La salud de los colombianos en el siglo XIX: enfermedades comunes, epidemias y esperanza de vida

From Enciclopedia | Banrepcultural
Jump to navigation Jump to search

Desde la peste porcina que según algunos se ensaño con Santa María la Antigua del Darién hacia el año de 1514, acabando con la vida de 700 personas, más de tres cuartas partes la población, las epidemias siempre han estado presentes en la existencia de los colombianos. A decir verdad, a las enfermedades traídas por los conquistadores europeos, convertidas en epidemias, se atribuye buena parte de la vertiginosa declinación demográfica de la población indígena, que pasó de alguna cifra entre tres millones y un millón en el territorio nacional, a unos 150.000 a fines de la época colonial.

De la diversidad de enfermedades contagiosas susceptibles de convertirse en epidemias, las más devastadoras y recordadas en Colombia en el siglo XIX fueron la viruela y el cólera. Otras fueron la lepra, la fiebre amarilla, la tuberculosis, la sífilis o “mal gálico”, la sarna, el sarampión, la disentería, el tabardillo, el paludismo y la anemia tropical. Pero, aunque estas se hallaban muy extendidas por toda la nación, pocas veces se convirtieron en epidemias de escala nacional.

La mayor epidemia de viruela fue la que se declaró en 1840 y prosiguió durante el siguiente año, en coincidencia con la guerra de Los Supremos. La epidemia al parecer había entrado por la frontera con Ecuador, causando estragos en Pasto, Popayán y el actual Valle del Cauca. En las operaciones militares contra los revolucionarios hubo movimientos de las tropas gubernamentales desde esas regiones hacia el norte, y entre los soldados muchos estaban contagiados, extendiéndose el mal con gran velocidad por el valle del Magdalena en el Tolima, pasando luego al altiplano de Bogotá y de allí a toda el área de la cordillera nororiental. El historiador y político José Manuel Restrepo refiere en su Diario político y militar que la epidemia había llegado a la capital en diciembre de 1840, y que

“en los seis meses corridos se ha ido extendiendo en la provincia de Bogotá y aumentando cada vez sus estragos. En esta ciudad, en Zipaquirá, Ubaté y Funza, han muerto muchos del pueblo, especialmente indios, de los cuales pocos escapan; habrán muerto en la provincia de 5 a 6.000 personas… En el mes de abril ha matado la viruela como 400 personas en una población de 45.000 almas”

Insiste Restrepo en el hecho de que la epidemia de viruela estaba atacando especialmente a las gentes del pueblo: “En la clase blanca y acomodada ha prendido poco la epidemia, y hasta ahora son raros los casos de muerte”. El mismo Restrepo recuerda que en todo lo corrido del siglo “no se experimentaba una epidemia de viruelas tan mortífera”, aunque ya se había presentado una en 1816 “que fue benigna”. Fue quizás en este año que el pintor bogotano Ramón Torres Méndez padeció la enfermedad, cuando tenía apenas seis años. Y como era frecuente, quedaron en su rostro las cicatrices de las terribles llagas y erupciones cutáneas que acompañaban a los demás síntomas de la enfermedad. Entre los Camafeos que publicó en Barranquilla en 1879 el escritor cartagenero Joaquín Pablo Posada se encuentra uno dedicado al Torres Méndez, que comienza con los siguientes versos:

Describirle tiene muelas;
¿Cómo es que la empresa arrostro,
Cuando borraron su rostro
Hace un siglo las viruelas?

En una fotografía del pintor tomada por D.J.G. Gutiérrez Ponce hacia 1865 pueden apreciarse las secuelas que dejó en su cara la viruela padecida por Torres Méndez a temprana edad.

De las epidemias de cólera la de mayores proporciones fue la que ingresó a Colombia por el puerto de Colón, Panamá, todavía entonces parte de Colombia, en enero de 1849. Llegó a bordo del vapor Falcon, procedente de Nueva Orleans, con individuos enfermos que se dirigían de la costa oriental de Estados Unidos hacia California atraídos por la llamada “fiebre del oro”, pues entonces era más rápido llegar allí por la vía de Panamá y el océano Pacífico. De Colón saltó a Cartagena y Santa Marta y prosiguió por el río Magdalena hacia el interior, llegando a Bogotá desde Honda al comenzar el siguiente año. El general Joaquín Pablo Posada recuerda los grandes males que causó la epidemia en Cartagena:

“De las personas que fueron atacadas ninguna vio ponerse el sol. En la noche de ese día la mortandad se duplicó y en los siguientes en progresión creciente. El gran patio del cementerio se llenó de cadáveres: fue preciso hacer largas y hondas fosas para sepultar a los muertos.”

