Historia de una prensa pasional
La historia de la prensa en Colombia está traspapelada con la historia política del país. Desde la Independencia la prensa colombiana se caracterizó por su filiación política, que la llevó a reproducir las disputas por el poder en la seguidilla de “guerras bobas” del siglo XIX y la enconada violencia bipartidista de mediados del siglo XX.
Por ello, la mayoría de los gobernantes y líderes políticos fundaron y dirigieron periódicos que les sirvieron de plataforma electoral: desde el Libertador Simón Bolívar pasando por el general Francisco de Paula Santander, Antonio Nariño, Jorge Tadeo Lozano, Manuel Murillo Toro, Rafael Núñez, Rafael Uribe Uribe, Miguel Antonio Caro, Marco Fidel Suárez, Enrique Olaya Herrera, Carlos E. Restrepo, Eduardo Santos, Laureano Gómez, Mariano Ospina Pérez, Belisario Betancur, Gilberto Alzate Avendaño, Jorge Eliécer Gaitán, Gustavo Rojas Pinilla, Alfonso López Michelsen, Alberto Lleras Camargo, Alejandro Galvis Galvis, Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero, Luis Carlos Galán, César Gaviria y Juan Manuel Santos, entre otros.
Prueba fehaciente del poder de la Iglesia católica, que sumó sus votos al Partido Conservador en un país consagrado por la constitución de 1886 al Sagrado Corazón de Jesús, es que el periódico más longevo sea El Catolicismo, fundado en 1849 por el arzobispo de Bogotá Manuel José Mosquera, que hoy circula virtualmente. El primer impreso que circuló en Colombia, Aviso del terremoto —sucedido en la Ciudad de Santa Fe de Bogotá el día 12 de julio del año de 1785— inventarió la destrucción de monasterios, conventos e iglesias que a las 7:45 de la mañana estaban llenas de fieles. El cabezote Aviso del terremoto fue premonitorio de las fuertes sacudidas que sufriría y documentaría la prensa periódica, de carácter marcadamente político.
El padre del periodismo
Al cubano Manuel del Socorro Rodríguez, traído a Colombia por el Virrey Ezpeleta en 1789, se le conoce como el padre del periodismo colombiano por fundar el Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá, hebdomadario que circuló durante seis años a partir del 9 de febrero de 1791 (fecha en la que se celebra el Día del Periodista). Nuevos historiadores de la prensa sostienen que el verdadero progenitor es el Precursor Antonio Nariño fundador del primer periódico político La Bagatela (1811), desde el cual promovió las luchas de la Independencia después de haber estado preso por traducir y publicar clandestinamente la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en Santafé de Bogotá. La Bagatela, que se anunció con “noticias muy gordas”, entró en confrontación con el Periódico Mercantil del presidente del Estado Libre de Cundinamarca Jorge Tadeo Lozano, a quien reemplazó Nariño tras hacerlo renunciar.
En opinión de Jorge Orlando Melo, “la independencia produjo una rápida expansión del periodismo colombiano y abrió una tradición de normatividad legal. Desde la primera constitución, la de Cundinamarca de 1811, se reconoció la libertad de imprenta como uno de los derechos que el gobierno garantizaba a los ciudadanos”[1]. A medida que avanzaba el proceso de independencia en la Nueva Granada surgieron opositores y defensores de la Corona Española que avivaron con sus debates la naciente opinión pública. El propio Manuel del Socorro Rodríguez fue apresado por Pablo Morillo ‘el Pacificador’ en 1816 por haber dirigido el periódico La Constitución Feliz tras el Grito de Independencia. Nariño, que mantenía el ánimo combatiente, fundó Los toros de Fucha en 1823, su mejor faena periodística en tres entregas.
Desde entonces las banderas ideológicas se sumaron a los intereses literarios, artísticos y científicos, que dieron esplendor a la prensa. Es el caso del Diario Político de Santafé de Bogotá (1810) dirigido por Francisco José de Caldas y Joaquín Camacho, quienes fundaron ese periódico “para que nuestros Franklines y nuestros Washingtones derramen luces”[2], según se lee en el prospecto. En El Correo del Orinoco (1818), Simón Bolívar materializó sus ideales de unión entre las naciones que liberó. Dirigido por Francisco Antonio Zea, se editó en Angostura y para los patriotas constituyó un arma de combate en el proceso de la independencia.
En el periodo republicano sobresalió El Neogranadino (1848) dirigido por Manuel Ancízar, quien se retiró al año siguiente para asumir como secretario de la Comisión Corográfica, proyecto científico impulsado por el presidente Cipriano Mosquera. Ancízar trajo de Caracas al artista Celestino Martínez, iniciador de la litografía en Colombia, quien empezó a publicar en El Neogranadino retratos de figuras notables.
Con la fundación de los partidos hegemónicos empezaron a proliferar las publicaciones seriadas, en su mayoría hebdomadarios, aunque hubo un primer diario que se llamó El Plus Café (1849). El periódico fundacional del Partido Liberal fue El Aviso (1848) donde Ezequiel Rojas publicó el artículo “La razón de mi voto” para adherir a la candidatura de José Hilario López y exponer el ideario liberal. Por su parte, Mariano Ospina Rodríguez junto con José Eusebio Caro fundaron el periódico La Civilización, que el 4 de octubre de 1849 publicó el manifiesto del Partido Conservador. El primer Diario Oficial lo sacó Manuel Murillo Toro, presidente de los Estados Unidos de Colombia en 1864, para publicar leyes, decretos y documentos gubernamentales.
Según Luis Ociel Castaño, hasta 1888 la prensa fue libre por designio constitucional, “libre en su manifestación e independencia, por no existir el monopolio de las casas editorialistas. La prensa de ese periodo aún no estaba asentada sobre el poder económico y político de unas cuantas familias”[3].
El bipartidismo periodístico
Coinciden los grandes diarios de esta primera mitad del siglo XX en la estructura de propiedad familiar: El Tiempo de los Santos, El Espectador de los Cano, El Siglo de los Gómez, El Colombiano de los Gómez Martínez y los Hernández, La República de los Ospina; Vanguardia Liberal de los Galvis, El Heraldo de los Fernández, entre otros. Dado que el modelo de bipartismo hegemónico tuvo su espejo en la prensa era común que los diarios se fundaran para impulsar campañas políticas. El fundador de El Tiempo (1911), Alfonso Villegas Restrepo, se embarcó en la empresa con 300 pesos prestados y un taller rudimentario para defender el proyecto republicano de Carlos E. Restrepo. El Heraldo de Barranquilla se fundó en 1933 para apoyar la candidatura de Alfonso López Pumarejo, y para impulsar su segunda aspiración presidencial Alberto Lleras Camargo fundó El Liberal en 1938. Por su parte, Alfonso López Michelsen fundó el semanario La Calle (1957) para apuntalar el MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y Jorge Eliécer Gaitán aupó el periódico Jornada (1945), que sobrevivió a la muerte del caudillo gracias al fervor de periodistas como Jorge Uribe Márquez, Alejandro Vallejo, Luis David Peña, José Antonio Osorio Lizarazo y Darío Samper.
