Más sobre la salud de los colombianos en el siglo XIX: la higiene en las ciudades y en los campos

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La frecuencia de las enfermedades y la elevada mortalidad que producían en Colombia en el siglo XIX, motivaron a los gobernantes y las élites intelectuales a proponer distintas explicaciones sobre el origen de aquellas y las formas que consideraban más aptas para prevenirlas. Sobre el trasfondo general de las condiciones sanitarias en las que vivía la población, los debates a lo largo del siglo se centraron en tres aspectos principales: el medio ambiente natural, el medio ambiente urbano y el aseo personal.

Desde el siglo XVIII se difundió la idea de que los gérmenes se propagaban por el aire debido a los “miasmas deletéreos” que se originaban en las selvas, los pantanos y humedales que abundaban en el Nuevo Reino de Granada. En una memoria sobre la población del virreinato, el naturalista Pedro Fermín de Vargas culpó a la ignorancia de los españoles el haber fundado ciudades como Cartagena, Mompox y Honda en lugares malos, y agregó:

“Los bosques inmensos de que están rodeadas aquellas villas que embarazan la libre circulación del aire, las lagunas y ciénagas que las circundan, y las inundaciones de los ríos que pasan por sus inmediaciones, son origen de las enfermedades que reinan en aquellos pueblos. Un poco de actividad bastaría para que limpiando los campos y oponiendo diques a los ríos cesase de una vez para siempre el motivo de tantos males”.

Concordando en todo con Vargas, el sabio y mártir de la Independencia Francisco José de Caldas puso en palabras más precisas la idea de “limpiar” los campos. “Que se corten estos árboles enormes” -escribió en 1808-, “que se despejen estos lugares sombríos, que los rayos del sol vayan a moderar esa humedad excesiva, entonces, como por encanto, todo se varía”. Esta idea sin duda contribuyó a la deforestación de amplias áreas aledañas a las ciudades, completada por la expansión de la agricultura y la ganadería.

Sin embargo, las ciudades enfrentaban riesgos sanitarios mucho mayores que los representados por los efluvios procedentes de los materiales en descomposición en los bosques. Sin duda los mayores problemas a este respecto estaban representados por el agua de que se aprovisionaban las casas en campos, pueblos y ciudades. Bogotá, la capital, se fundó entre los ríos Vicachá, o San Francisco, que descendía de los cerros orientales aproximadamente por la actual avenida Jiménez, y Manzanares, o San Agustín (calle sexta), alimentados por numerosas quebradas. Estos ríos proveyeron de agua a la ciudad durante todo el período colonial y la mayor parte del siglo XIX, complementados por los ríos Arzobispo, Fucha y Los Laches. Pronto se vio la necesidad de poner el agua más cerca de los usuarios, y menos de medio siglo después de la fundación de la ciudad, hacia 1584, se levantó la primera fuente pública, en el centro de la actual plaza de Bolívar. Estaba coronada por una estatua de San Juan Bautista cuya factura era tan tosca que los habitantes la llamaron el “mono de la pila”. Con el tiempo se construyeron otras fuentes en las plazas de San Victorino, San Francisco y Las Nieves, y en torno a ellas se disputaban el líquido innumerables gentes del pueblo que, provistas de cañas rematadas en cuernos de toro que les facilitaban introducirla en los chorotes y otras vasijas, las llevaban a las casas de las familias acomodadas de la ciudad, o a sus propios domicilios. Con frecuencia se suscitaban entre ellos violentas grescas de las que dejó testimonio el pintor decimonónico Ramón Torres Méndez.

Para el aprovisionamiento de las fuentes comenzaron a construirse acequias, a veces revestidas de piedra y ladrillo y cubiertas en algunos tramos. El primero de estos acueductos fue el llamado de Los Laureles, inaugurado en 1584 para llevar agua del río San Agustín a la Pila del Mono. Casi dos siglos después, en 1757, se puso en funcionamiento un nuevo acueducto que comenzó a llamarse del Aguanueva, cambiándose el nombre del antiguo por el de Aguavieja. Después del Aguanueva, que se surtía del río San Francisco, se construyeron otros conductos de agua para las demás fuentes de la ciudad. Aunque algunas familias ricas disponían de “mercedes de agua”, consistes en acequias o cañerías que se desprendían de las principales para llevarlas a sus casas, no fue hasta después de 1886 que comenzó a construirse una verdadera red domiciliaria gracias a una innovación importada de Europa: la tubería de hierro. El primer tramo de estas tuberías en el centro de la ciudad se puso en servicio en 1888. Dos años después se inició la construcción de tanques para el almacenamiento y la distribución de agua, inicialmente en el barrio Egipto y más adelante, iniciado ya el siglo XX, en Las Nieves y San Diego.