Se dice que debido a esta epidemia falleció en Cartagena aproximadamente la cuarta parte de la población de la ciudad, es decir, unas 2.500 personas. Y según cálculos de la época, la enfermedad segó la vida de unas 20.000 personas en todo el país.

Entre los modos de afrontar las epidemias algunos eran bastante peculiares. El 16 de mayo de 1841 entró a Bogotá, según el testimonio de José Manuel Restrepo, “la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Ha sido conducida con mucha pompa desde la villa de este nombre con el objeto de rogarle que extinga la epidemia de viruelas y remedie las demás calamidades que sufrimos”. También se paseó la imagen por las calles con motivo de la epidemia de cólera de 1850, y se hizo la solemne promesa de dedicarle una fiesta anual en su honor, promesa que, desde luego, no se cumplió. En Cartagena, el año anterior, las autoridades ordenaron disparar un cañonazo cada media hora, en la creencia de que con las detonaciones y el olor de la pólvora el aire podría purificarse y hacer disipar el mal.

No se había desarrollado entonces aún una vacuna contra el cólera, lo cual sólo sucedería en 1885 por parte del médico español Jaime Ferrán, pero en 1841 sí existía ya vacuna contra la viruela. Esta había comenzado a desarrollarse desde fines del siglo XVIII, especialmente con los experimentos del médico inglés Edward Jenner y había sido introducida en América por la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, realizada por España en todas sus colonias entre 1803 y 1806. Parte de la estrategia para combatir la epidemia de viruela de 1841 fue la vacunación, y así mismo se esperaba que quienes habían contraído la enfermedad quedaran inmunizados. Sin embargo, las cosas no eran tan sencillas, ni con la vacuna ni con la inmunización. Como a nota José Manuel Restrepo,

A varias personas ha repetido esta viruela, caso que antes había sido muy raro. A gran número de vacunados les ha atacado la viruela, pero benigna en lo general, y solamente sé de un caso de muerte, de modo que la vacuna siempre es un preservativo hasta para la ciruela tan maligna. Muchos han repetido la vacunación, pero en lo general de nada ha servido la repetición porque no les prende segunda vez, y a muy raras personas les ha levantado el grano por revacunación. La viruela continúa en los pueblos avanzándose en los indios, de los que mueren muchos, así como de los negros”.

También se presentó en Bogotá el caso de la circulación de una vacuna falsificada, que según Restrepo “causa grandes úlceras de difícil curación, lo que ha desacreditado a la verdadera vacuna”.

Desde luego se utilizaban también remedios caseros, lo cual era mucho más frecuente que la vacunación. Salvador Camacho Roldán refiere que fue atacado por el cólera de 1849 y buscó contrarrestar los primeros síntomas “con tazas de agua de manzanilla y cinco gotas de láudano cada hora, ejercicio constante en tres piezas cerradas hasta que después de tres días volvió el calor y sobrevino una transpiración abundante”.

También entonces causó controversia los métodos del aislamiento y la cuarentena, utilizados desde tiempos inmemoriales. Para 1850 Inglaterra había suspendido las cuarentenas y, siguiendo su ejemplo, el Congreso de la Nueva Granada las abolió mediante la ley de 6 de junio de ese año, cuyo artículo primero decía:

Ninguna autoridad podrá decretar o imponer en el territorio de la República, ni en parte alguna sujeta a su jurisdicción, cuarentenas, cordones sanitarios, u otras medidas que, so pretexto de prevenir la introducción y propagación de alguna enfermedad, impidan la libre comunicación en el interior de la Nueva Granada, o entre ésta y los países extranjeros”.