La prensa de provincia también sirvió de toldo a las contiendas políticas más rabiosas, como fue el caso de El Diario de Medellín, dirigido por Ricardo Uribe Escobar, que lanzaba dardos venenosos a sus opositores conservadores de La Defensa y El Colombiano.
Antes de que se instaurara el Frente Nacional con su “milimetría” en la repartición de puestos públicos existía esa paridad política en el escenario periodístico, como da cuenta la relación que publicó el semanario Sábado[4]” en 1951 de los periódicos existentes: 42 diarios en total, de los cuales veintitrés eran liberales y diecinueve conservadores. El bipartidismo dejó por fuera la prensa situada en el espectro de la izquierda, pese a que gozaba de una tradición.
La prensa de izquierda
Los primeros periódicos socialistas aparecieron en la segunda década como Rigoletto, fundado por Luis Tejada en Barranquilla, y El Luchador en Medellín del líder sindical Raúl Eduardo Mahecha, ambos de 1919. Los más emblemáticos fueron: el semanario Vanguardia Obrera de Barrancabermeja, dirigido por Raúl Eduardo Mahecha (1924); La Humanidad (1925), fundado en Cali por el ideólogo Ignacio Torres Giraldo donde colaboró la líder obrera María Cano, y Vox Populi (1928) de Bucaramanga, periódico del Partido Socialista Revolucionario fundado por Jorge Uribe Márquez.
Con el surgimiento del Partido Comunista Colombiano (PCC) y bajo la dirección de Guillermo Hernández Rodríguez irrumpió Tierra (1932), cuyos talleres fueron destruidos al año siguiente por manifestantes liberales debido a que el PCC se opuso a la guerra contra el Perú. Reapareció en 1935 bajo la dirección de Lino Gil Jaramillo y Jorge Regueros Peralta. En 1934 salió El Bolchevique, fundado por Regueros Peralta y dirigido por el poeta Luis Vidales, autor de Suenan timbres, quien le imprimió polémicas sonoridades a este órgano. Luego Gilberto Vieira, el sempiterno secretario del PCC, fundó y dirigió El Diario Popular (1942).
El semanario Voz de la Democracia, vocero del PCC, salió en 1957, bajo la dirección de Mario Lafont. En 1963 pasó a llamarse Voz Proletaria y sigue circulando como Voz. En 1964, el padre Camilo Torres fundó Frente Unido; el Movimiento Obrero Independiente (Moir) fundó Tribuna Roja en 1972, que distribuían los simpatizantes. En 1973 salió Punto Rojo, revista cultural del grupo del mismo nombre del que hacían parte Arturo Alape, Milcíades Arévalo e Isaías Peña. Y en 1974 apareció Alternativa, la primera revista de izquierda en Colombia, detrás de la cual hubo un selecto grupo de intelectuales: Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Antonio Caballero, Orlando Fals Borda y su director Bernardo García. Todas estas publicaciones tuvieron corta vida por divisiones internas.
El modelo informativo
Del periodismo panfletario y doctrinario que predominó hasta finales del siglo XIX se pasó paulatinamente al estilo informativo. Jerónimo Argáez fue el primero en aprovechar la novedad del cable submarino para dar cubrimiento a la información internacional en su diario El Telegrama (1886). El nuevo servicio llegaba desde Europa y América a Buenaventura en tiempo récord de cuatro días. Con El Telegrama también surgió el gremio de los voceadores de prensa.
El Correo Nacional (1890), dirigido por Carlos Martínez Silva, adoptó el modelo anglosajón que privilegiaba los hechos sobre las opiniones. Martínez Silva, un conservador de avanzada, importó la maquinaria de Estados Unidos y comenzó a pagar las colaboraciones de sus colaboradores. Al establecer la figura del reporter introdujo la noticia y la entrevista. Luego circuló La Crónica (1887) que, como su nombre lo indica, promovió el género consustancial a la literatura por su estilo sugerente pero apegado a los hechos, al estilo francés (fait divers). Lo dirigieron Carlos Arturo Torres y José Camacho Carrizosa.
Estos dos últimos periodistas liberales fundaron El Nuevo Tiempo en 1902, cuyo lema fue “La patria antes que los partidos”. En 1905 lo adquirió el conservador Ismael Enrique Arciniegas, quien se abonó al primer servicio internacional de noticias con The New York Herald y situó corresponsales en Europa y Norteamérica. Por ello El Nuevo Tiempo introdujo el concepto de “chiva” en el argot periodístico.
En 1910, Arturo Manrique ‘Tío Kiosko’ trajo para Gaceta Republicana de Enrique Olaya Herrera los primeros linotipos: máquinas de composición automática que reemplazaron la impresión tipográfica de tipos móviles en caliente. Así se transformaron las artes gráficas en general y el periodismo en particular. Luego, El Diario Nacional (1915) del mismo Olaya Herrera, estrenó la primera rotativa que llegó al país otra vez gracias a los oficios del Tío Kiosko. Este diario inauguró la figura del corresponsal porque el director situó corresponsales permanentes en los principales departamentos del país, además de enviar a sus reporteros a otras regiones. En esta competencia informativa, los grandes periódicos capitalinos y regionales se disputaron los servicios de la primera agencia de servicios cablegráficos del país, fundada en 1929 por Guillermo Pérez Sarmiento: el Servicio Informativo Nacional (SIN), que luego se llamó Servicio Informativo de Colombia (SIC).
Hacia finales de los años cuarenta se editaban en Colombia casi medio millar de periódicos y revistas; hasta las poblaciones más perdidas en el mapa tenían alguna hoja periódica. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial (1.º de septiembre de 1939), Álvaro Pachón de la Torre —que dormía sintonizado a la BBC de Londres y a las estaciones de radio de Estados Unidos— escuchó la noticia de la invasión a Polonia, la tradujo de inmediato y a las cinco de la mañana salió El Liberal con la primicia nacional. Ese conflicto bélico incrementó el interés por la información internacional, que se cubrió con servicios exclusivos de agencias estadounidenses.
Desde entonces funcionaban en Bogotá agencias de noticias extranjeras como la United Press International (UPI), la Asociated Press (AP), la Agencia France Presse (AFP), la Reuters y la Time. La UPI adquirió el primer teletipo en 1949 y El Espectador fue el primer diario en instalar un teletipo en 1952. En provincia lo hizo El Correo de Medellín, que también inauguró el servicio de radiofoto.
En 1955, Pepe Romero fundó la agencia de noticias Colombia Press, con veintiséis periódicos abonados. En 1959 surgió Prensa Latina en La Habana, primera agencia informativa en Latinoamérica, cuya sede en Colombia dirigieron Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Márquez. A mediados de los setenta, por iniciativa de Daniel Samper Pizano se fundó Periodistas Asociados, de la que fueron socios Pilar Tafur, Héctor Rincón, Luis Guillermo Ángel, Luis Carlos Galán, Gloria Pachón, Patricia Lara, entre otros. En 1981 se fundó Colprensa, bajo la dirección de Jorge Yarce.
