abaluartada, respuesta de la ingeniería militar a la aparición de la artillería[1]. Uno de los retos de la fortificación era que perdiera altura y ganara espesor para repeler el ataque enemigo, de tal forma que las antiguas formas defensivas son remplazadas por nuevas formas en las que las murallas se terraplenan mientras las torres curvas desaparecen y son reemplazadas por angulosos baluartes, que nacen como puestos de avanzada para ubicar la artillería y defender con fuego cruzado, desde flancos bien protegidos, la escarpa o exterior de las murallas, que es el objetivo final del asalto enemigo[2].

Desde tiempos inmemoriales el objetivo de la fortificación sigue siendo el mismo: cómo hacer que unos pocos puedan resistir el ataque de muchos. De allí que el principio fundamental de la fortificación abaluartada sea flanquear al enemigo para dificultar su ingreso por la brecha abierta. La experiencia adquirida con el paso de los años, tras el uso de los baluartes y construcciones que los complementan, logró que estas construcciones se fueran complejizando geométricamente para multiplicar las ventajas del defensor.

Sin embargo, Cartagena presentaba unas condiciones particulares en materia topográfica, y por ello el trazado de las murallas se ciñó a la protección que ofrecía el agua que la rodeaba, tanto del mar como de las ciénagas en que está emplazada. En efecto, en todos los kilómetros de cortina que rodean la plaza, sólo los estrechos istmos sobre el Cabrero y la Península de Bocagrande daban la oportunidad al enemigo de acercarse a pie firme. El mar y las ciénagas impusieron su preeminencia defensiva.

Los fuertes y murallas de Cartagena fueron objeto de una cuidadosa planeación, a cargo de un ingeniero militar cuya primera obligación consistía en justificar sus conceptos estratégicos y tácticos y presentar planos para aprobación de la autoridad competente. En esta ciudad fueron los artesanos y los esclavos negros quienes mayoritariamente participaron en la construcción de las fortificaciones. Doscientos años casi ininterrumpidos de trabajos en la erección, reforma y reconstrucción de murallas le dieron a la ciudad una riquísima tradición artesanal. Así, los ingenieros militares contaban con una reserva de canteros, maestros albañiles, carpinteros, herreros, capataces y hasta contadores para llevar con cuidado los libros con los gastos de la Corona española en esta empresa, con la ventaja, además, de que los oficios se transmitían y heredaban de padres a hijos y los artesanos eran bien considerados y remunerados por el rey[3].

En cuanto a los materiales utilizados, el principal de ellos era abundante en los alrededores de Cartagena: la piedra. Los ingenieros que intervinieron a lo largo de los dos siglos que demoró la obra se encargaron de ubicar las canteras necesarias para proveerse de ella: Tierrabomba, Albornoz, Caimán y Barú. Otros materiales usados fueron la madera seca y curada, que venían del Sinú y el Chocó, usada para pilotes y andamios, para arboladuras de tendales, así como para puertas y ventanas. El hierro utilizado en las hachas, clavos y herramientas para tallar la piedra era traído de ultramar; las cuerdas pesadas también se importaban, aunque solían usar material de fique tejido por los indígenas. El cemento usado era la argamasa preparada con arena lavada, de aguas dulces, no de mar, cal viva y agua, correspondiente a la fórmula de origen romano. Esta mezcla de excelentes materiales en su adecuada proporción fue lo que permitió que perduraran hasta nuestros días.

Referencias

  1. Segovia, 1982
  2. Segovia, 1982
  3. Segovia, 1982

Bibliografía

  • SEGOVIA SALAS, RODOLFO. LAS FORTIFICACIONES DE CARTAGENA DE INDIAS. Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1982.
  • ZAPATERO, JUAN MANUEL, Historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1979.

Véase también

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