Entre las enfermedades comunes que no solían alcanzar el grado de epidemia, llamó la atención al capitán Charles Stuart Cochrane, durante su permanencia en Colombia en 1823 y 1824, el llamado “mal de San Lázaro”, o lepra, que Cochrane asocia con la elefantiasis y se detiene a describir el caso de Cartagena, donde las autoridades habían establecido un hospital, fuera de las murallas de la ciudad para mantener aislados a los enfermos. Los fondos para el sostenimiento del hospital provenían del impuesto al aguardiente, pero al suprimirse el correspondiente estanco “los fondos son escasamente suficientes para muy pocos pacientes”.

Cochrane resaltó también la enfermedad del coto o bocio, “que no es mortal, pero está ampliamente difundido por toda Colombia”. Este mal, caracterizado por un aumento anormal de la glándula tiroides y que se hace visible por una extraordinaria inflamación de la parte anterior del cuello, “deforma a gran parte de la población, destruye la belleza del sexo débil, debilita los sentidos y a veces el entendimiento de aquellos afectados por él”, y agrega que prevalece en los valles templados, aunque los habitantes de las heladas cumbres de las montañas no están exentos de él”. En verdad, el coto casi llegó a convertirse en una “enfermedad nacional”, como dijo el mismo Cochrane. Quizás tan extendida como el coto fue la enfermedad del carate, llamada en algunas partes de Sudamérica “enfermedad azul” descrita por el viajero español José María Gutiérrez de Alba como una “Enfermedad muy común en algunas comarcas de tierra caliente, sobre todo en el Estado del Tolima. Esta enfermedad consiste en una especie de herpes que produce en la piel manchas blancas, azules o rojas. Principalmente se manifiesta en las manos y el rostro, que a veces presenta una deformidad repugnante.”

Gutiérrez estuvo presente en la fiesta de los Reyes en la aldea de Guailama, cerca de Tocaima, y anota que “Una de las cosas que llamaron nuestra atención en aquella concurrencia, y la había llamado ya desde Tocaima, fue que apenas se veía un individuo de cierta edad que no padeciese de coto o de carate”. Y estando en Chaparral, en el Tolima, ahondó un poco en su observación:

“Solo una cosa había entre aquellas gentes que me desagradaba en extremo, sin duda por no hallarse mis ojos acostumbrados a aquel espectáculo, y era ver teñido el rostro de la mayor parte de los campesinos de ambos sexos, con manchas de diversos colores, principalmente pardas y azules, producidas por el carate”.

Tratándose de un país tropical con una extraordinaria diversidad biológica, las plantas proporcionaban un fondo inagotable para el tratamiento de infinidad de enfermedades. Pocos conocieron en el siglo XIX la diversidad vegetal de Colombia como el botánico José Jerónimo Triana, miembro de la Comisión Corográfica, empresa que llevó a cabo el primer levantamiento cartográfico y geográfico sistemático del país. Triana recolectó alrededor de 60.000 especímenes de 8.000 especies botánicas distintas. Su primera obra con la Comisión Corográfica fue Plantas útiles de la Nueva Granada, ampliamente difundida en su época. Trasladado a Europa a publicar las obras botánicas de la Comisión Corográfica por encargo del gobierno, Triana se vio privado de fondos cuando el gobierno decidió suspenderlos en 1860. Durante 1861 y los siguientes años la situación de Triana fluctuó entre lo desesperado y lo insostenible, mitigada solamente por la venta de sus famosos remedios de flora tropical como el "parche Triana", para curar toda clase de heridas y callos, el asombroso "jarabe depurativo", muy útil en París, eficaz contra la gota, reumatismo, escrófulas, buba, tiña, sífilis y otras enfermedades, y el infalible jarabe contra la tos con que sanó al químico Michel Chevreul. Quien habría de convertirse en importante figura internacional de la botánica se vio forzado a sostenerse fungiendo de yerbatero tropical.

Colombia terminó el siglo XIX con una elevada tasa de mortalidad infantil, pues de cada mil niños nacidos vivos, 204 fallecían antes de cumplir un año de edad (hoy es de algo más de 16 por cada mil). La esperanza de vida era de tan solo 37 años, cuando hoy es de algo más de 76. Estos resultados son atribuibles a las enfermedades, las guerras y, desde luego, las epidemias, cuyos datos presentados aquí contribuyen a dar, por cierto, una luz de esperanza para los colombianos en las circunstancias actuales.

Véase también

Enlaces en Banrepcultural

Créditos

  • Efraín Sánchez, Historiador e investigador. 2020