El mercado de revistas y semanarios
La primera revista moderna nació en 1910 para festejar el centenario de la Independencia: El Gráfico. Sus fundadores, el empresario Abraham Cortés y el periodista Alberto Sánchez (el ‘Dr. Mirabel’), quisieron hacer una publicación entretenida, alejada de la política. Con ese mismo espíritu los payaneses José Rafael Arboleda y Miguel Santiago Valencia fundaron Cromos, que nació en 1916 como un preludio de los alegres años veinte. Poco después la adquirieron los hermanos Tamayo, que en 1953 la vendieron a los Restrepo. La revista más antigua de Colombia celebró su centenario como propiedad del Grupo Valórem y en 2023 migró al formato digital.
En 1938, el empresario español exiliado en Colombia Fernando Martínez Dorrién fundó la revista Estampa, que innovó con su imagen gráfica, sobre todo por el despliegue fotográfico de la Segunda Guerra Mundial y de la actualidad nacional con fotógrafos como Luis B. Ramos. En su primera época la dirigió Jorge Zalamea y luego Alfonso Fuenmayor. En el cartel de colaboradores estaban Gilberto Owen, Lucio Duzán, Orlando Perdomo, Darío Samper y José Umaña Bernal. Circuló hasta 1970.
La revista Semana, fundada por Alberto Lleras Camargo en 1946 tan pronto dejó su encargo presidencial, se inspiró en los magazines estadounidenses Time y Life de información precisa y variada, con llamativas portadas. Tuvo directores y editores de talla, como Hernando Téllez, Juan Lozano y Lozano, Alberto Zalamea, Mario Laserna y Eddy Torres. Esta primera etapa cerró en 1961 y la segunda comenzó en 1982 con Felipe López Caballero hasta hoy.
El Magazín Dominical de El Espectador, fundado por Guillermo Cano y Eduardo Zalamea Borda en 1948 también adoptó el modelo gringo con la inclusión de folletines sensacionales, piezas literarias, información deportiva, cultural y social. En esa primera época tuvo como directores a Cano, Álvaro Pachón de la Torre y Gabriel Montaña. Contó con un talentoso equipo de cronistas como Felipe González Toledo, Germán Pinzón, Rogelio Echavarría y Mike Forero Nougués (padre del periodismo deportivo en Colombia). Al cierre del periódico por la dictadura de Rojas Pinilla en enero de 1956, el mismo equipo fundó el semanario Sucesos, gerenciado por Darío Bautista. Con la exitosa fórmula del magazín, llegó a ser el semanario de mayor circulación en Colombia, con más de 60 mil ejemplares.
Alberto Zalamea fundó la Nueva Prensa (1961), revista opositora del Frente Nacional, que además de la información política le dio cabida a la cultural con firmas como la de Marta Traba, crítica de arte argentina casada con el director.
En 1979, la revista Gaceta de Colcultura sacó dos números dedicados a reconstruir la historia de 36 revistas colombianas que recogen buena parte del patrimonio intelectual colombiano[5].
La escuela en las redacciones
En el siglo XIX, además de las guerras el deporte nacional fue el diarismo, por lo que muchos militares-periodistas redactaban sus despachos a lomo de caballo o enviaban sus editoriales desde los calabozos o las trincheras, como lo hizo el general Rafael Uribe Uribe.
Hasta la primera mitad del siglo XX los periodistas se daban silvestres. Los más connotados carecían de títulos universitarios, con pocas excepciones como Eduardo Santos, propietario y director de El Tiempo desde 1913, y Enrique Olaya Herrera, quienes se graduaron de abogados. Este último se convirtió a los doce años en “el periodista niño de Guateque” y fue el jefe de Estado que fundó y dirigió más impresos: El Comercio (1903), El Mercurio (1904), La Gaceta Republicana (1908) y El Diario Nacional (1915), que luego adquirió Alfonso López Pumarejo. Alberto Lleras Camargo, dos veces Jefe de Estado, no terminó el bachillerato.
Dos de los pocos periodistas formados en periodismo en Estados Unidos fueron Guillermo Pérez Sarmiento y Álvaro Pachón de la Torre. Entonces los maestros irreemplazables eran los directores, los jefes de redacción y los editores, que sabían formar equipos competentes. Así ocurrió con Guillermo Cano, quien entró al diario familiar recién graduado de bachiller. Años después, él y José Salgar ficharon a Gabriel García Márquez como cronista estrella. Muchos cronistas comenzaron como “cargaladrillos”, reporteros rasos que salían a buscar todo tipo de información para redactar sus noticias o para entregarla a los editores. Luego remataban sus jornadas en las tertulias de los cafés donde sorbían de la experiencia de los maestros.
En 1938, el director de El Liberal Alberto Lleras Camargo le encargó a Pachón de La Torre, a cargo de la sección de cables, traducir un folleto sobre periodismo moderno de la Universidad de California, que se convirtió en el primer manual de redacción en la prensa colombiana. En 1949 Luis Vásquez Quirós, profesor de filosofía de la Universidad Católica Javeriana, publicó El Cuarto Poder, un manual de periodismo que sirvió de texto guía en los primeros cursos conducentes al título profesional. Las universidades pioneras en los estudios de periodismo fueron en su orden la Javeriana (1949); la Universidad de América (1957) y la Universidad de Antioquia (1963).
A comienzos del siglo XX los géneros todavía eran amorfos y los extensos editoriales estaban empedrados de barbarismos y de adjetivos hirientes. Con la demanda informativa de la Gran Guerra los periódicos comenzaron a jerarquizar las noticias con grandes titulares en primera plana, que antes ocupaban los avisos publicitarios. La crónica, un género menor de la literatura, ha sido el mayor de la prensa colombiana con exponentes como José Joaquín Jiménez, Felipe González Toledo, Germán Pinzón, Gabriel García Márquez, Gonzalo Arango, Juan Gossaín, Juan José Hoyos y Germán Castro Caycedo, por mencionar algunos. El reportaje fue el género por excelencia de los periodistas investigativos como Daniel Samper Pizano, Alberto Donadío, Gerardo Reyes, quienes conformaron la Unidad Investigativa de El Tiempo en los años setenta, primera en el país. El Espectador tuvo la suya en los ochenta liderada por Guillermo Cano, con Fabio Castillo, Juan Guillermo Cano, Luis de Castro, Edgar Caldas, Ignacio Gómez, entre otros, que destapó el escándalo financiero del Grupo Grancolombiano, denunció los carteles del narcotráfico y desenmascaró a Pablo Escobar.