El principal problema sanitario de estos primitivos acueductos de Bogotá era que las aguas para el consumo humano se contaminaban con extraordinaria facilidad y frecuencia, debido esencialmente a la falta del servicio de alcantarillado y recolección de basuras, y de facilidades para bañarse el cuerpo o lavar la ropa. Como informó en 1862 don Ambrosio López, designado como inspector, administrador y recaudador del ramo de aguas, “…no hay inculto que no se crea autorizado para destapar las cañerías apropiándose furtivamente el agua con perjuicio del público y de los particulares, bañándose el cuerpo en las corrientes personas con enfermedades contagiosas y lo que es más detestable, en cuanto se puede ver y ejecutar, que no contentos con esto, aún todavía lavan ropas inmundas y arrojan vasos asquerosos en las aguas que vienen para la ciudad, sin que hasta ahora haya habido una mano potente y vigorosa que impida y castigue los procedimientos de semejantes salvajes”. Desde luego estaba terminantemente prohibido “arrojar en las calles, caños, plazas, caminos públicos del distrito, basuras, restos de materiales de construcción, animales muertos” o ninguna clase de inmundicias, y tampoco se podían “satisfacer las necesidades naturales en las calles, sino en los comunes públicos”. No obstante, llegó a permitirse, por un acuerdo del Concejo de 1872, a que las personas que tuvieran ciertos impedimentos “de las once de la noche para adelante hasta las cuatro de la mañana, arrojen en los caños de agua corriente y los ríos o en los comunes, las materias excrementicias”.

En lugar de alcantarillado, corrían por el centro de las calles unas zanjas, a veces revestidas de piedra, que, como escribió Salvador Camacho Roldán, se encargaban de “arrastrar a los ríos de San Francisco y San Agustín las basuras de las casas”, con el inconveniente de que, en épocas de lluvias “se regana a uno y otro lado formando pozos pestilentes que embarazaban el paso”. El geógrafo alemán Alfred Hettner dijo de los ríos San Francisco y San Agustín que

“forman las alcantarillas mayores que reciben las cantidades de inmundicias traídas por los caños que en ellos desembocan como también aquellas que directamente van botándose. A consecuencia de los aguaceros, sus lechos van llenándose de un líquido de color café tinto, bajando estrepitosamente y arrastrando tanto los excrementos acumulados como también partes de la orilla misma. En cambio, las hileras delgadas en que se convierten los ríos en verano dejan expuestas estas heces al aire, desde luego produciéndose las evaporaciones más abominables”.

Solía llevarse a los presos provistos de largas varas, a intentar empujar las basuras a la corriente, pero los que en verdad se ocupaban de los desperdicios arrojados a los ríos eran los gallinazos, que aquí, como escribió Hettener, “acometen el oficio de policías de sanidad”.

No fue hasta la década de 1870 que comenzó a instalarse una red de alcantarillado subterráneo, con un tramo que corría a lo largo de la calle 10 y unía la Plaza de Bolívar y el mercado que existía en las actuales carreas 10 y 11. Más adelante, en la segunda década del siglo XX, se ordenó cubrir los ríos San Francisco y San Agustín.

Los cuartos de baño en las casas, con sus servicios de ducha y sanitario, no existieron hasta principios del siglo XX. Para satisfacer las necesidades fisiológicas algunas casas contaban con letrinas construidas en los patios. Para la noche se prefería usar la bacinilla, recipiente de tamaño y forma convenientes para su fin y que en las mañanas (o en las noches) los sirvientes se encargaban de desocupar en los albañales abiertos en las calles. En 1832 se sugirió por la prensa la construcción, por parte del gobierno, de letrinas públicas conectadas mediante zanjas a los ríos “para que el pueblo infeliz tenga donde practicar sus imperiosas diligencias, y así se evitaría que lo hiciese en las calles”. Algunas se construyeron a lo largo del siglo, y en 1891 se hizo contrato con Julio Saunier para la construcción de orinales públicos. Para esta época, y luego de la introducción de las tuberías de hierro, ya existían establecimientos que ofrecían en venta inodoros de porcelana, algunos importados, pero también producidos en las fábricas de loza con que contaba la ciudad desde 1833.

Para el aseo corporal algunas casas en efectos disponían de cuartos de baño, algunas incluso con regadero o ducha, pero este era un lujo que no podía darse la mayor parte de la población, no solo debido a la pobreza sino por la escasez de agua. Más comunes eran los aguamaniles y platones para lavarse la cara y las manos, dispuestos en muebles a propósito situados en el interior de las habitaciones o en una esquina del patio. El baño del cuerpo, para aquellos que no creían que era perjudicial para la salud, se llevaba a cabo cada semana o dos en los ríos cercanos a la ciudad, separados los hombres de las mujeres. También se abrieron en la ciudad baños públicos en los cuales era posible asearse el cuerpo con agua y jabón a cambio de cierta suma de dinero. En la guía descriptiva que acompaña al Plano Topográfico de Bogotá levantado por Carlos Clavijo y publicado en 1894, figura al menos seis baños de este tipo. De manera correspondiente, la ciudad contaba entonces con siete fábricas de jabón, aunque era normal entre las clases altas el uso de jabones y perfumes importados de Europa.

Todos estos factores, y otros que no se han mencionado como la existencia de muladares en muchas partes de la ciudad, la insuficiencia y precariedad de los hospitales y las creencias populares sobre la higiene y la limpieza personal, crean un panorama funesto en Bogotá frente a las enfermedades infecciosas. Un panorama que el doctor Josué Gómez “el delta del Ganges de las epidemias de Bogotá, en movimiento permanente: dengues, catarros, neumonías, bronquitis, males de garganta, diarreas, disenterías, tifus, fiebres dormidas, niguas, piojos…”

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Créditos

  • Efraín Sánchez, Historiador e investigador. 2020