La calidad periodística se ha reconocido con premios de periodismo nacionales como el del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB), que sigue vigente tras siete décadas; el Hernando Caicedo y el Alfonso Bonilla de Cali; el de Reporteros Sindicalizados de Antioquia (Resida) y el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, creado en 1975 por Seguros Bolívar. A nivel internacional los más prestigiosos han sido el Mergenthaler —en homenaje al creador del linotipo— de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y el María Moors Cabot, que otorga la Universidad de Columbia a periodistas de América Latina, el cual han recibido varios directores de medios colombianos.
La avanzada de las mujeres
Soledad Acosta de Samper fue la primera periodista de nuestra historia. Se casó con el político y escritor José María Samper, quien alentó su prolífica carrera de escritora e historiadora. Fundó y dirigió en el último cuarto del siglo XIX cinco periódicos y revistas que escribió en su totalidad, diseñó, redactó los avisos y hasta se encargó de la distribución. En su primera revista Mujer (1878) inició la defensa de los derechos de sus congéneres.
Sucesoras suyas en la dirección de impresos fueron: Teresita Santamaría de González de la revista Letras y Encajes (1926); Ofelia Uribe de Acosta de Agitación Femenina (1944) y La Verdad (1955); Emma Villa de Escallón, que en 1945 asumió el Diario de la Costa fundado por su marido; Flor Romero de Nohora, fundadora y directora de la revista Mujer (1961); Migdonia Barón de El Diario de Medellín a comienzos de los sesenta; Elvira Mendoza fue invitada en 1967 a dirigir la revista Vanidades, la más alta posición de una colombiana en el periodismo internacional; Consuelo Salgar de Montejo fundó y dirigió El Bogotano y El Periódico (1972); Olga Duque de Ospina reemplazó a su hijo en el Diario del Huila en 1975; Silvia Galvis dirigió el diario de su familia, Vanguardia Liberal, en 1989, como también lo hizo Ana Mercedes Gómez en El Colombiano en 199; Lolita Acosta Villarroel, fundadora del Diario Vallenato del Cesar (1985) y pionera del periodismo en Valledupar, entre otras.
Hasta la tercera década del siglo pasado la crónica de sociedad era escrita por hombres, que poco a poco cedieron su lugar a las mujeres. Sin embargo, la escritora Sofía Ospina de Navarro, con lazos de sangre políticos, tuvo que limitarse a escribir crónicas sobre asuntos domésticos y recetas de cocina porque a las mujeres les estaba vedado hablar de temas complejos. Solo en los años cincuenta en Letras y Encajes, la revista cofundada por doña Sofía, periodistas como Migdonia Barón comenzaron a hablar en favor del voto femenino.
Paradójicamente, Emilia Pardo Umaña, quien pasó a la historia como la primera mujer colombiana en colonizar una redacción —la de El Espectador—, se opuso al voto femenino. Ella empezó cubriendo las páginas sociales en 1934 y abrió el consultorio sentimental “Ki-ki, la doctora en el amor”. Llegó a convertirse en una popular cronista que trataba con gracia todos los temas, incluso sin dominarlos. Fue una figura polémica, respetada y querida, que osciló entre periódicos liberales y conservadores como El Siglo, de su amigo Laureano Gómez.
Antes de Emilia, la nortesantandereana Ilva Camacho dirigió la revista Hogar de El Espectador (1926) donde publicó artículos y entrevistas sobre los derechos civiles de las mujeres, en particular el derecho a la educación. Se trata de la primera graduada en periodismo en una escuela de Estados Unidos, donde tomó clases por correspondencia. Entre las primeras egresadas de la escuela de periodismo de la Universidad Javeriana se cuentan Flor Romero de Nohora y Athala Morris —becadas por El Espectador—, Gloria Valencia Diago y María Teresa del Castillo (que se especializaron en periodismo cultural), Margarita Vidal y Nohra Parra.
Otras mujeres que tuvieron voz y tribuna editorial fueron Clara Suárez de Zawadzky, esposa de Jorge Zawadzky, fundador del caleño Relator; Bertha Hernández de Ospina, casada con Mariano Ospina Pérez y autora de la temida columna “El Tábano” en La República. En El Espectador María Teresa Herrán entró a escribir en 1965 la columna “Vida de las aulas”, luego sostuvo las columnas “Ocurrencias” y “Gotas” al tiempo que los “Reportajes diabólicos”. Consuelo Araújo Noguera ‘La Cacica’, se vinculó al periódico de los Cano en 1969 donde sostuvo su franca “Carta Vallenata” y sus “Grandes Reportajes” con personalidades hasta que fue asesinada por las Farc en 2001.
A comienzos de los cuarenta llegó a Colombia una inmigrante franco-polaca, Anne Kipper, que abrió la primera oficina de France Presse y estuvo al frente de la agencia por largos años. A su muerte, ocurrida en Bogotá en 1979, dejó un legado para el periodismo nacional e internacional. En 1949, Inés Gutiérrez de Montaña llegó a El Espectador a escribir la columna “I.M. contesta” y a dirigir la sección femenina de El Espectador donde hizo escuela hasta su muerte ocurrida en 1981. En distintas épocas colaboraron en esta sección Amparo Hurtado de Paz, Cecilia Santos de Palomino (hija de ‘Calibán), Elvira Salcedo Román, Leonor Daza de Lozano, las hermanas Ana María y María Antonieta Busquets de Cano, y la joven estudiante de derecho María Teresa Herrán.
Lucy Nieto de Samper, que se inició en Cromos en 1952 y sostuvo su columna en El Tiempo por más de sesenta años es considerada la decana del periodismo. Hija de Luis Eduardo Nieto Caballero ‘Lenc’ y madre de María Elvira Samper, se sumó a la causa de las mujeres.
En esta nómina incompleta, las cronistas más brillantes fueron las antioqueñas Clemencia Hoyos de Montoya, cuya obra está recogida en varios tomos, y la escritora Rocío Vélez de Piedrahita, quien se dio a conocer como cronista en el Magazín Dominical y en El Colombiano. Alegre Levy empezó como corresponsal de El Tiempo en Cali en 1968 y luego ingresó a la redacción capitalina donde hizo gala de un estilo ingenioso hasta que murió prematuramente en 1977. También en El Tiempo dejaron huella Sonia Osorio, quien luego se dedicó con la misma gracia al ballet folclórico y Gloria Pachón de Galán, que heredó la ágil pluma de su padre (Álvaro Pachón de la Torre).
Desde su fundación en 1979, El Mundo de Medellín vinculó a mujeres en cargos de responsabilidad, como la subdirectora Martha Botero de Leyva, la jefa de redacción Piedad Correa, la editora económica Martha Hoyos y la editora cultural Ana María Cano. El Espectador nombró a la primera editora económica, Marcela Giraldo Samper, y cuenta con la decana de la caricatura: la caleña Consuelo Lago con su “Negra Nieves”. Pocas mujeres, en comparación con los hombres, han recibido la distinción Vida y Obra del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en sus cincuenta años: las hermanas Elvira, Consuelo y Soledad Mendoza —que lo compartieron en 1983 con su hermano Plinio Apuleyo—; Margarita Vidal, María Elvira Samper, María Teresa Ronderos, Cecilia Orozco y Yolanda Ruiz.
Las rachas de la censura
Desde La Bagatela (1810) la prensa ha enfrentado censura política, eclesiástica y económica, con periodos oscuros porque el primer periodista que fue a dar a los calabozos fue ‘el Precursor’ Antonio Nariño. La época más heroica del diarismo en Colombia estuvo signada por el artículo transitorio K de la Constitución de 1886, que fustigó con saña a El Espectador, fundado en Medellín en 1887 por Fidel Cano. Este patriarca liberal sufrió multas, cierres, cárcel y hasta excomunión de la Iglesia. Su amigo y colaborador Juan de Dios Uribe salió desterrado a Venezuela y César Conto, primo del ‘Indio Uribe’, tuvo que refugiarse en la isla de San Andrés.
El expresidente del Olimpo Radical Santiago Pérez Manosalva, redactor de varios periódicos como El Relator desde donde le hizo fuerte oposición al gobierno de Miguel Antonio Caro, sufrió el destierro en 1893 y falleció en París en 1900. Durante el Quinquenio del general Rafael Reyes volvió la mordaza a los impresos y a los periodistas que no dedicaran loas a su gestión como Ricardo Tirado Macías, director de El Republicano, que destapó los escándalos de corrupción del régimen. Guillermo Forero Franco (padre de Mike Forero Nougués) fue deportado a la Guajira de donde viajó Centroamérica. De allí solo regresó cuando Olaya Herrera resultó electo presidente en 1930. Enrique Santos Montejo ‘Calibán’, fundador de La Linterna (1909) de Tunja, fue excomulgado dos veces por anticlerical y anticonservador.
Aunque Colombia se ha preciado de ser una de las democracias más sólidas de la región, no ha estado libre de regímenes totalitarios y de medidas draconianas de gobiernos legítimamente elegidos. A partir de 1946, los gobiernos de Mariano Ospina, Laureano Gómez-Roberto Urdaneta y Gustavo Rojas Pinilla instalaron sus censores en los diarios para controlar hasta el último renglón. Pese a que el ascenso del general Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953 fue recibido con regocijo por la prensa colombiana (con excepción de El Siglo), la luna de miel se acabó al año siguiente con la matanza de los estudiantes y la negativa del Jefe Supremo a convocar elecciones. A través de la Oficina de Información y Propaganda del Estado (Odipe) se presionó el cierre de El Siglo, El Tiempo y El Espectador. Estos dos últimos volvieron a circular con otras cabeceras: Intermedio y El Independiente, respectivamente.
Poco se mencionan los actos de censura en los gobiernos liberales, algunos justificados como el que impuso el ministro de Gobierno Alberto Lleras Camargo tras el golpe de Pasto (1944) en el que un grupo de militares intentó derrocar al presidente Alfonso López Pumarejo. Pero en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo hubo medidas de censura y en julio de 1970, a pocos días de entregar el mando, revivió mediante decreto la figura del censor con el nombre de “revisor” de prensa. Su objetivo era el diario El Siglo, que atacó con virulencia el último gobierno liberal del Frente Nacional.
En esa época también hubo autocensura o autorregulación por parte de los directores de diarios de todo el país que en 1967 firmaron el Pacto de Barranquilla para limitar la crónica roja y evitar el sensacionalismo.
El caso más sonado de censura fue el Lucas Caballero Calderón ‘Klim’, quien en 1977 renunció a El Tiempo donde había sostenido su exitosa columna durante más de treinta años por presiones del presidente Alfonso López Michelsen, su blanco de ataques por los escándalos de corrupción relacionados con sus hijos. Klim retornó a su antigua casa editorial, El Espectador, donde colaboró hasta su muerte en 1981.
Otra época oscura para la libertad de prensa la del Estatuto de Seguridad del gobierno de Julio César Turbay Ayala (1978-1982) que, si bien fue más severa con los medios audiovisuales, golpeó particularmente a la prensa de oposición.
En los años ochenta el crimen organizado se convirtió en la peor amenaza para la libertad de prensa: guerrillas y narcotraficantes se dedicaron a seducir y a intimidar a los periodistas. El movimiento M-19 adoptó la estrategia de “secuestrar” periodistas para mandar mensajes a los mandatarios y lograr publicidad con la divulgación de extensas entrevistas a sus líderes, como Jaime Bateman Cayón. Por su parte, el presidente Belisario Betancur hizo famosa su afirmación “Prefiero una prensa desenfrenada a una prensa censurada”, en agosto de 1984.
Tiempo atrás los periodistas morían en duelos o en ajustes de cuentas a manos de sus detractores políticos, incluso de periodistas del bando contrario. Pero desde 1977 hasta 2025, según registros de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), ha habido 169 periodistas asesinados en razón de su oficio y la mayoría de los casos quedó en la impunidad. Desde finales de los setenta comenzaron los asesinatos a periodistas en seguidilla, pasando por el del director de El Espectador, Guillermo Cano, el 17 de diciembre de 1986. Solo en 1988 hubo treinta periodistas asesinados, por lo que en esa década el periodismo se volvió la profesión más peligrosa en Colombia.
Otra modalidad de censura funesta para las finanzas de los periódicos ha sido la económica. A El Espectador, que denunció en solitario al banquero Jaime Michelsen por especular con el dinero de miles de ahorradores, las numerosas empresas de ese grupo financiero le quitaron la pauta publicitaria; medida que fue bautizada como “la tenaza económica”. A finales del siglo se impusieron los monopolios informativos, otra coyunta para la libertad de prensa.
En la transición al nuevo milenio se presentó la adquisición de periódicos de tradición familiar por grupos empresariales poderosos como El Tiempo por la Organización Sarmiento Angulo, El Espectador por el Grupo Santo Domingo, La República por el grupo Ardila Lulle y la revista Semana por el Grupo Gilinski.
La prensa satírica
A partir de la Independencia, las luchas ideológicas y los brotes de rebeldía se canalizaron en la prensa satírica con la pluma de mordaces escritores y caricaturistas, quienes les chuparon la sangre y la paciencia a los contendores políticos.
El Alacrán (1849), de los jóvenes cartageneros Joaquín Pablo Posada y Germán Gutiérrez de Piñeres, que circuló en Bogotá, alborotó el cotarro neogranadino. Aunque atacó a tirios y troyanos, apoyó la candidatura presidencial de José Hilario López. Solo alcanzó siete números porque sus directores fueron juzgados por difamación y pagaron seis meses de cárcel.
Al régimen católico y represivo del general Rafael Núñez y de su álter ego Miguel Antonio Caro —artífices de la Constitución de 1887—, lo fustigaron sin pausa los herederos del radicalismo liberal desde sus provocadoras publicaciones. Sobresalió El Zancudo del dibujante Alfredo Greñas. Germán Arciniegas rescató esta publicación que definió como “una gaceta satírica y de mordaz virulencia muy siglo XIX. La más sarcástica que combatió a los hombres de la Regeneración. Núñez no la toleró e hizo que su director quedara borrado del mapa”[6]. Después de pagar prisión en las bóvedas de Cartagena, Greñas terminó desterrado en Costa Rica donde murió en 1946 convertido en el padre del periodismo costarricense.
Tras la Guerra de los Mil Días, la pérdida de Panamá y la dictadura de Reyes quedó abonado el terreno para la aparición en Bogotá y en las provincias de periódicos con fuerte vocación caricaturesca. Una de las publicaciones que resistió por más tiempo fue El Bateo (1907), que circuló en Medellín y flotó como un corcho durante veinticinco años con largas interrupciones. Su principal colaborador, Ruy Díaz de Vivar (seudónimo de Emilio Jaramillo) atacaba a liberales y conservadores sin distingos. En Bogotá el Gil Blas (1910), fundado por Benjamín Palacio Uribe, se metió hasta con el lucero del alba y cerró a la muerte de su director en 1917. Tuvo su reencarnación en el Ruy Blas de Felipe Lleras Camargo (1920), que denunció los atropellos de la Ley Heroica del gobierno de Miguel Abadía Méndez y la masacre de las bananeras. En las trincheras de la prensa conservadora no faltó el panfletario más mordaz, Juan Roca Lemus Rubayata, quien escribía en las hojas satíricas en la vena de un José María Vargas Vila.
El periódico más longevo en estos anales es el Gato (1933) fundado en Cali por Francisco González ‘Pacho Gato’, que se mantiene vigente en cabeza de su hijo ‘Frisco’ González con el lema de “Arañar sin hacer sangrar”.
Según la historiadora Beatriz González, “el periodismo satírico alcanzó con Pepe Gómez ‘Lápiz’ y Ricardo Rendón el más notable compromiso ideológico: Sansón Carrasco, Bogotá Cómico, Semana Cómica, Fantoches, El País, La Razón y El Siglo albergaron al primero; El Espectador, La República, El Gráfico, El Tiempo y Cromos al segundo. Ambos retrataron con crudeza y verdad insuperable las décadas de 1910 y 1920. Con ellos quedó confirmado el poder de los caricaturistas para tumbar gobiernos”[7].
Rendón publicó sus primeras caricaturas en La República, periódico fundado por Alfonso Villegas Restrepo en 1921. Luego pasó a El Espectador, donde combatió al general Pedro Nel Ospina. Siguió apuntando a los últimos mandatarios de la Hegemonía Conservadora como uno de los artífices de su derrumbamiento. Sobrepasado por la vida optó por darse un tiro en un café bogotano en 1931.
Entre los herederos de Rendón, quienes han usado la caricatura para denunciar los abusos del poder, figuran Adolfo Samper, Jorge Moreno Clavijo, Hernando Turriago ‘Chapete’, Jorge Franklin, Hernando Merino, Lisandro Serrano, José María López ‘Pepón’, Juan Cárdenas, Luis Fernando Vélez ‘Velezefe’, Antonio Caballero, Carlos Mario Gallego ‘Mico’ y Vladimir Flórez ‘Vladdo’. Por su parte, el exiliado húngaro Peter Aldor se dedicó a retratar desde 1949 la escena internacional con el trasfondo de la Guerra Fría en El Tiempo donde publicó hasta su muerte en 1976. De Héctor Osuna, el decano de los caricaturistas en Colombia con más de 65 años de “Rasgos y rasguños” en El Espectador, dijo Guillermo Cano que cada caricatura suya era un editorial.
La prensa literaria
Como los periodistas en Colombia pasaron por la puerta giratoria del periodismo a la política y a la literatura y viceversa, ese otro gen literario característico del ADN de la prensa se manifestó en las revistas y en los suplementos, muchos de ellos vinculados a grupos y a generaciones literarias.
El primer suplemento literario fue el del Semanario del Nuevo Reino de Granada (1808), dirigido por Francisco José de Caldas, que combinaba ciencia y literatura. En 1858 surgió la revista literaria El Mosaico en torno a una tertulia del mismo nombre, bajo la dirección de Eugenio Díaz Castro y José María Vergara y Vergara. Otro periódico destacado por su componente literario fue El Relator (1877) de Felipe Pérez, quien publicó por entregas parte de su vasta obra novelística. En 1887 salió Telegrama del Domingo, el suplemento literario del diario de Jerónimo Argáez, que durante dos años publicó poesía, cuadros de costumbres, reseñas literarias y traducciones.
Con el Papel Periódico Ilustrado (1881) la prensa literaria alcanzó su cumbre. Desde la cabecera, Alberto Urdaneta quiso rendirle homenaje a Manuel del Socorro Rodríguez con esta espléndida publicación ajena a la política. Fino dibujante formado en París, introdujo el grabado en madera al traer de España al grabador Antonio Rodríguez. Con Urdaneta, quien fundó y dirigió la Escuela Nacional de Bellas Artes en 1886, se produjo el cruce del periodismo con el arte.
La pléyade de escritores que forjó la prensa de las primeras décadas del siglo XX pertenecía a las generaciones del Centenario y de los Nuevos. Los Centenaristas escribieron en El Nuevo Tiempo Literario, suplemento del Nuevo Tiempo (1903), fundado por Carlos Arturo Torres y José Camacho Carrizosa. El primer suplemento del siglo dio a conocer lo más selecto de la literatura universal en sus traducciones y la producción nacional inédita. En 1913 empezó a circular con El Tiempo el suplemento literario Lecturas Populares, iniciativa de Eduardo Santos. En 1923, bajo el nombre de Lecturas Dominicales se enfocó en la difusión de las letras nacionales y extranjeras, y tuvo como habitual colaboradora a la poeta Gabriela Mistral. Lo dirigieron en distintas épocas Germán Arciniegas, Hernando Téllez Jaime Barrera Parra, Eduardo Caballero Calderón hasta llegar a Eduardo Mendoza Varela. En su larga vida este suplemento acogió varias generaciones: los Centenaristas, los Nuevos, los Piedracelistas, el grupo Mito, los Nadaístas y la Generación sin nombre.
En 1915, El Espectador abrió sede en Bogotá bajo el mando de Luis Cano, quien se trajo de Medellín un equipo de escritores vinculados al grupo los Panidas, conformado por Ciro Mendía, Ricardo Rendón y el “Príncipe de los cronistas” Luis Tejada, entre otras figuras. Por ello, el suplemento semanal ilustrado La Semana (1915) se nutrió de las mejores plumas y en 1948 se transformó en el Magazín Dominical, que circuló hasta 1998 con una imagen gráfica impactante, además de nutrir el debate cultural.
Para acompañar los ímpetus de la nueva generación salió la revista Los Nuevos en 1925 bajo la dirección de Felipe Lleras Camargo. Su hermano Alberto era el secretario de redacción y colaboraban Luis Vidales, Rafael Maya, Jorge Zalamea y José Mar, entre otros. Esta impetuosa generación se enfrentó a la del Centenario, que contribuyó al derrumbe del régimen de Reyes en 1909 y celebró el centenario de la Independencia.
Así mismo se destaca la prensa literaria que circuló en las regiones para promover la producción literaria en un país con una industria editorial incipiente. En primer lugar, la revista Voces (1917) dirigida en Barranquilla por Ramón Vinyes ‘el sabio catalán’, acompañado de escritores caribeños como Luis Carlos López y José Félix Fuenmayor El suplemento Generación de El Colombiano, fundado en 1939, tuvo figuras como Otto Morales Benítez, Belisario Betancur y Eddy Torres. En 1952, en Barranquilla circuló la revista Crónica —el “mejor week-end” con deportes y literatura—, que reunió a las figuras del Grupo de Barranquilla. Y en 1973 esta capital portuaria volvió a brillar con el suplemento Intermedio de Diario del Caribe (1973), que contó con las plumas de Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas y Ramón Illán Bacca en sus ediciones monográficas coleccionables. En 1975, con El Pueblo de Cali empezó a circular Estravagario, que en su mejor momento dirigieron Fernando Garavito y María Mercedes Carranza y atrajo a figuras de la izquierda para abordar la contracultura. En Medellín, El Mundo Semanal de El Mundo, dirigido por Ana María Cano y Adriana Mejía, dio cuenta de la vanguardia artística y cultural antioqueña.
La revista cultural más antigua es el Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República, fundada en 1958, en cuya colección se aloja la memoria de la producción bibliográfica nacional y de todas las tendencias artísticas y socioculturales. Otras revistas literarias editadas en Bogotá fueron Pan (1935) de Enrique Uribe White; Revista de las Indias (1936), iniciativa de Jorge Zalamea; Revista de América de El Tiempo (1945); Mito (1955) de Jorge Gaitán Durán, con Hernando Valencia Goelkel como jefe de redacción; Eco (1960) de Karl Buchholz, que nació en el vientre de la Librería y tuvo como jefes de redacción a Valencia Goelkel y a Juan Gustavo Cobo-Borda; Letras Nacionales (1965), fundada por Manuel Mejía Vallejo, Carlos José Reyes y Fernando Arbeláez; Número (1993), fundada por un grupo de once escritores y artistas interesados en promover el pensamiento crítico, que lideraron Guillermo González Uribe, Ana Cristina Mejía y William Ospina.
A la vuelta del siglo XXI se mantiene la revista El Malpensante (1998), fundada y dirigida por Andrés Hoyos con una exquisita selección de textos de ficción y no ficción y cuyas portadas rinden tributo a la ilustración colombiana. En 2020 desapareció Arcadia, revista cultural de Semana fundada en 2005, por cuya dirección pasaron Marianne Ponsford y Juan David Correa, quienes propusieron miradas críticas a la creación artística e intelectual.
La revolución gráfica
A finales del siglo XIX se popularizó la técnica del fotograbado —que combina fotografía y grabado—y se comenzaron a reproducir retratos y anuncios publicitarios en la prensa. En 1907 se publicó el primer reportaje gráfico, autoría de Lino Lara, de la ejecución de los autores del atentado contra el presidente Rafael Reyes. Pero la reportería gráfica se introdujo en forma en la segunda década del siglo XX con revistas como El Gráfico y Cromos. Esta última publicó un icónico reportaje gráfico con ocasión de la epidemia de la gripa en Bogotá en 1918. Y El Gráfico publicó en sus páginas deportivas fotos de las “partidas” de fútbol. Pero quien se lleva el crédito de pionero del reporterismo gráfico en Colombia es el tabloide Mundo al Día, fundado por Arturo Manrique ‘Tío Kiosko’ (1924). Allí se dieron a conocer talentosos fotógrafos como Luis e Ignacio Gaitán, Jorge Montoya y Leo Matiz. Ignacio Gaitán, quien luego se vinculó a El Tiempo, fue el autor de una foto que recorrió el mundo sobre la tragedia de Santa Ana del 6 de agosto de 1938, durante una revista militar en el cuarto centenario de Bogotá. En provincia, y desde los años treinta, El Colombiano sirvió de vitrina a maestros de la fotografía como Melitón Rodríguez, Jorge Obando, Gabriel Carvajal y Carlos Rodríguez.
En la revista Pan (1935) Enrique Uribe White desplegó las artes gráficas y publicó fotografías artísticas suyas, de Erwin Krauss y de Luis B. Ramos, este último considerado “el Rembrandt de la fotografía” con su galería de campesinos y de paisajes bucólicos. La revista Lámpara (1952), financiada por la petrolera Esso, dio despliegue a la fotografía en color y blanco y negro, y en especial las de Leo Matiz, Nereo López, Hernán Díaz, Abdú Eljaiek y Guillermo Angulo. En medio de tantos hombres, surgió la primera fotorreportera gráfica: la nariñense Alicia Chamorro López. En 1950 llegó a Bogotá donde colaboró con El Siglo y Semana y fue cofundadora del Círculo de Reporteros Gráficos de Bogotá. Su muerte temprana a los 33 años y la pérdida de parte de su archivo la dejaron sepultada en el olvido[8].
En cuanto a los monos, la primera tira cómica colombiana fue “Mojicón” del dibujante y caricaturista Adolfo Samper, que la adaptó de una tira estadounidense y la empezó a publicar en el vespertino Mundo al Día en 1924. Más adelante, Samper realizó la primera tira cómica genuinamente colombiana en el semanario Sábado: “Don Amacise y Misía Escopeta”. Otras memorables fueron “José Dolores” con versiones de Chapete y Hernán Merino en El Tiempo y El Espectador, respectivamente, y “Copetín” de Ernesto Franco en El Tiempo[9].
La prensa regional
A partir de los años sesenta del siglo XX se consolidó el sistema offset en la mayoría de empresas periodísticas del país, el cual sigue vigente, aunque con la entronización de internet y las nuevas plataformas digitales se modificó radicalmente el modelo de negocio y cambió el mapa de las publicaciones periódicas. Muchos periódicos desaparecieron como impresos y se quedaron con la versión digital; los de mayor músculo financiero mantienen los dos formatos.
En la tradición de la prensa regional hay infinidad de periódicos y revistas, pero valga destacar los nonagenarios y centenarios que siguen siendo referente de sus lectores. Alejandro Galvis Galvis fundó Vanguardia Liberal en 1919, el periódico por antonomasia de Santander; Juan B. Fernández, formado al lado de Olaya Herrera en el periodismo y en la política, fundó El Heraldo de Barranquilla en 1933. El País de Cali lo fundó Álvaro Lloreda en 1950 y lo continuaron sus hijos; El Colombiano (1912), que fundó Francisco de Paula Pérez, fue adquirido en 1930 por Fernando Gómez Martínez y mantiene el liderazgo informativo en Antioquia.
A finales del siglo XX surgieron dos periódicos innovadores en su línea editorial y gráfica: El Mundo (1979) de Medellín, constituido con capital privado, que dirigió Darío Arizmendi Posada. Desapareció en 2020 en medio de la pandemia. Y como en los viejos tiempos, la familia Pastrana fundó en Bogotá el tabloide La Prensa (1988), justo cuando Andrés Pastrana fue elegido alcalde de la ciudad. Lo dirigió Juan Carlos Pastrana y se caracterizó por sus ingeniosos fotomontajes y titulares juguetones en primera plana. El diseño estuvo a cargo del pintor Gustavo Zalamea y los editores fueron Gonzalo Guillén y Fernando Garavito. Cerró en 1997, antes de que Andrés Pastrana saliera elegido presidente.
En los últimos veinticinco años cerraron numerosos impresos, los cuales no pudieron subsistir sin la pauta publicitaria que migró a los entornos virtuales. Entre ellos se cuentan los regionales El Mundo de Medellín (1979-2020); El Liberal de Popayán (1938-2012) y La Tarde de Pereira (1975-2016). De Bogotá, la revista Cambio (1993-2010); el tabloide sensacionalista El Espacio (1965-2013) y la revista cultural Número (1993-2011), entre otros. En cambio, reapareció la revista Gaceta, que en su primera época (1976) financió el Instituto Colombiano de Cultura y revivió en su tercera época el Ministerio de las Culturas, los Saberes y las Artes (2024). También surgió Un pasquín en 2005, revista de pequeño formato fundada y dirigida por Vladdo, que se mantiene con su incorrección política.
Y aunque en 2013 cerró el tabloide sensacionalista El Espacio después de haber circulado por casi medio siglo, los tabloides gratuitos conquistaron el mercado con cabeceras como Q’Hubo, ADN y Publimetro, que circulan en varias ciudades del país y están disponibles en internet.
Digitales nativos
En el primer cuarto del siglo XXI ha habido una explosión de medios digitales nativos que han dinamizado el ecosistema periodístico: primerapagina.com, portal especializado en información económica fundado en 2006 por Héctor Mario Rodríguez y Héctor Hernández; lasillavacia.com, fundado en 2009 por Juanita León; la revista kienyke.com, fundada por María Elvira Bonilla y Adriana Bernal en 2010; las2orillas.com., otro portal que fundó María Elvira Bonilla en 2013. Ese año también salió pulzo.com, un agregador de contenidos de Guillermo Franco. Otras plataformas exploran los lenguajes multimedia para ofrecer periodismo narrativo e investigativo de calidad, como son Razón Pública, Mutante, Vorágine, Pacifista, Cerotenta, La Raya, Baudó Agencia Pública, Liga Contra el Silencio, Cuestión Pública, ConfidencialColombia, entre los de más larga permanencia.
Véase también
- Camilo Torres Restrepo
- Luis Vidales
- Raúl Eduardo Mahecha
- Gabriel García Márquez
- Enrique Santos Calderón
- Antonio Caballero Holguín
- Orlando Fals Borda
- Ismael Enrique Arciniegas
- Enrique Olaya Herrera
- Alberto Lleras Camargo
- Jorge Zalamea Borda
- Juan Lozano y Lozano
- Guillermo Cano Isaza
- Rafael Uribe Uribe
- Alfonso López Pumarejo
- Gonzalo Arango Arias
- Germán Castro Caycedo
- Soledad Acosta de Samper
- José María Samper
- Ofelia Uribe de Acosta
Referencias
- ↑ “La libertad de prensa en Colombia: su pasado y sus perspectivas actuales”, en Un papel a toda prueba. 233 años de prensa diaria en Colombia, Andiarios-Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 2012, pág. 39.
- ↑ Véase prospecto del diario, 27 de agosto de 1810.
- ↑ Castaño Zuluaga, Luis Ociel, La prensa y el periodismo en Colombia hasta 1888: Una visión liberal y romántica de la comunicación, Academia Antioqueña de Historia, Medellín, 2002, pág. 97.
- ↑ “42 diarios y 10 hebdomadarios circulan hoy en la República”, Semanario Sábado, Bogotá, 4 de agosto de 1951, pág. 8.
- ↑ Disponible en la Biblioteca Nacional Digital: https://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/276265
- ↑ El Zancudo. La caricatura política en Colombia (siglo XIX). Editora Arco, Bogotá, 1975, pág. 8.
- ↑ Beatriz González y Martha Segura, “El periodismo y la caricatura”, Revista Lámpara, núm. 114, págs. 34-44·
- ↑ Alicia Chamorro: una de las primeras miradas femeninas en el foto periodismo colombiano https://www.fotografiacolombiana.com/post/alicia-chamorro-una-de-las-primeras-miradas-femeninas-en-el-foto-periodismo-colombiano
- ↑ Ver Pablo Guerra, “Entre viñetas: la historieta colombiana en prensa”. Disponible en: https://www.bibliotecanacional.gov.co/es-co/colecciones/biblioteca-digital/exposiciones/Exposicion?Exposicion=Entre%20Vi%C3%B1etas,%20la%20historieta%20colombiana%20en%20prensa
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- Colmenares, Germán, Ricardo Rendón: Una fuente para la historia de la Opinión Pública, Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1984.
- Gómez Olaciregui, Aureliano, Prensa y periodismo en Barranquilla, siglo XX, Ediciones Lallemand-Abramuck, Barranquilla, 1979.
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- Vasco Bustos, Bernardo, Periodismo político. La prensa bogotana en el siglo XIX, Alcaldía Mayor y Archivo de Bogotá, Bogotá, 2011.
Créditos
- Diciembre 2025. Maryluz Vallejo Mejía. Periodista, investigadora y escritora independiente. Nacida en Medellín, estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Pontificia Bolivariana y luego se dedicó al periodismo cultural en el diario El Mundo. Hizo un doctorado en Ciencias de la Información en la Universidad de Navarra (España) donde inició su vida académica. Estuvo vinculada a la Universidad de Antioquia como profesora asociada y fue profesora por veinte años en la Pontificia Universidad Javeriana donde fundó y dirigió la revista Directo Bogotá, coordinó el Campo de Periodismo y diseñó la Maestría de Periodismo Científico. Ha publicado varios libros sobre la tradición del periodismo en Colombia, entre ellos, A plomo herido. Una crónica del periodismo en Colombia 1880-1980; Antología de notas ligeras colombianas —en coautoría con Daniel Samper Pizano— y Una historia todavía verde: el periodismo ambiental en Colombia. Hizo tres antologías coeditadas por el Banco de la República: Crónicas barriales de Bogotá; Memorias del agua en Bogotá y El País en una gota de agua. En 2022 publicó el reportaje histórico Xenofobia al rojo vivo en Colombia. En 2024, Eduardo Santos. Estrictamente confidencial sobre la correspondencia del hombre público y privado. Su último libro, El maestro, hace parte de la mini-colección digital “El país de Guillermo Cano” de la Biblioteca Nacional de Colombia por el natalicio del asesinado director de El Espectador en 2025. Es colaboradora habitual como crítica literaria del Boletín Cultural y Bibliográfico del Banco de la República.
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